La afilada punta del cálamo

Pruebas de laboratorio La crisis de las políticas culturales institucionales... es inseparable de la crisis general económica y de régimen.

José María Alfaya 21/12/2016

Me resultó muy estimulante compartir una sesión de Laboratorio 4 (Medialab Prado) sobre “Centros de distrito y cultura de proximidad” que me trajo recuerdos juveniles, de cuando discutíamos con ahínco sobre la democratización cultural y la democracia cultural. Salieron a la palestra nuevos jóvenes que muestran nuevas herramientas y, esta vez, ante un público de amplio espectro de edad, en donde tienen cabida hasta los veteranos… que incluso logran transmitir una frescura sentimental muy de agradecer. Citemos, como ejemplo, la intervención de cierto director madurito de una Biblioteca que arrancó aplausos de simpatía a los jóvenes y de nostalgia a los mayores.

No está de más repasar algunos argumentos conocidos y divulgados entre las vanguardias: En la batalla política para establecer acuerdos en inestable equilibrio y sostenibilidad según la correlación de fuerzas entre explotadores y explotados, con la legión de cantamañanas adornando un mareo de perdiz que despista al que contempla la película sin conocer las claves del género, suele plantearse, como línea divisoria entre clanes, la separación entre la Cultura como derecho y la Cultura como recurso. No es que esté de acuerdo con la toponimia: la Cultura (aún la de la Ignorancia Planificada) es un hecho y es un recurso para todos los implicados en la guerra de clases (¿o de la multitud contra la casta?).

Pero en las escaramuzas de estas batallas se han dado muy curiosas circunstancias:

La cultura como derecho se ha topado permanentemente con la cultura como recurso que se ha articulado en torno a la construcción de un equipamiento que se ha usado como pretexto para obtener intereses partidistas, políticos y económicos en un territorio determinado. Y donde lo más natural ha sido nombrar, bajo criterios de rédito político, a dedo o con procedimientos increíbles a los directores y directoras de instituciones tan diversas como Teatros, Auditorios, Compañías, Orquestas, Museos, Centros de todo tipo, etc.

Esto ha supuesto que hemos sufrido años de concepción y defensa de la cultura entendida más como estrategia de desarrollo económico y territorial, que centrado en facilitar espacios de desarrollo humano y social.

Se ha usado la cultura como instrumento para remodelar la ciudad y vender una identidad propia diferenciada (o no) en el mercado global. La centralidad de la cultura en las políticas de remodelación de la ciudad ha provocado –contradictoriamente– la degradación de la ciudad como espacio de producción cultural.

La crisis de las políticas culturales institucionales vigentes durante décadas es inseparable de la crisis general económica y de régimen a la que actualmente nos enfrentamos. Tener todo ello en cuenta resulta fundamental a la hora de pensar cuál ha de ser la "nueva política" de la cultura en el actual intento de regeneración democrática (mejor democracia y en construcción colectiva) que decimos queremos impulsar desde la ciudadanía.

Quizás haya que tener mucha paciencia porque nuestro artero enemigo de clase nos ha inoculado una tendencia cainita, cazurra, cantonalista y cateta que hace que las discusiones se produzcan más sobre las emociones que sobre realidades objetivas, sobre argumentos documentados. Y si sales del Laboratorio y te vas a tu barrio, como bien sospechas, la bata blanca se te mancha enseguida con barros, mocos y escupitajos y es difícil creer que la palabra sirva para comunicar y entenderse.

Los barrios de Madrid son un fantástico caldo de cultivo para todas las pruebas de laboratorio. Es un muestrario de contradicciones, de potencialidades, de historia pasada y de futuro condicional. Para mí no hay mejor debate que el que se eleva sobre esas contingencias sin perderlas de vista. Y ya sabemos que tenemos poco tiempo para que se inicien dinámicas verdaderamente transformadoras. Por lo menos, en Madrid, ahora tenemos la voluntad política de quienes gobiernan. Falta ocuparse de los que administran, de los que se agitan y de los que están en sus casas queriendo creer que siguen siendo consumidores de calidad y perdiendo nociones de tiempo y de espacio para vivir sólo un presente en una gran superficie. Te cambio un cine por una tienda de bragas (baratas, eso sí).

Publicado en el Nº 301 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2016

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