Escenarios

Crítica de TeatroReikiavik, de Juan Mayorga

Iván Alvarado 24/11/2016

Intérpretes: Daniel Albaladejo, César Sarachu y Elena Rayos
Director: Juan Mayorga
Compañía: La loca de la casa
Producción: Entrecajas Producciones teatrales
Función: Centro Dramático Nacional. Teatro Valle-Inclán
(sala Francisco Nieva). Del 28 de septiembre al 30 de octubre

Sin duda nos encontramos ante uno de los mejores montajes de Juan Mayorga, aderezado no sólo por una puesta en escena minimalista, bien trabajada, sino además por un elenco que hace un trabajo encomiable. Lo que se cuenta en el dispositivo es otro cantar.

La obra, ambientada todo el rato en torno a la mesa de un parque, donde apenas se adivinan los escaques y las piezas, y dos bancos, nos lleva a diferentes lugares sin movernos físicamente, bien podemos estar en Moscú, que en Nueva York, o la sempiterna capital del ajedrez en 1972, Reikiavik.

Aunque en la ambientación quizá sobren los efectos naturalistas, que intenta ofrecer el autor por medio de un cañón que proyecta imágenes que pretenden ayudar a la misma, es de agradecer que la escena se llene siempre gracias al trabajo del elenco que guiados bajo una obra titulada La batalla final, se intercambian continuamente los personajes que tienen nombres de batallas, Bailén y Waterloo. Juegan a ser ellos, juegan a ser Bobby Fischer o Boris Spassky, juegan a ser Larissa la mujer de Spassky, a ser Kissinger, a ser otros tantos personajes, llevando a la obra hacia un metateatro de aquel momento que convirtió al ajedrez en un deporte mediático en EE.UU.

Sin embargo el que fuera novedosamente mediático en EE.UU no lo era en la U.R.R.S, que por medio de jugadores como: Petrosian, Botvínnik, Smyslov, Tahl, Karpov, Kasparov y el propio Spassky, había sido siempre la nación que dominaba esta disciplina desde 1948, a excepción del año que gano Fischer.

Mayorga nuevamente es capaz de sacar una idea y convertirla en teatro de modo entretenido pero, como siempre también, es capaz de desdibujar la historia hasta llevarla a los conflictos entre dos individuos y no entre lo que en algún momento parecía que iba a ser la centralidad del montaje, el choque entre dos concepciones de ver el mundo.

El match de ajedrez por el título mundial más mediático de la historia, aunque no el más interesante ajedrecísticamente hablando, era más que eso. Si bien está de moda explorar la Guerra Fría desde una óptica deportiva, como ha mostrado recientemente Gabe Polsky con Red Army, en el caso del ajedrez va más allá.

El ajedrez de Fischer encarna la lógica del individuo, frente al de Spassky que encarna desde el individuo lo colectivo. Son dos concepciones de ver la realidad diametralmente opuestas en la cual la U.R.R.S, deportivamente hablando, barre históricamente a los EE.UU, y que en la obra se termina difuminando en dos historias de vida desahuciadas tras aquel match, la de Spassky por perder (terminó exiliándose en Francia años después) y la de Fischer que a pesar de ganar terminó encarnando los efectos secundarios de una mente tan compleja como la suya y que quizá el ajedrez consiguió paliar en cierto momento de su vida.

Es una pena que un creador de la genialidad de Mayorga vuelva a optar por un O-O (enroque corto en términos ajedrecísticos) cuando esta vez ha estado más cerca que nunca de ser tan inmortal como la sexta partida de aquel match, en la cual el propio Spassky terminó aplaudiendo a Fischer.

Publicado en el Nº 300 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2016

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