Esperando a los bárbaros

Navegar por alta mar

Felipe Alcaraz Masats 21/10/2016

Vivir no es necesario, navegar sí”, les dijo Pompeyo a aquellos marineros que no querían hacerse a la mar ante las aguas arboladas y fieras. Era una forma épica de no mentir. Tal vez corría el riesgo de aumentar el miedo, al evocar la consecuencia que podía derivarse. Pero no corría el riesgo conservador de no atreverse, de quedarse a administrar la grisura de aquellos que no embarcan ni se marean ni se mojan aunque los arrojen al Cantábrico en un día de galerna.

Estamos oyendo con demasiada asiduidad, desde dentro y desde fuera (pero desde dentro también, oiga), que no se puede ser sino un buen socialdemócrata y que hoy, nos pongamos como nos pongamos, todos somos keynesianos (lo será usted).

Y resulta que atravesamos unos tiempos en que en el acto teatral de los congresos todos los dirigentes sienten y hablan como revolucionarios, pero después, en la gestión de la larga vida diaria entre congreso y congreso, se vuelven realistas, y nunca quieren embarcarse sino en la conservación de los status, que para nada equivale a “resistencia”; y no es resistencia porque se ha entregado el discurso, y ya solo quedan equidistancias, constancias notariales, prudencias y equilibrios; y un juego incansable de bisagras con respecto al status y a la ideología dominante.

Todo se juega en la disyuntiva restauración vs ruptura, pero muchos de los desembarcados, dada la mar brava, si no es posible la ruptura piensan que hay que apuntarse a la restauración, incluso coincidir en un gobierno con las tesis de Ciudadanos, si hace falta, dada la mar embravecida que se contempla, y dado que hoy por hoy nadie quiere jugar el papel de Pompeyo, un Pompeyo que, desde la idea cabal de su discurso, debería embarcarse con los asustados marineros. De este Pompeyo hablamos, y no del Capitán Araña.

Quien no se embarca no se marea, por eso, si no hay condiciones todavía para la ruptura (aunque se ha avanzado: el bipartidismo no puede ejercer su alternancia), no hay que apuntarse a la restauración, convirtiéndose así en un peón de la segunda transición. Lo correcto es seguir luchando para acumular las fuerzas necesarias del sujeto histórico de la ruptura.

Algunos han criticado, a veces con razón, el grito radical: Ahora o nunca. Bien, pero de entre ellos, algunos, tras este rechazo, han apostado por el grito: aquí te pillo, aquí te mato. Es decir, que ya hemos llegado, y ahora hay que ser sensatos y trabajar en el marco de la realidad, para no ser “idealistas”. El nuevo grito sería: Se puede lo que se puede, eso sí, con rostro humano, como diría Keynes.

No hemos llegado. El proceso es largo, pero no podemos desistir en el camino, en el difícil camino, de la estrategia de ruptura. El bipartidismo va a tener un final astillado, a medio y largo plazo. Pero si ahora culmina el trabajo de restauración de Margallo y Felipe González, solo quedaría en la oposición real Unidos Podemos. Una oposición, eso sí, que debe abandonar los tableros y no debe caer en el balneario ideológico de que es mejor representar a la gente, tal como es (abducida por el sistema) que darle una patada al tablero del sistema. No se trata, pues, de seducir, se trata de convencer y empoderar. No hay que resignarse a Keynes, al menos nosotros, que nos autodenominamos comunistas.

Publicado en el Nº 299 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2016

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