Esperando a los bárbaros

Marcos Ana A través de la venganza y el rencor no se puede hacer política y, mucho menos, ser un dirigente social.

Felipe Alcaraz Masats 21/12/2016

Un día, un vecino, desde la perplejidad de tratar de cerca a un comunista que no olía a azufre, le dijo a Marcos Ana que él sería del partido si todos los comunistas fueran como él. Y aquellos que convivían con él en el barrio sabían que estaban ante un comunista que vivía la política desde la vecindad, la amistad, el conocimiento de las vidas precarias, la lucha a través de plataformas concretas. Quizás ser dirigente social, argumentó otro día Marcos, es una forma muy adecuada en estos momentos de ser un dirigente comunista. Pero esa misma cercanía fue quizás la que le señaló con el dedo, una vez se hubo escapado del campo de concentración de Albatera, que le tocó en el reparto ante la posibilidad otra del Campo de los Almendros.

La infinita prisión de Marcos no le agrió la visión ideológica transformándola en venganza. No por bonhomía, quizás, sino porque a través de la venganza y el rencor no se puede hacer política y, mucho menos, ser un dirigente social. También por una cierta bondad, sí: la de no ceder a la tentación de ser malos. La maldad, el rencor y la venganza anulan de alguna manera el sentido de clase. Es decir, los comunistas somos “malos” estructurales (y dijo Brecht que terrible es la tentación de ser buenos), pero no malos como personajes de un Shakespeare de barrio, que convierte a sus personajes en malas personas. No se puede ser comunista siendo mala persona, por eso Marcos distinguía muy bien la maldad de la debilidad. Él nunca fue una persona débil. Ahí está su historia, ahí su paciencia, ahí su literatura: reclamaba un árbol, sí, pero nunca para tapar el bosque, es decir, lo que se cocía en la mayoría social, tal como iluminó la semblanza de Marcos un poema de Blas de Otero.

Ver a Marcos Ana mejora la opinión que tenemos de los hombres. Conocer su elegancia es tocar la sencillez de lo pleno. Y no necesita para ello forzar la voz. Un día le comunicaron que el presidente Zapatero pensaba programar la presentación de la autobiografía de Marcos. Y Marcos comentó que le parecía muy bien que Zapatero interviniera sobre él en un acto, pero que él no estaría.

He releído el prólogo que Marcos ha escrito a “Pasionaria, una leyenda que se podía tocar”. Engarzada en una prosa de alta precisión, donde los sentimientos no van más allá ni se quedan cortos en el ámbito de una contención que no pretende conmover artificialmente, se condensa una sensación de respeto y cariño, desde la debilidad de ese temblor de rodillas que les asaltaba a ambos cuando tenían que dirigirse a la gente. Marcos le contó su vida a Dolores. Qué bien sabía escuchar Pasionaria.

Escribo esto en ese momento en que, con la mirada, a veces con el tono de voz, desde el cariño, pero también desde el atrevimiento de un consejo, se nos está pidiendo a los viejos que sepamos retirarnos. No de la política, no de la lucha. Sí de ciertos dimes y diretes. Nos los suele pedir, a veces, algún joven. Nos hace un gran favor. Le damos las gracias.

Publicado en el Nº 301 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2016

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