Mediaciones

Black mirror La historia real demuestra que otra comunicación es posible, que imaginar, en fin, otra mediación es socialmente necesaria, pues podemos, una vez más, imaginar el futuro y no hemos perdido nuestra memoria histórica.

Francisco Sierra 23/12/2016

La modernidad es un espejismo. Y el imperio de la mirada, una condición existencial de la cultura espectacular. Sean los escaparates de los pasajes de París, que supo interpretar con magisterio Walter Benjamin, o las ventanas mediáticas, el mito de la transparencia es una exigencia definitoria de nuestro tiempo, el brillo luminoso del fetichismo de la mercancía. Por ello Black Mirror no puede resultar más provocador en un mundo regido por el principio de reflexividad. Qué ocurre cuando no podemos ver, o cuando lo que vemos no es, en verdad, lo que acontece. ¿Es posible un espejo que no refleje? Preguntas y más preguntas en un tiempo de crisis cuyas tensiones tienen, seguramente, consecuencias más tenebrosas que la que viven los protagonistas de la afamada serie distribuida por Netflix.

Potente metáfora de nuestro tiempo, no sé si por la fatalidad que viven los personajes o por la distopía que imaginan los guionistas, las historias de Black Mirror nos conectan con la actualidad de la democracia de audiencia. Dos episodios de su última temporada - (E1) y Odio nacional (E6)– son ejemplos ilustrativos de la devastación manipuladora de esta realidad hipermediatizada que desde la Sección de Comunicación y Cultura de la FIM tratamos de pensar críticamente. El objetivo último: la realización concreta y material del sentido de la libertad informativa como ejercicio de autodeterminación sociopolítica, como un trabajo en fin de palingenesia, de un pensamiento y una acción transformadora, más allá de las fantasías electrónicas.

En esta línea, el próximo día 21 de diciembre presentamos en el Paraninfo de la Complutense, con el profesor Fernando Quirós, un estudio detallado sobre el primer intento de democratizar el sistema internacional cuando el Movimiento de Países No Alineados marcó en 1975 una agenda común en UNESCO para un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC) y la respuesta del sentido común hegemónico fue básicamente descalificar tales iniciativas por irreales.

Hoy la situación del sector es, como sabemos, infinitamente peor que lo descrito en el Informe McBride de 1980. Pero más allá de la opacidad de la era Black Mirror, la historia real demuestra que otra comunicación es posible, que imaginar, en fin, otra mediación es socialmente necesaria, pues podemos, una vez más, imaginar el futuro y no hemos perdido nuestra memoria histórica. La razón de ser del Derecho a la Comunicación es justamente partir del reconocimiento de los lugares comunes que nos vinculan y, de algún modo, también nos afectan, superando los muros simbólicos y las aduanas económico-culturales que nos mantienen aislados en una estéril diferencia conforme a las matrices culturales de Wall Street.

La renuncia del pensamiento social a las utopías materialistas significa, a este respecto, el desplazamiento del campo de trabajo hacia el pancomunicacionismo, desde un discurso idealista que anula el potencial conflictivo del proceso de integración global del capitalismo, tal y como los personajes de Black Mirror experimentan, encerrados sin saberlo en el universo de la fatalidad. Tenemos pues por delante un arduo trabajo teórico y práctico de construcción colectiva de democracia informativa, allí donde solo hay espejos deformantes como los del callejón del gato. Apasionante reto, sin duda. Y lo más importante, única garantía de un efectivo principio esperanza con el que soñar la Comunicación. Eso al menos esperamos en la FIM y para ello convocamos desde la Sección a la ciudadanía, sabedores de que la Comunicología es, debe ser, una Ciencia Aplicada de lo Común.

Publicado en el Nº 301 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 2016

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