Propuestas para un nuevo paísIniciemos en mayo un nuevo ciclo de movilización social El aumento de la explotación laboral y de la corrupción política, íntimamente unida a la privatización de lo público, no es más que el resultado de la intensificación de la acumulación capitalista.

Jaime Aja Valle. Secretario de estudios y análisis electoral de IU y responsable del departamento ideológico del PCA 15/05/2017

Comenzamos un mes de mayo que esperamos y sentimos como un punto de inflexión en la movilización social. A las movilizaciones del Primero de mayo se unen las movilizaciones contra la corrupción convocadas para el 15 y la manifestación de las marchas de la dignidad del 27. De fondo, el anuncio de un proceso de moción de censura contra un gobierno corrupto; moción de censura que sólo podrá triunfar al calor de la movilización social permanente.

En este último año y medio comienzan a sentirse de nuevo movimientos profundos, como los que se sentían antes del ciclo de movilización que se produce entre 2010 y 2014, entre la primera huelga general y las Marchas de la Dignidad. El ruido de las campañas electorales y las disputas por la formación de gobierno quizás hayan apagado esa tendencia de fondo. Pero diversos datos apuntan a un aumento del descontento social. Detengámonos en dos datos: por un lado, la indignación ante los continuos casos de corrupción que salen a la luz; por otro lado, el pesimismo sobre la evolución futura de la economía. La tímida salida reformista que anunciaba el acuerdo (de facto) entre PP, Ciudadanos y PSOE se ha agotado con una gran rapidez, sin ofrecer ningún resultado relevante que aplaque siquiera las demandas de cambio político. La salida precaria a la crisis se ha agotado y desde 2015 aumenta sin cesar el pesimismo sobre la situación económica. Estos dos datos coinciden con los años previos al ciclo de movilización de 2010-2014.

Observamos también un tímido pero visible repunte de la movilización social. Frente a la desmovilización laboral de 2015, en 2016 y principios de 2017 han aumentado las huelgas. En las manifestaciones sentimos también un nuevo calor. Citemos dos ejemplos: la manifestación unitaria del 28 de febrero en Sevilla y, sobre todo, las manifestaciones del 8 de marzo en todas las ciudades del país. Se sienten ganas de calle y voluntad de unidad para expresar el aumento del descontento social.

En el año del centenario de la Revolución Soviética, de todas las enseñanzas que podemos sacar de este hecho fundamental me gustaría destacar una: no podemos entender la revolución de 1917 sin el análisis leninista de la revolución de 1905. De la misma manera, aun salvando las distancias, necesitamos analizar el ciclo de movilización de 2010 a 2014 para iniciar un nuevo ciclo de movilización. Este análisis necesita un estudio más profundo del que podría darse en estas páginas, pero podemos realizar algunos apuntes.

En primer lugar, necesitamos unir las luchas económicas, políticas e ideológicas. Este puede ser, a mi juicio, el principal error que cometimos colectivamente en el ciclo de movilización anterior. En este momento esto se concreta en unir la lucha contra la precariedad a la lucha contra la corrupción. El hilo conductor es la denuncia de los privilegios de la oligarquía que ocupa el poder económico y político. En palabras de nuestra camarada Toni Morillas, el saqueo de lo común: del trabajo, de los servicios públicos, de todos los bienes comunes… Al fin y al cabo, el aumento de la explotación laboral y de la corrupción política, íntimamente unida a la privatización de lo público, no es más que el resultado de la intensificación de la acumulación capitalista.

En segundo lugar, unir a la clase trabajadora. La salida conservadora a la crisis ha detenido el aumento del paro pero a costa de una precarización creciente de las condiciones de trabajo. La crisis no afectó de igual manera a todos los segmentos de la fuerza de trabajo, pues se cebó especialmente en las personas jóvenes y temporales. De igual manera, la precariedad es un fenómeno transversal, pero que afecta de manera distinta a los distintos grupos de trabajadores y trabajadoras. De hecho, la precariedad, como instrumento de dominación y disciplina de la fuerza de trabajo, tiene la virtualidad de dividir y enfrentar a los trabajadores. La lucha económica y sindical de nuevo tipo no puede ser ajena a esta trampa que nos pone el sistema.

En tercer lugar, proponer una propuesta de transformación política profunda, de ruptura, que responda a la necesidad de realizar una revolución democrática en nuestro país. La corrupción no es un hecho aislado, es estructural al sistema político. Hay que hacer un esfuerzo pedagógico por unir la lucha por la república con la lucha por los derechos civiles y contra la represión, la lucha por la memoria democrática con la lucha contra la corrupción, etc. En el fondo nos encontramos con un sistema político basado en la defensa de los privilegios de la misma minoría que detenta el poder económico desde la Guerra Civil.

Y en cuarto lugar, poner en primer plano la lucha feminista. Hace unos días, en la Escuela de formación del PCA, nuestra camarada Selina Robles, nos recordaba que la revolución de 1917 fue una revolución que realizaron principalmente las mujeres, que trabajaban en las fábricas mientras los varones estaban en el frente. De tal manera, en estos momentos la precariedad tiene rostro de mujer, y en absoluto este es un hecho anecdótico. En los últimos años, la aceleración de los ataques contra los derechos de las mujeres y la radicalización del discurso machista, ha mostrado que la exacerbación del patriarcado es una de las patas fundamentales a la salida precaria a la crisis.

Publicado en el Nº 306 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2017

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