Angulo de refracción

Lectura y capitalismo

Constantino Bértolo 17/05/2017

Tengo para mi que en la narrativa, en la novela, se conjuran dos misterios: por qué el que cuenta cuenta lo que cuenta y por qué el que escucha, escucha o lee aquello que le están contando. Porque la narrativa es eso: el encuentro de dos duraciones, de dos tiempos: el tiempo del narrador y el tiempo del lector. Hablo aquí de entender la figura del narrador, esa voz de obligada aunque ficticia existencia, como un trabajador por cuenta ajena que cumple las tareas narrativas que le han sido encomendadas por la figura autorial correspondiente, que es quien dispone de la propiedad de los medios de producción que la escritura de una novela requiere: tiempo, vocabulario, técnica, voluntad, silencio, memoria literaria, imaginación, intención y sentido. A partir de esta hipótesis que sin duda responde a categorías propias de una muy imaginaria narratología marxista, diríase que el tal misterio -¿por qué el narrador narra lo que narra?- nada de misterioso tiene pues, como cualquier otro trabajador, el narrador trabaja para subsistir –si no narra no existe- y narra aquello que su empresario, autor o autora, decide o elige narrar.

La fuerza de trabajo que el narrador pone a disposición del autor que decida invertir sus recursos en la escritura reside en su capacidad para conseguir algo nada obvio: atención y crédito y esta capacidad escapa de la propia voluntad autorial en cuanto que descansa en la habilidad y competencia del narrador para usufructuar el tiempo del lector.

Escribo/ por no pegarme un tiro en la boca/ Y hasta escribir/ se ha vuelto a veces/ un tiro en la boca/. Antonio Orihuela.

Leer implica gastar tiempo, invertir el tiempo propio en el uso y consumo de una actividad ajena. La lectura conlleva ocupación de nuestro tiempo que es un bien perecedero y limitado que debemos gastar con miramiento y diligencia. Cuando leemos gastamos inevitablemente parte de nuestro tiempo. Pero ¿en qué gastamos realmente nuestro tiempo cuando leemos una novela? Pues en hacer nuestro el tiempo que el narrador produce, dispone y controla a través de su narrar.

La narración y la lectura son actividades que comportan comercio e intercambio de tiempo y, dado que el valor no deja de representar el tiempo social que la producción de las mercancías supone, parece conveniente no olvidar que, en última instancia, el narrador funciona como un intermediario entre el tiempo o valor que el lector paga y el valor que la figura autorial recibe. Sin embargo los lectores y lectoras tienden a creer que al satisfacer el precio de compra de la novela ya pagan el coste de producción de la mercancía novela sin darse cuenta de que, en realidad, es el tiempo que gastan durante su lectura el que dará ocasión para el salario simbólico que reciba el narrador y para la plusvalía simbólica, pero en última instancia real, que la figura autorial disfruta. Claro que detrás de todo ese intercambio de tiempos lo que realmente se esconde es la figura del editor y su avidez de renta. Ocurre así que el narrador lo que oferta es lectura mientras que el editor lo que nos vende es el libro. Es “el fetichismo de la mercancía” lo que hace que los lectores -y los autores y los críticos- confundan ambos universos. En apariencia, al leer leemos las novelas de tal o cual autor o autora pero en realidad lo que hacemos es consumir la mercancía libro puesta a la venta por tal o cual editorial.

Cuando la miseria está en las cabezas/ la vida se vuelve una tragicomedia/ donde todos los pobres piden vigilar y ser vigilados. A. Orihuela.

Tengo también para mí que en el capitalismo se produce un doble misterio: por qué una buena parte de los explotados no se sienten explotados y por qué una buena parte aun de aquellos que se sienten explotados no se sienten impelidos a acabar con la explotación. Ocurre me digo, que en el capitalismo, como Marx revela, el fetichismo de la mercancía oculta y distorsiona las relaciones entre el capital y el trabajo y por consiguiente entre el trabajador y el empresario. Por un lado, el trabajador no advierte que el valor de lo que produce está determinado por el tiempo socialmente necesario para producir lo que produce. Por otro, la apariencia de las cosas le lleva a pensar que es el capital el que crea el trabajo y no la viceversa. Una doble apariencia que no le deja ver ni, peor todavía, le deja ver que no ve. Se crea así una situación de doble alienación: la primera le enajena de si mismo, del poder pensar que su vida podría tener sentido sin que sea el capital el que dé sentido a su vida; la segunda, que se produce cuando la subsunción del trabajo por el capital se ha intensificado, le imposibilita la percepción de esa pérdida. Se hace así realmente difícil desear e imaginar una organización social alternativa. Mientras las apariencias les sigan “haciendo ver” que es el capital quien crea el trabajo, buena parte de los trabajadores tenderán a pensar que el valor de leer una novela es igual al precio del libro en el que las editoriales han embutido las palabras con las que el narrador la cuenta. Por eso el marxismo como crítica consiste en hacer ver lo que la apariencia no deja ver: las relaciones reales entre el trabajo, el precio, el valor y la plusvalía. Leer una novela es leer un texto pero también es consumir una mercancía. Trabajar es producir mercancías pero también y sobre todo es producir plusvalía.

Publicado en el Nº 306 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2017

En esta sección

Te leo porque estás vivoLos mercaderes de la memoria históricaLa legitimidad del 18 de julio: el cine y la guerraEl significado de las palabras y el mono adivino Juan RequesenVenezuela: La Constituyente Va y es el escudo protector contra el fascismo

Del autor/a

Autodeterminación (y II)Autodeterminación I. La obligación de decidirLectura y capitalismoEl Capital, la narración de la Nación ObreraLas otras revoluciones de 1917