El problema actual de la socialdemocracia no es que sea "moderada" frente al capitalismo. Es que es utópicaCapitalismo, desarrollo y socialdemocracia (en el centenario de la Revolución de Octubre)

Rafael Plá López 09/02/2017

Parece razonable estipular que para celebrar el centenario de la Revolución de Octubre lo primero que habría que hacer es estimular el estudio de las obras de Lenin. Digo el estudio de sus obras, no limitarse a entonar loas a su figura.

Ello viene a cuento de un par de perlas encontradas en un artículo firmado por Sofía García-Hortelano y titulado "Ejes y herramientas para la organización del centenario de la Revolución Soviética" en el número de Mundo Obrero de enero de 2017.

Después de una serie de referencias encomiásticas a Lenin, habla de "un capitalismo industrial cuyo desarrollo hubiera sido devastador para el futuro de Rusia".

El problema no es ya que dicha frase pueda incitar a una respuesta malévola preguntando a dónde le condujo a Rusia el no desarrollo del capitalismo al final del siglo XX. Es que muchos análisis destacan que precisamente el escaso desarrollo del capitalismo en Rusia cuando se llevó a cabo la Revolución de Octubre (lo que llevó a Gramsci a denominarla una Revolución contra "El Capital", en referencia a la obra de Karl Marx que predecía que la revolución proletaria se produciría en los países capitalistas más desarrollados) fue una de las causas de su posterior degeneración burocrática.

Podríamos preguntarnos qué hubiera dicho Lenin ante tal frase. Pero afortunadamente no tenemos que especular al respecto, porque de hecho lo dijo, y de la manera más explícita posible: "es una idea reaccionaria buscar la salvación de la clase obrera en algo que no sea el mayor desarrollo del capitalismo" ("Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática", en la página 507 del primer tomo de las Obras Escogidas de Lenin en tres tomos de la Editorial Progreso de Moscú). De hecho, Lenin propugnaba la toma del poder por el proletariado aliado con el campesinado no para impedir el desarrollo del capitalismo, sino para impulsarlo.

Y hacia el final del artículo habla de "La imposibilidad de volver al estado del bienestar al no existir elementos de freno: el actual imperialismo de EEUU y el sometimiento de la UE han terminado con el Estado del Bienestar, que solo hubiera podido mantenerse si la URSS se hubiera mantenido y fortalecido".

Teniendo en cuenta la afirmación anterior, puede resultar sorprendente esta segunda frase, que aparenta una añoranza por el llamado "Estado de Bienestar" característico de países capitalistas desarrollados y seña de identidad de la socialdemocracia que no cuestiona el capitalismo. Y que, por otra parte, era difícilmente sostenible en su forma preexistente al margen de lo que hubiera ocurrido en la URSS.

Hay que recordar que el llamado "Estado del Bienestar" tenía dos componentes básicos: por un lado, la llamada "sociedad de consumo" caracterizada por un poder adquisitivo relativamente elevado por parte de la clase trabajadora; y por otro lado, la existencia de Servicios Públicos universales y gratuitos. Dichos componentes se han combinado de forma distinta en distintos países capitalistas desarrollados.

Así, en Estados Unidos el nivel de consumo medio era superior al europeo (especialmente en países mediterráneos como España), en consonancia con la consigna de Henry Ford: "He de pagar buenos salarios a mis trabajadores para que puedan comprar mis coches". Pero en cambio sus Servicios Públicos estaban mucho menos desarrollados. Así, no existe en Estados Unidos una Sanidad Pública de carácter general, más allá de los programas restringidos de Medicare (para los jubilados) y Medicaid (para los "necesitados"), e incluso el llamado "Obamacare", tan denostado por su derecha, no iba más allá de ampliar la cobertura por seguros médicos privados. Y mientras en la Alemania de Merkel la Universidad se hace gratuita, muchos estudiantes norteamericanos están agobiados por las deudas derivadas de los onerosos préstamos que han tenido que contraer para pagar sus estudios.

Y hay que recordar que, si bien los Servicios Públicos universales y gratuitos, que coexistían en países capitalistas y del llamado "socialismo real", corresponden al principio comunista de "a cada cual según sus necesidades", los elevados niveles de consumo de los países capitalistas desarrollados no eran ni generalizables al conjunto de la humanidad ni sostenibles en un planeta ecológicamente limitado.

Hay que recordar también que las políticas keynesianas, propugnadas en su momento por John Maynard Keynes, en las que se basó el llamado "Estado del Bienestar", no se formularon como respuesta al desafío de la URSS, sino como alternativa frente a la gran crisis de subconsumo de 1929. Y que las políticas neoliberales propugnadas por Milton Friedman en contraposición al keynesianismo se formularon cuando la URSS todavía existía, y fueron aplicadas en el Chile de Pinochet y en otros países, aunque ciertamente no pudieron generalizarse hasta la caída de la URSS que dio lugar a la imposición del "pensamiento único" neoliberal.

Pero es importante subrayar que las políticas socialdemócratas keynesianas que sustentaban el Estado del Bienestar, aumentando el nivel de vida de la clase trabajadora sin dañar los beneficios de la burguesía, solamente eran viables a través de un crecimiento sostenido propio de la fase ascendente de la llamada "onda larga" de Kondratiev, en la que los períodos de expansión superan a los de depresión, lo que hace viable que la inversión y el endeudamiento público durante los períodos de depresión amortigüen las crisis capitalistas de "ciclo corto" y se compensen con los ingresos obtenidos durante los períodos de expansión.

Pero ello deja de ser viable cuando los límites ecológicos al crecimiento impiden un tal crecimiento sostenido. El crecimiento impetuoso de las fuerzas productivas que tanto alabaran Marx y Engels en el siglo XIX deviene ecológicamente suicida en el siglo XXI. Y aunque ello sí sea especulativo, podemos suponer que si Lenin viviera actualmente, en las condiciones de un capitalismo tan "maduro" que empieza a estar podrido, no confiaría la salvación de la clase obrera en el mayor desarrollo del capitalismo como hiciera en el marco del capitalismo atrasado de Rusia al principio del siglo XX.

Por ello, el problema actual de la socialdemocracia no es que sea "moderada" frente al capitalismo. Es que es utópica. No me refiero, claro, a los Blair, Hollande o Susana Díaz que se han subido al tren neoliberal, sino a los que pretendieron servir a dos señores, como fue el caso de Zapatero hasta mayo de 2010, negándose al mismo tiempo a recortar los derechos sociales y los beneficios del gran capital. Dado que en el contexto actual ello es inviable, al final tienen que optar por una cosa o por otra. Zapatero, como sabemos, optó por recortar los derechos sociales cediendo a las presiones del poder capitalista, como por cierto haría también años después Alexis Tsipras.

Naturalmente, hay que tener la mano tendida a los trabajadores y trabajadoras de ideología socialdemócrata con los que podemos luchar conjuntamente contra los recortes sociales y en defensa de los Servicios Públicos propios del "Estado del Bienestar", pero al mismo tiempo hay que explicarles pedagógicamente que la recuperación del poder adquisitivo de la clase trabajadora, en un planeta limitado, sólo es posible a través de una lucha de clases contra los beneficios capitalistas, que necesariamente deberá llegar a una ruptura con el sistema capitalista.

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