Clave de sol

Olvido y memoria

Sol Sánchez Maroto 30/01/2017

La historia y las historias nunca se construyen desde la nada, ni son contadas por seres ajenos a ellas puesto que todos y cada uno de nosotros somos
productos de sus consecuencias.


Quizá sea cierto que a veces existe una especie de amnesia funcional para que la vida se reproduzca, quién no ha escuchado alguna vez, por ejemplo, eso de que si las mujeres recordásemos nuestros alumbramientos con mayor claridad y completitud este sería mayoritariamente un mundo de hijos e hijas únicos. Olvidar el dolor.

Quizá sea también cierto que un poco de ese mismo olvido, no sirva solamente como táctica de supervivencia biológica y social, sino que su función se pueda extender a lo psicológico y cultural, es decir, al individuo y su subjetividad y al colectivo y la suya. A olvidar el dolor, añadamos por tanto olvidar el trauma y olvidar incluso el horror.

Olvidar para seguir adelante, para pasar página, ¿quién no lo ha hecho (o no lo ha intentado hacer) alguna vez? Parece incluso razonable…

Pero la cosa se complica cuando para olvidar hay que negar los hechos en cuestión, y cuando se trata de olvidar colectivamente, de acceder al inconsciente colectivo y operar en él, de hacer olvidar a un colectivo, a un estado; la negación es inevitable. Y hay entonces que negar cualquier aspecto que ponga en cuestión las identidades que se han construido sobre el olvido mismo, sobre la mitificación de ese pasado -cercano o lejano- que se intenta blanquear con el polvo del olvido.

Y ahí la cosa se vuelve a complicar porque para negar lo innegable, otra vez de forma inevitable, se recurre a la mentira. Hay quien prefiere denominar a esto como reelaborar la historia, o construir nuevos relatos, a mí me parece que el verbo correcto es mentir. Mentir es siempre intencional, e implica –y esto es lo importante- la voluntad de ocultar lo que se sabe, se piensa o se siente. Negar la verdad siempre es mentir. Términos como posverdad, únicamente nos roban los conceptos de verdad y mentira disolviendo sus fronteras. El gran mosaico de la verdad se sigue construyendo desde la honestidad de las pequeñas piezas de certeza que se han de recopilar, unir y pegar con paciencia de relojero y firmeza de comadrona.

Es por eso que, cuando se combate el olvido, lo primero que se pide es verdad.
Pero además todos pertenecemos a diferentes clases sociales y dentro de ellas a grupos, que en esas construcciones de relatos y sentidos -de verdades y mentiras objetivas y subjetivas-, se encuentran en diferentes y contrapuestas posiciones hegemónicas o subalternas, vencedoras o vencidas. De modo que la correlación de fuerzas entre ellas, si se carece de unas reglas del juego que equilibren esas desigualdades, puede imponer las mentiras de los fuertes a las verdades de los débiles. Solíamos llamar a eso estado de derecho.

Es por eso que, cuando se combate el olvido, la negación y la mentira, lo segundo que se pide es justicia.

¿Dónde vamos con todo esto?

Pues a que la negación, la mentira y la condena forzada al olvido, nunca son hechos aislados porque cuando se asimilan y normalizan en una sociedad, se convierten en un camino, en una trayectoria imparable que enraiza entre las sombras del inconsciente patrones de comportamiento, profundos, obsesivos e implacables. Un vertedero al que recurrir cada vez que es necesario.

Así, las identidades de eso que llamamos régimen del 78, construidas sobre los cimientos de la negación de nuestros desaparecidos y desaparecidas, de la exhumación de sus restos, del fin de las cunetas, de la reconstrucción de su historia, y de la negativa -en definitiva- a la recuperación de la memoria -negativa necesaria para mitificar un pasado que no fue- son también el mecanismo que subyace a hechos muy recientes que se perciben y se narran sin conexión alguna, como si fuesen excepcionales, sorprendentes y extraños, cuando realmente forman parte de esa misma lógica, de un mismo hilo conductor.

Por eso, cuando se revisan hechos como las tragedias del metro de Valencia, del tren Alvia en Angrois, e incluso del Yak 42… y se escuchan las voces de políticos indignos exhortando a dejar descansar a los muertos, o deslizando la sospecha, o directamente la acusación maledicente, sobre las motivaciones espurias de quienes no se rinden ante la mentira; el eco es atronador. No estoy comparando ni poniendo al mismo nivel los hechos en sí, sino haciendo visible el repugnante aparato común que los posibilita y que da lugar a la impunidad misma.

Es por eso que, cuando se revindica la memoria, lo tercero que se exige es reparación. Porque no solo reparamos el daño de lo ya hecho, reparamos también la psique de toda la sociedad. No recuperamos la memoria del pasado, sino la posibilidad misma de futuro. Y ese es el amplio, el amplísimo sentido de no repetición.

Publicado en el Nº 302 de la edición impresa de Mundo Obrero enero 2017

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