Desde el chozo

Carrillismos

Javier Navascués 04/02/2017

En un artículo sobre la Constitución publicado en 1978, Jordi Solé Tura escribía a propósito de la transición que “(...) la crisis ha abierto un largo periodo de transición en el que los elementos de democracia se han superpuesto a los restos del franquismo, en el que las fuerzas democráticas han ganado posiciones, pero el franquismo institucional e ideológico ha mantenido otros”. Esta ecléctica descripción de los hechos retrata la situación clásica en la que lo que nace no acaba de nacer y lo que muere no acaba de morir. La principal crítica que se puede hacer a Solé Tura, y, por tanto, a la línea política del momento, es la incoherencia de no haber planteado la necesidad de seguir acumulando fuerzas para deshacer ese empate maldito, en lugar de lo que se hizo. Que no fue otra cosa que desactivar los mecanismos de movilización popular que, si bien no habían sido capaces de romper al régimen, por lo menos habían permitido ganar esas posiciones. En algún caso para pillar cacho; en el de la mayoría, por ingenua lealtad. Es cierto que lo que entonces se firmó no estaba aparentemente tan mal: ya quisiéramos ahora el mantenimiento del poder adquisitivo de salarios y pensiones y un aumento del gasto público en un 1% del PIB en un año. Y lo de “quita un cacique, pon un alcalde”, para aplaudir. Pero el precio pagado fue muy alto: se inventó la concertación y se arrinconaron las asociaciones de vecinos a los talleres de macramé. ¿Era necesario? ¿O fue esa la manera en la que se hizo imposible avanzar sobre esas posiciones y, con el tiempo, acabar perdiéndolas?

En esta segunda transición, la historia se repite pero, como corresponde a los tiempos, a la velocidad de un videoclip. Si entre 1977 (Pactos de la Moncloa) y 1979 (elecciones municipales) se desmovilizó al movimiento obrero y se descabezó al movimiento vecinal, ahora ha bastado con un año, 2015, para mandar a la gente a su casa. Y con la misma velocidad ha llegado el retroceso, o si no que se lo cuenten a Carmena. O a Toxo, que está indignado porque le han puenteado. Si tu única manera de arrancar una subida del salario mínimo es mediante el rigodón pomposo de las mesas de diálogo social, versión devaluada del gobierno de concentración, no debería extrañarte que te roben la cartera en la pista de bakalao donde el bipartidismo intenta refundarse entre flashes de discoteca.

¿Quiénes son los nuevos carrillistas? Todos lo seremos en la medida en que queramos obviar el proceso natural de construcción de una hegemonía alternativa. No hablo de quienes más o menos desvergonzadamente reclaman su cuota perdida. Ni de quienes afectados por el vértigo echan de menos lo que no volverá. Sino de quienes esperamos que las contradicciones del sistema traigan ciegamente una ruptura favorable, que el hartazgo estalle y la pelota caiga, contra toda probabilidad, en nuestro campo. Hay un trabajo paciente de organización y de extensión de la conciencia a partir de la experiencia de lucha que debe hacerse y que no se desarrolla al ritmo catódico del bombardeo mediático sino contra él. Y ese no es el problema de un puñado de dirigentes, sino de un partido.

Publicado en el Nº 302 de la edición impresa de Mundo Obrero enero 2017

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