Esperando a los bárbaros

Marxismo La ideología posmoderna intenta recuperar el terreno de la interpretación pasiva separando marxismo de comunismo.

Felipe Alcaraz Masats 03/05/2017

La posmodernidad ha intentado suturar la ruptura que Marx estableció con el pasado de la filosofía, diferenciando así filosofía, propiamente dicha, de marxismo, en su sentido integral. Marx formuló la idea clave de que hasta el momento la filosofía se había ocupado de interpretar el mundo, pero que el asunto real era otro: transformarlo. La ideología posmoderna intenta recuperar el terreno de la interpretación pasiva separando marxismo de comunismo, y convirtiendo el marxismo no en una herramienta de la praxis histórica, sino de la teoría, consumando de nuevo la separación escolástica entre teoría y práctica. Lenin nos advirtió que no hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria. La posmodernidad, como ideología específica del llamado capitalismo tardío, nos viene a decir que son dos terrenos distintos, hasta excluyentes.

A partir de ahí la posmodernidad, y el pensamiento “friqui”, convierten el marxismo en un saber amable, por inofensivo, en una saber “diletante”, que sabe combinar conocimientos en los salones de gala de la burguesía moderna, pero que no termina nunca de asomarse a la ventana para no colaborar, ni siquiera a través la mirada, con el fragor de las barricadas en la calle, “abajo”. Es decir, la filosofía marxista (así enunciada) se “eleva”, asciende y se “ennoblece” en el terreno de la neutralidad, al margen de todo tipo de “sectarismos” (término cada vez más utilizado contra aquellos que defienden que la historia de la humanidad ha sido hasta ahora la historia de la lucha de clases).

Esta operación, que separa el marxismo del comunismo, genera toda una escuela académica de quijotes del marxismo que, incluso, se atreven a luchar contra la idea del comunismo desde el balneario del marxismo académico. Son los mismos que, en un periodo inmediatamente anterior, han identificado siempre, y de forma integral, comunismo con stalinismo. En el fondo, todo se convierte en una inmensa excusa que, en sus avanzadillas teóricas, llega a condenar el “compromiso” personal como un hecho voluntarista dentro del universo del llamado sectarismo. O lo que es igual: se trata de secuestrar el marxismo para que no forme parte de esa caja de herramientas inexcusable a la hora de producir y ampliar las condiciones subjetivas que, en forma de política, terminen cambiando la naturaleza del poder.

Lo que ocurre es que el fantasma glorioso, al que se refirió Shelley en 1829, y Marx y Engels en 1848, aunque a veces se despiste, o descanse, o atraviese periodos de resistencia, siempre reaparece. A la larga siempre reaparece, con la posibilidad, en su capacidad de empoderar al pueblo y de acumular la fuerza necesaria, de cambiar las cosas, de cambiar el poder, de cambiar las condiciones de vida de los trabajadores.

Se trata del momento en que, abiertas por el pueblo las puertas de los palacios, marxismo y comunismo caminan de la mano por la calle como parte del fragor de la lucha.

Publicado en el Nº 305 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2017

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