Muere Julio Aróstegui, uno de los grandes historiadores de la “historia del tiempo presente”. Así categorizaba el que para muchos de nosotros es un verdadero maestro su “forma de hacer historia” en una de sus últimas obras (La historia vivida. Sobre la historia del presente, 2004). En ella vertía no solo la mayor parte de su legado teórico, sino una revisión muy acertada del mundo actual.

Un mundo caracterizado, decía, por una economía global, una revolución tecnológica, que determina tanto una sociedad como una economía informacional (al menos en el mundo denominado “desarrollado”), y un planeta en el que las desigualdades, determinadas no solo en el plano socioeconómico sino también cultural, son cada vez mayores (tanto en las sociedades del primer mundo, como en las del tercer y cuarto mundo).

Este teórico, que se sintió inclinado hacia el método de análisis de los procesos históricos marxista, sobre todo en sus inicios, se definía como un historiador social: “la Historiografía –afirmaba- no es meramente el tiempo pasado de las cosas humanas, sino que es el cambio de las cosas humanas (…) historia es tiempo y es cambio”; y definía la Ciencia Histórica como un relato construido a partir de la discusión de causa y efecto y, lo que considero aún más importante, ya que muchos académicos actuales lo suelen omitir, influido siempre por la ideología. La objetividad en la Historia, según Aróstegui, es una falacia (“Sociología e historiografía en el análisis del cambio social reciente” en Historia Contemporánea, 4, 1990: 164); lo que no impide, como sobradamente demuestra su obra (y muy a pesar de la opinión de éstos académicos que tanto se empeñan en hablar de objetividad), entender y hacer bien el oficio de historiador.

Su propia trayectoria así lo demuestra. Desde las aulas del actual IES Fray Luis de León (en Salamanca), dónde el ejemplo de su docencia dejó la semilla del proyecto que más tarde emprenderían historiadores y educadores (en el amplio sentido de la palabra) como Raimundo Cuesta y su grupo Cronos (hoy Fedicaria), hasta su cátedra de “Memoria histórica del siglo XX” en la Universidad Complutense, pasando por la Universidad del País Vasco. Ayer nos dejó uno de los grandes maestros e historiadores del siglo XX, cuya obra servirá, sin duda, para inspirar a los que comenzamos la labor investigadora y pedagógica característica de la Ciencia Histórica en un convulso siglo XXI.

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