Capitalismo y cualificación El papel subalterno asignado a España en la división internacional capitalista del trabajo hace que, en una mayoría de casos, se impulse la degradación de las condiciones de trabajo apoyándose en su precarización para desempoderar a la clase trabajadora.

Rafael Plá López 11/04/2017

Para enfocar correctamente la lucha de clases es imprescindible distinguir entre los procesos objetivos vinculados al desarrollo de las fuerzas productivas y los que dependen de las relaciones de producción, en particular del capitalismo. Y la confusión al respecto es especialmente lamentable cuando se hace desde posiciones sedicentemente marxistas.

Así el fordismo, basado en la producción industrial en serie, era una forma de organización técnica del trabajo vinculada a una determinada estructura de las fuerzas productivas. Como también lo era el toyotismo, basado en el aumento de la productividad a través de la gestión y organización y el trabajo combinado. Pero mientras el fordismo se asentaba en el maquinismo con el uso de la máquina-herramienta, el toyotismo se asienta en la automatización.

En cambio la precarización, aunque se enmascare como "flexibilización", no es una forma de organización técnica del trabajo, sino una forma de organizar la explotación de la fuerza de trabajo en el marco del sistema capitalista. Pongamos un ejemplo para clarificarlo: un sistema de rotación ante una carga de trabajo variable, como el que se utiliza actualmente en la Sociedad de la Estiba en España (y que el decreto del gobierno del PP, en consunción con la Comisión Europea, quiere eliminar), sí es una forma de organización técnica del trabajo. Pero el despido libre como modo de realizar una rotación del trabajo es una forma de explotación de la fuerza de trabajo, no una forma de organización técnica del mismo, y corresponde a la esfera de las relaciones de producción capitalistas.

Por otra parte, no es cierto que el capitalismo genere, de forma general, una descualificación del trabajo.

Ciertamente el paso del artesanado al maquinismo (incluyendo el fordismo), al sustituir la habilidad manual del artesano por las propiedades intrínsecas de la máquina-herramienta para determinar las características del objeto producido, sí supuso una descualificación de la fuerza de trabajo. Pero ello estaba vinculado a un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Por ello, la superación en Rusia de las relaciones de producción capitalistas a raíz de la Revolución de Octubre no supuso por sí misma la superación de dicha descualificación: el maquinismo, al privar al trabajador del control directo sobre el proceso de producción, propiciaba una gestión autoritaria de dicho proceso de producción, facilitando lo que se llamó la "burocratización" de la revolución. Y lo mismo ocurre en una empresa cooperativa, si su base productiva es maquinista.

En este contexto, el movimiento de los luditas en contra de la maquinaria no estaba desenfocado en cuanto a focalizar en ella la raíz objetiva de la degradación de su trabajo. Aunque sí lo estaba en cuanto a sus posibilidades de éxito: no era posible revertir el desarrollo de las fuerzas productivas, volviendo a meter el genio dentro de la botella.

En cambio la revolución científico-técnica, con el paso del maquinismo a la automatización, generando instrumentos, como los ordenadores, que posibilitan una multiplicidad de usos, hace descansar la calidad de los productos en la programación de tales instrumentos por el trabajo humano, requiriendo así un aumento de la cualificación de la fuerza de trabajo y propiciando el paso del fordismo al toyotismo como forma de organización técnica del trabajo. Y, como explicara en su día Radovan Richta ("Progreso técnico y democracia", ed.Comunicación, página 28), "En el punto más alto del desarrollo tecnológico, el trabajo humano se convierte en una actividad creativa". Y no hay que olvidar que, cuando se habla de I+D+i como vía para un desarrrollo cualitativo sostenible, el único compatible con la preservación ecológica del planeta, el significado de dichas siglas es Investigación científica, Desarrollo tecnológico e innovación en el trabajo, los cuales requieren trabajadores y trabajadoras altamente cualificados con capacidad creativa.

Ahora bien, así como el maquinismo dificultaba la plena expresión de un sistema de propiedad colectiva de los medios de producción empoderando a la clase trabajadora, la propiedad privada capitalista de los medios de producción, al atribuir la capacidad de decisión al propietario capitalista, dificulta la plena realización de la dicho empoderamiento a partir de la automatización de las tareas pesadas y rutinarias.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que la revolución científico-técnica no se aplica de forma global y simultánea en todos los países y sectores productivos. Por ello, en el marco del sistema capitalista, su introducción parcial conduce a una dualidad entre los sectores de la producción que requieren trabajadores altamente cualificados y aquellos en los que la descualificación sigue su curso. Con el añadido perverso, además, de que en algunos casos el mantenimiento de puestos de trabajo poco cualificados se hace a costa de empeorar sus condiciones salariales y de trabajo para competir a la baja con la alternativa de una posible automatización.

Además, el papel subalterno asignado a España en la división internacional capitalista del trabajo hace que, en una mayoría de casos, se impulse la degradación de las condiciones de trabajo apoyándose en su precarización para desempoderar a la clase trabajadora, y contemplando la cualificación como un fenómeno elitista. Dicha perspectiva informa la política de reducción de los estudios universitarios, reduciendo las becas e implantando tasas académicas disuasorias.

En este contexto resulta sangrante la pretensión de "adaptar al mercado" los estudios universitarios. Pues el problema radica en que el deficiente mercado capitalista español no puede absorber la gran cantidad de graduados altamente cualificados que salen de las Universidades, y que se ven abocados a la emigración, al paro o a puestos de trabajo precarios por debajo de sus cualificaciones.

Hay que recalcar que la cualificación de la fuerza de trabajo no forma parte de la superestructura ideológica, sino que es un componente de las fuerzas productivas, componente que adquiere cada vez mayor importancia a medida que se desarrolla la revolución científico-técnica, aunque en determinadas situaciones, como la actual en España, esté notoriamente infrautilizada.

Pero el que la cualificación no sea una cuestión ideológica no significa que no haya un discurso ideológico capitalista sobre la cualificación. Dicho discurso, en particular, tiende a potenciar la división dentro de la clase trabajadora enfrentando a los trabajadores cualificados y no cualificados, y especialmente procurando que los cualificados no adquieran conciencia de ser parte de la clase trabajadora.

Hay que precisar, no obstante, que las diferencias salariales en función de la cualificación tienen un fundamento económico dentro de las relaciones de producción capitalistas. Según la teoría del valor desarrollada por Marx. el valor de la fuerza de trabajo viene determinado por el tiempo de trabajo necesario para su generación (o reproducción), por lo que la fuerza de trabajo compleja, más cualificada, que ha requerido más tiempo para su formación, tiene un valor superior a la fuerza de trabajo simple, no cualificada. Aunque, como señalara en los 70 la Agrupación del CSIC del PCE, hay que distinguir entre la escala salarial técnica, que viene a ser proporcional al tiempo requerido para la formación, y la escala salarial de mando, que asigna retribuciones superiores no en función de la cualificación sino por la asunción de tareas de mando: dicho incremento de retribución no paga el valor de la fuerza de trabajo, sino que supone una transferencia de plusvalía al asumir tareas delegadas por el empresario capitalista.

Con todo, hay que subrayar que las diferencias salariales en función de la cualificación son propias de las relaciones de producción capitalistas. En éstas, la formación superior de un trabajador cualificado corre a cargo de éste, que tiene que pagar por ella, como una inversión para desarrollar su propia fuerza de trabajo y posteriormente rentabilizarla en el mercado laboral.

Pero si, por el contrario, la educación, no sólo básica sino superior, se asume como una responsabilidad social, la cosa cambia. Especialmente en caso de que, como propugnamos, la educación superior no sólo sea gratuita sino retribuida. En tal caso, la cualificación superior deberá considerse como un bien social, y no justificará un retribución individual superior.

El problema se plantea cuando la educación superior está socializada pero en cambio el trabajo se realiza en el ámbito privado del mercado laboral capitalista. En tal caso, el capitalista deberá continuar pagando una retribución superior por una fuerza de trabajo cualificada, de mayor valor. Pero la sociedad tendrá derecho a que se le compense por la inversión realizada en la misma.

Ello puede hacerse de varias formas. Una de ellas es el sistema cubano de requerir el pago a posteriori de los estudios cuando una persona formada en Cuba pretende trabajar en un país capitalista. Otra es el sistema de préstamos-renta, que sólo comienzan a devolverse cuando se supera la renta media. Y otra forma es a través de impuestos que graven fuertemente los salarios más elevados percibidos por los trabajadores cuya cualificación ha sido sufragada socialmente, impuestos que en tal caso no jugarían un papel redistributivo sino retributivo.

En cualquier caso, parece claro que la contradicción de clase entre los capitalistas y los trabajadores altamente cualificados no se expresa principalmente a través de la cuantía de sus salarios, suficientemente elevados para subvenir a sus necesidades. Y ello los diferencia de los trabajadores no cualificados, para los cuáles las reivindicaciones salariales suelen ser prioritarias.

En el caso de los trabajadores altamente cualificados, la contradicción principal radica en los obstáculos que el capitalismo impone para la autogestión de su propio trabajo, para la cual están plenamente capacitados. De hecho, una de las principales consecuencias de la revolución científico-técnica es convertir a los capitalistas en prescindibles, sin que su función gestora deba ser traspasada a burócratas externos al proceso productivo.

Pero para prescindir efectivamente de los capitalistas, superando así el capitalismo, es imprescindible la unión del conjunto de la clase trabajadora, cualificada o no cualificada, a través de lo que el PCE ha venido llamando Alianza de las Fuerzas del Trabajo y de la Cultura. Y tal superación del capitalismo abrirá el camino para el pleno desarrollo de la revolución científico-técnica, con el tránsito del conjunto de clase trabajadora a niveles superiores de cualificación, permitiendo así su empoderamiento colectivo para hacer realidad, en el siglo XXI, los ideales de la Revolución de Octubre de principios del siglo XX.

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