Ni dios ni amo

Fidel

Benito Rabal 21/12/2016

A Fidel le conocí en la inauguración de la Escuela de Cine de los Tres Mundos. Me habían invitado al Festival de La Habana y tuve la suerte de poder asistir a ese auténtico ejemplo de democratización de la Cultura que supone la Escuela, habilitada para que pudieran iniciarse en el arte de contar historias en movimiento los hijos de los países desfavorecidos. A partir de ésta, el mayor vehículo de transmisión de ideas de nuestra época dejaría de ser patrimonio del mundo rico y los cuentos ajenos dejarían de arrullarles para pasar a contar otros, más propios de su cultura e inquietudes. Y me equivoco cuando digo su, porque debiera decir nuestra.

Había oído de la extensión de sus discursos y, acostumbrado a la tediosa cantinela que había tenido que escuchar en boca de muchos políticos, cuando subió a la tribuna me armé de paciencia dispuesto a evadirme mentalmente del acto durante el tiempo que éste durase. Fidel, con voz pausada, amigable, propia de gran conversador, empezó a desgranar cómo se había gestado la idea de la Escuela. Contó las largas discusiones entre García Márquez, Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea “Titón”, Julio García Espinosa y él mismo, sobre la necesidad de crearla. También los largos paseos por la geografía cubana buscando la ubicación perfecta. En un principio se pensó en un local en la Habana, pero Fidel rehusó. ¿Qué iban a hacer con la gente que habitaba en el campo? ¿Ellos no tenían derecho a hacer cine? ¿Los alumnos que vinieran de fuera de la isla, qué iban a conocer de la realidad de la Revolución, otra ciudad más? ¿Cometerían los mismos errores del pasado ahondando en el centralismo?

En eso estaban, dándole vueltas al asunto, cuando les llegó la noticia desde San Antonio de los Baños. La Escuela ya estaba hecha. Mientras ellos discutían, los habitantes del pequeño pueblo se habían reunido en Asamblea y habían decidido construirla con el sistema de microbrigrada, esto es trabajando todos los vecinos por turnos. Las razones que les habían impulsado eran contundentes. Podrían participar de los conocimientos que los alumnos aportaran. Nadie habló de beneficios económicos. Es más, estaban dispuestos a colaborar en el huerto que habían previsto para que la Escuela se autogestionara alimentariamente con la variedad de productos que los extranjeros trajeran de sus diferentes países.

Cuando me quise dar cuenta habían pasado dos horas y media largas que habían capturado mi atención. Luego habló de quiénes se habían sumado al proyecto y estaban dispuestos a venir a impartir clases, Coppola, Redford, Ruy Guerra, Arthur Penn, entre otros grandes del cine. Pero a mí no se me iba de la cabeza la decisión de los habitantes de San Antonio de los Baños. ¿No era que Fidel dirigía el país con mano de hierro? Ah, no. La Revolución no era solo él. Era el pueblo cubano.

Tuve la suerte de vivir cuatro años en la isla. No como turista, sino como cubano, quiero decir, en pesos, no en dólares y sentí la crueldad del criminal e insostenible bloqueo. Al principio me sorprendía ver los escaparates vacíos en las tiendas, es verdad. Pero cada vez que volvía a España a ver a mis hijos, me abrumaba el derroche de los escaparates abarrotados de mi país. Al fin y al cabo, la escasez en Cuba era para todos. Aquí, la abundancia, para unos pocos.

Le escuché muchos discursos, más bien conversaciones con el público asistente en las que alternaba el mensaje político con la realidad cotidiana. ¿Qué clavos usaron en la construcción? ¿Qué simiente en esta granja? ¿Cómo se plantearon la obra de teatro? Los conocimientos de Fidel eran inagotables, propios de un gran hombre, cercano, fraternal. Un hombre que con sólo cambiar el uniforme verde olivo por un traje y una corbata, conseguía salir en la portada de todos los periódicos del mundo y, a la vez, con su figura como símbolo, lograr situar a Cuba en una posición difícil de ser invadida.

También fui afortunado por compartir con él varias veces en privado. Entre otras, en la celebración de mi cumpleaños. Cuando salimos de la casa, sin parar de conversar, ya estaba rayando el alba. Me contó del Ché en Bolivia. Eran catorce combatientes y sólo les quedaban cuatro terrones de azúcar. Alguien propuso dárselos a los que mejor luchaban, pero el Ché mandó cortarlos en catorce trozos iguales. Si no era así, ¿para qué carajo estaban luchando?

Publicado en el Nº 301 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2016

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