La calle Marcos Ana Desde la prisión franquista había hecho la pregunta que conocemos, y nos había pedido información a los de afuera: Decidme cómo es un árbol.

Felipe Alcaraz Masats 25/11/2016

En el barrio de Bellavista de Sevilla el Ayuntamiento le quitó el nombre de un franquista a una calle y se inauguró de nuevo con el nombre de Marcos Ana, a propuesta del Grupo de IU. Y luego se celebró un acto en el teatro cercano. Era una calle modesta, sencilla, lejana hasta del centro de la barriada, la plaza de las Cadenas, el escenario de tantas luchas obreras por el trabajo y la libertad. Alguno de los vecinos de la calle Marcos Ana preguntó quién era. Estaba allí, le dijimos, entre nosotros. Y había luchado, sin descanso. Y había pagado caro por ello. Pero seguía luchando, y había conseguido ser más fuerte que el odio de sus enemigos.

Habrá que hablar mucho de Marcos Ana, y repetir ciertas cosas, en muchos sitios, con motivo y sin él, para que la gente sepa que un viejo puede ser muy joven, que un comunista no es aquel que concibe la toma del poder a través del desfile de los más puros. Que Marcos no era un comunista de cuartel, sino de calle, de gente, de obreros y jóvenes del arroyo. Por eso se le podía ver por las plazas alborotadas del 15M y entre la gente, siempre rodeado de gente, de luchadores por la conquista de otro tiempo, tan lejano, tan cercano. Otro tiempo que tiene su residencia permanente en la lucha. Instalarse en la lucha, porque vale la pena luchar. Y es eso: instalarse en la lucha es ya ganar. Esa permanencia en la lucha es un anticipo de la victoria, de la gran venganza de los tiempos: La única venganza, dijo refiriéndose a sus 23 años de prisión, es que ganen las ideas de la solidaridad y la justicia social.

Estuvimos juntos aquel día, en la calle Marcos Ana; o en Bruselas, o en el Puerto de Santa María, cuando Rafael Alberti fue ingresado. Y siempre hablaba de igual manera Marcos, con aquella voz paciente, humilde, pero firme. Gran consejero contra el aislamiento, contra el sectarismo, contra la desesperanza. Hablaba quedo, en tono bien temperado, con la serena limpieza de quien está dispuesto a cumplir lo que se ha dicho.

Le pedí que escribiera sobre Dolores para prologar “Pasionaria, una leyenda que se podía tocar”, e hizo un texto primoroso. Dolores lo sentó a su lado y le pidió que hablara, que le contara las cosas. Y Marcos habló y habló. Qué bien escuchaba Pasionaria.

Desde la prisión franquista había hecho la pregunta que conocemos, y nos había pedido información a los de afuera: Decidme cómo es un árbol. Blas de Otero recogió aquella perplejidad inolvidable en un poema, que ahora se inscribe en una canción bellísima de Lucía Sócam. Era todo un proceso de preparación para decir cosas aparentemente simples pero que llevan el sedimento de 23 años de soledad: uno vive para los demás y así logra vivir para uno mismo. ¿Cómo podía ser de otra manera? Uno está en los demás, sin rencor, sin venganza, uniendo impulsos, acelerando en lo que puede la historia, señalando a lo lejos algo que no es límite, sino horizonte. Porque el hombre, sobre todo, es horizonte. Y el comunista señala el espejo y, a la vez, señala el otro lado del espejo. Incluso, en algún momento, puede señalarlo con dureza: Yo no he luchado por una democracia como esta, dijo un día ante el edificio majestuoso de una institución del estado. Hacía frío aquel día.

Estuvo mucho tiempo trabajando por los refugiados, por los nómadas del mundo, en París, presidido de honor por Picasso, y en muchos sitios, sabiendo que en los nómadas, los parias de la posmodernidad, los jóvenes indignados, las mujeres invisibles, está ese límite, como la raya lejana del mar, que muchos no quieren convertir en horizonte. Y su dedicación a los refugiados políticos fue intensa. Por eso su último viaje, toda una gira, por Latinoamérica, fue un encuentro multitudinario y cálido.

El estado, la oficialidad posfranquista, siempre ha mirado hacia otro lado. No se trata de que haya dejado de pagarle un minuto de silencio, sino algo más: 23 años. Muchos años de encierro por luchar por la libertad y la justicia, en un país donde los televisores solo resuenan con eco de estado cuando muere un torero. O uno de los suyos. Porque el sistema, olvidando con meticulosidad de relojero a los rojos, nunca olvida a los suyos.

Quizás a él no le hubiera gustado que yo hablara de estas deudas. Pero a veces hay que hablar del capital, no solo de los intereses. Y si el mundo va a cambiar de base, si los parias de hoy todo lo han de sr, es porque existan muchos comunistas como Marcos Ana. Yo soy uno de los peores, le contestó a un vecino, cuando le dijo que si todos fueran como él, habría que apuntarse al partido. Pero ojo: no hablo de bondad. Terrible es la tentación de ser buenos. Hablo de esa gran alianza que nos va a permitir republicanizar el poder sin necesidad de organizar desfiles. No hablo de un santo: hablo de un comunista. De un comunista poeta. De un poeta comunista.

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