Desde el chozo

Explotación, economía colaborativa y redes sociales

Javier Navascués 26/09/2016

Ante la evidencia de la deprimente evolución de la productividad en los países capitalistas avanzados durante todo el periodo neoliberal, evolución que no ha mejorado nada en estos años de la crisis, son muchos los que hablan de la emergencia de una nueva economía basada en las nuevas tecnologías que las herramientas tradicionales (como el PIB) no sabrían medir. La consecuencia sería que hay un bienestar material que no se aprecia con las medidas habituales de la economía. Se suele poner de ejemplo la famosa economía colaborativa (Uber, Airbnb, BlaBlaCar, …) posibilitada por la tecnología digital. Algunos teóricos de la “desmaterialización” del capitalismo hablan también del fin del trabajo tal y como lo hemos entendido hasta ahora y ponen en cuestión categorías de análisis crítico tradicionales como la explotación y la plusvalía.

Es cierto que se trata de nuevas realidades que requieren su propio análisis, pero ello no nos impide intentar poner a prueba nuestras herramientas. Así, por ejemplo, cuando se cantan las excelencias de la producción inmaterial ligada a las redes, se olvida que la tecnología digital se basa en una “cadena de valor”, como se dice ahora, que arranca en las minas de sangre africanas donde se extrae el coltán en condiciones de semi-esclavitud –sólo en la República del Congo 10.000 personas-, continúa en las fábricas de FoxConn en China con un millón de trabajadores fabricando y montando móviles, tablets y xBox en condiciones similares a las que describió Engels sobre la clase obrera inglesa, los talleres de software de la India con otro millón de trabajadores y los innumerables centros de servicios 24 horas repartidos por todos los meridianos. Si prescindimos de todo esto, puede parecer que las nuevas tecnologías “crean valor” de la nada pero hay millones de personas trabajando para que eso sea posible. ¿No existen ahí la explotación ni la plusvalía?

Sobre esta base material y técnica aparece la nueva mercancía inmaterial, la información. Cada vez que entramos en Google para hacer una búsqueda, un potente algoritmo analiza nuestro perfil y completa su información sobre cada uno de nosotros. Luego esa información se vende a un anunciante y la próxima vez que entramos nos aparece un anuncio “personalizado”. ¿Dónde está aquí el trabajo? ¿Es el trabajo del “consumidor”? Podemos volver la vista a la economía feminista que nos explica que para que la economía de los valores de cambio se sostenga es necesaria otra economía y otro trabajo, el que asegura la reproducción de la fuerza de trabajo y que aparentemente no es “productivo”. En cuanto a la llamada economía colaborativa, ¿es una nueva forma post-capitalista? Si vemos como acude el capital-riesgo en masa a las emisiones de Airbnb o de Uber sospecharemos que no. La “puesta en valor” se construye sobre la base material del trabajo asalariado digital y de la “explotación” del trabajo no remunerado, permitiendo la obtención de una renta. Tan nuevo y tan viejo…

Publicado en el Nº 298 de la edición impresa de Mundo Obrero jul-ago-sep 2016

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