Premio Cervantes

María Zambrano: el itinerario transparente

María Zambrano ha conseguido el Premio Cervantes por un jurado formado, entre otros, por Jorge Semprún, Rafael Lapesa y Montserrat Roig, que tuvo que elegir entre Rosa Chacel, Camilo José Cela y el novelista paraguayo exiliado en París, Roa Bastos, autor de «Hijo de hombre» y «Yo, el supremo».

El Premio Cervantes de este año tiene una doble significación. Por primera vez, es concedido a una mujer y a una obra que pertenece al ámbito de la filosofía.

María Zambrano aparece vinculada a ese grupo de mujeres (María Teresa León, Rosa Chacel, Margarita Xirgú, Concha Mendes, etc.) que son coetáneos de los poetas de de la generación del 27 y que como éstos abren nuevos caminos en el pensamiento, en el teatro y en la literatura. Este fenómeno no deja de ser insólito en la sociedad española de los años treinta.

Intensa biografía

María Zambrano nace en Vélez Málaga en el año 1904, dentro de una familia de tradición liberal. Cuando tiene 5 años, su padre se traslada a Segovia donde impartió clases en la Escuela Normal. Allí coincide con Antonio Machado, al que le unió una prolongada amistad.

Después estudiar el bachillerato y varios cursos de Filosofía se traslada a Madrid donde completó sus estudios en la Universidad Central. José Ortega y Gasset, García Morente y Xabier Zubiri fueron algunos de sus maestros.

En el año 1927, ingresa en la Federación Universitaria Española, asociación que es derogada por su activismo político. A partir de 1931, comienza su labor docente en la Universidad Central, el Instituto Escuela y en la Residencia para Jóvenes, instituciones vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza.

En esta época, comienza a colaborar en la “Revista de Occidente” y en “Cruz y Raya” que dirige José Bergamín.

Durante la Segunda República, colabora en las misiones pedagógicas, contribuyendo de este modo a una de las actividades educativas más interesantes de la época republicana.

El estallido de la guerra civil no le impide proseguir sus actividades intelectuales. Como tantos otros escritores, se pone al servicio de la causa republicana. Colabora en “El Mono Azul”, revista de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y en Hora de España. En el prólogo del nº XXIII, correspondiente a enero de 1939, que no se pudo distribuir, y publicado en el año 1973, en edición facsímil, evoca María Zambrano el ambiente de la redacción: “En la noche, alumbrados por la luz parpadeante de laguna vela, venía Arturo Serrano Plaja, cuando no estaba en el frente, Vicente Salas Vías y más de continuo José María Quiroz, y a diario Emilio Prados. Debíamos escuchar más intensamente el silencio que nuestras palabras. Y el silencio confería a las palabras calidad de lámparas que se enciende en lo oscuro al modo de luces votivas, de leve llama que se extingue y se reenciende en lo más recóndito de lo oscuro. Como en una tumba abierta en las entrañas de la tierra, y en las del cielo al par, Y en algo se sentía que éramos al modo de una hermandad”.

El infierno fascista

Además de colaborar en las dos revistas citadas, María Zambrano en plena guerra civil publica en Santiago de Chile “Los intelectuales en el drama de España”. Esta obra está constituida por una serie de trabajos en los que la reflexión honda y doliente contrasta con el tono épico de las publicaciones de entonces… Pocos han sabido calar en la irracionalidad del fascismo y explicarla con tanto odio y tanta lucidez. La inteligencia, afirma María Zambrano, en el infierno fascista “delira, y delirando, en el ápice del resentimiento desesperado, se niega; el intelectual fascista se pisotea así mismo al ponerse a los pies de la violencia, al renuncia “sine die” a toda especie de razón”.

Frente a esta barbarie, María Zambrano fija y define los límites del comportamiento del intelectual. En “Carta al doctor Marañon” recuerda que hay dos tipos de intelectuales: los que luchan en las trincheras por la causa de los pueblos y los que, como él, permanecen en silencio o en la más cómplice neutralidad frente al hecho histórico sin precedente en la historia de la humanidad: “de que un grupo de ciudadanos de un país se ponga en connivencia con otros países, con la codicia y la ambición de otros países, para que invadan el propio con tal de tomar el poder”. Al mismo tiempo comenta la reacción del pueblo en los primeros días del golpe fascista: El pueblo lo supo cuando sin armas, se lanzó a tomar el cuarte de la Montaña… Los comunistas gritaban por su periódico, Mundo Obrero; ¡Viva España! El pueblo luchaba de nuevo por su independencia, mientras los señoritos, como en la invasión napoleónica, ayudaban al invasor”.

En enero de 1939, como otros miles de españoles, inicia un exilio que termina en 1984. María Zambrano también dejará constancia de este extrañamiento: “Tal nos parece, por instantes, que hayamos sido lanzados de España para que seamos su conciencia; para desnudos por el mundo hayamos de ir respondiendo de ella por ello, y fuera de su realidad, seamos simplemente españoles, españoles sin España”.

Pero la mayor aportación a la cultura española y su mejor testimonio es su obra, entre las que destacan títulos como Filosofía y Poesía, 1939; Pensamientos y poesía en la vida española, 1939; El Pensamiento vivo en Séneca, 1944, o Claros del bosque, 1960.

Una obra en la que su pensamiento se derrama en transparentes metáforas que anhelan y descifran “misterios” y no “problemas” desde un pertinaz concepto de la filosofía que concibe “como la transformación de lo sagrado en lo divino”. Una última tentativa de explicar la crisis del hombre contemporáneo desde instituciones poéticas unívocas.

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