Peleaban por derechos humanos para ser ciudadanos y no súbditosAtocha: Memoria, entendimiento y voluntad Lo que aquella matanza significó en el contexto de la llamada Transición tiene, en la narración del acontecimiento, un concepto asociado que aún nos estremece a algunos: la contención como fórmula para alcanzar una democracia formal y muy débil.

José María Alfaya 24/01/2017

Estamos ante un doloroso aniversario que nos debe servir para no perder memoria, entendimiento ni voluntad. Estamos ante una cita con lo que nos dijeron, y con lo que decimos ahora en lucha con nuestra propia memoria y con los discursos que se impusieron. Porque no nos podemos creer que los que vivieron aquellos días no se acuerden. Quizás tengamos que comparar recuerdos pero estoy seguro de compartir con muchos algo más que la literalidad de una cruel noticia que en su momento nos conmovió.

Frente al olvido hay que reivindicar el recuerdo exacto del horror, por doloroso que resulte.

Y el recuerdo exacto implica conceder todo el honor a las víctimas en sus circunstancias y seguir señalando y denunciando los muchos apoyos con que contaron sus asesinos.

Lo que aquella matanza significó en el contexto de la llamada Transición tiene, en la narración del acontecimiento, un concepto asociado que aún nos estremece a algunos: la contención como fórmula para alcanzar una democracia formal y muy débil, sin verdadera ruptura con el pasado franquista, que se impuso y se aceptó como la única posible.

La emoción digna y sobrecogedora de aquel entierro, conteniendo la tentación de sentirse provocado y atraído a una espiral de violencia, poco tiene que ver con otro tipo de contenciones y concertaciones que supusieron la triunfante y rampante instauración del bipartidismo que hemos padecido hasta estos días que, ciertamente, muestran con claridad el perverso resultado de aquel régimen basado en el posibilismo, la falta de memoria, el escamoteo de una rendición de cuentas ante una justicia democrática y la desmovilización social hacia el electoralismo.

No menos imprescindible nos resulta rendir tributo de admiración a la combatividad de aquellas Comisiones Obreras que se apoyaban en los despachos de los abogados laboralistas para ir, más allá del problema de cada trabajador, hacia la lucha colectiva, el planteamiento estratégico de la indignación y de la rebeldía frente al Capital y los capitalistas, llevaran corbata o pistola (frecuentemente las dos prendas de su perverso aliño indumentario), en lo que, con claridad meridiana, se describía como lucha de clases.

Y esta lucha no era tan sólo (siendo mucho) por derechos proletarios de fábrica, rama, sector… ni siquiera y tan sólo, aunque se soñara con él, por un buen convenio colectivo.

Peleaban por derechos humanos para ser ciudadanos y no súbditos, peleaban por libertades políticas y sindicales y la pelea se extendía a la lucha vecinal por mejorar las condiciones de vida en los barrios, que salían –a hombros de sus mujeres y hombres- del barro del que estaban hechos.

Peleaban todo eso juntando saberes y habilidades, fuerza social y uso inteligente de los resquicios legales y administrativos que la Dictadura no llegaba a taponar. Juntaron en alianza las fuerzas del trabajo y de la cultura, profesionales que decidieron ponerse del lado del pueblo explotado y explotados que -con paciencia infinita- habían tejido estrategias de alianza con otros sectores sociales con intereses que la Dictadura no podía satisfacer.

Ese ejemplo, que el recuerdo personal y la memoria colectiva no deben dejar caer en la banalidad, en la plana superficialidad o el olvido, es lo que saludamos hoy aquí. No para reconocernos en el pasado, ni siquiera para darlo por bueno, sino para que podamos conocer, reconociendo sus caminos entroncados con el ayer, un mejor futuro que el que el capitalismo intenta imponernos.

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