Desde el chozo

Paradójicamente, el ejemplo viene de Cámeron y no de TsiprasHoy día, todos somos keynesianos Hay que hablar sin ambages de nacionalización y control del capital, de repudio de la deuda y de revisión de los tratados.

Javier Navascués 24/06/2016

Dicen que Richard Nixon dijo esta frase en 1971 cuando se aprobaron medidas desesperadas contra la crisis de aquel momento en los Estados Unidos. Otros la atribuyen al propio Milton Friedman y en otro contexto. Da lo mismo, en los debates a cuatro se volvió a repetir, tanto en el económico como en el de los candidatos a Presidente. La economía global se encuentra en un callejón sin salida y las respuestas son aparentemente diferentes según el punto del espectro ideológico en el que se encuentre el proponente, pero en el fondo son siempre la misma: recuperar el consumo y la demanda. Al menos esta es la racionalidad que esgrimen para justificar sus propuestas ya que uno de los imperativos de nuestra época es que es preciso fundamentar las propuestas de acuerdo con los modelos económicos dominantes. Como hace pocos días Eddy Sánchez escribía en Público, se trata de modelos basados en un mundo inexistente de autónomos, familias y PYMEs; una especie de juego de los Sim programado para responder a las curvas macroeconómicas de los libros de texto pero cuyo parecido con la realidad es mera coincidencia.

En el fondo subyace la necesidad de legitimarse ante los mercados. O mejor dicho, de convencer a las capas medias de que los mercados se dejarán convencer. Esta pulsión no es un problema para la derecha ni el social-liberalismo, pero para la izquierda se convierte en fuente de esquizofrenia. Que debe aumentarse la provisión de servicios públicos y transferir fondos a los sectores sociales más desfavorecidos es una razón que se basta y se sobra por si misma por razones de justicia elemental. Pero pretender convencer a los mercados de que además es la vía para recuperar el crecimiento económico, y, por tanto, el beneficio –que es lo que interesa– es una tarea inútil que desemboca en un discurso moralizante sobre la “cortedad de miras” y el “egoísmo” del famoso uno por ciento, la nefasta influencia de la “financiarización” y jaculatorias por el estilo.

En España hay cientos de miles de autónomos y PYMEs pero no son estos los que determinan la marcha de la economía; son las decisiones de inversión del gran capital nacional y foráneo y su pretensión de salir de la crisis destruyendo salarios y derechos. Algo que se nos presenta y que una parte de la sociedad ha interiorizado como las exigencias de los mercados. Por eso, en la nueva fase que se abre la primera frontera que hay que traspasar es la ideológica. Al igual que se puede proponer una salida democrática y razonable al tabú de la cuestión nacional, debe afrontarse el de la política económica posible. Transformar la realidad exige medidas que a primera vista parecen inviables pero son precisamente esas las que posibilitan la transformación. Hay que hablar sin ambages de nacionalización y control del capital, de repudio de la deuda y de revisión de los tratados. Incluso para negociar hay que ser fuerte, no bastan las razones. Aquí, por paradójico que resulte, el ejemplo viene de Cameron y no de Tsipras.

En esta sección

El PCE apoya la lucha de trabajodorxs de seguridad de los aeropuertos contra la reforma laboral y las contratas a costa de los bajos salarios y condiciones de precariedadManifiesto en defensa de la titularidad pública del Humoso y de su gestión cooperativaLa pyme secuestrada por la CEOE...Somos milesLas Marchas de la Dignidad, un futuro por construir

Del autor/a

Los cinco escenarios de JunckerLa UE, zona sísmicaCarrillismosLectura maoísta de las notas sobre MaquiaveloLa gran moderación