Aquel mismo 1 de enero los zapatistas, tras ocupar cuatro aldeas, hicieron pública su declaración de guerra, donde expusieron las reivindicaciones que justificaban su lucha armada: trabajo, tierra, vivienda, alimentación, salud, educación, democracia, justicia para todos los mexicanos. Ante las movilizaciones de solidaridad protagonizadas por miles de personas dentro y fuera de México, el 12 de enero el presidente Carlos Salinas de Gortari tuvo que ordenar al ejército que cesara los ataques contra los zapatistas. Se inició así un periodo de negociaciones interrumpido en reiteradas ocasiones y caracterizado por los incumplimientos de los sucesivos inquilinos de Los Pinos: Ernesto Zedillo y el actual presidente, Vicente Fox. De manera paralela, los gobernantes del PRI y ahora los del PAN han desplegado una estrategia de acoso y violencia contra los indígenas y el EZLN denunciada por organizaciones como Amnistía Internacional.

De los casi 100 millones de mexicanos, 70 son pobres. No obstante, aquel país, administrado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) desde 1929 y desde hace tres años por el conservador PAN, es el cuarto del mundo con mayor número de millonarios. Con la excepción notable de la presidencia de Lázaro Cárdenas (1936-1942) su sistema político se ha caracterizado por el populismo, la corrupción, la represión y el autoritarismo; precisamente la irrupción del EZLN aceleró el proceso de descomposición del priísmo, que tuvo que ceder la primera magistratura de la nación en las elecciones del verano de 2000, aunque a un partido aún más reaccionario.

La realidad de Chiapas, como la del resto de América Latina, es lacerante porque, a pesar de sus abundantes riquezas naturales (petróleo, gas natural, café, maíz, madera, miel, energía hidroeléctrica…), la mitad de sus tres millones y medio de habitantes carece de agua potable y atención sanitaria y sufre desnutrición. Según la UNICEF, en este estado mexicano mueren cada año 185.000 niños por una precaria alimentación; además, el 72% de los niños no finalizan la enseñanza primaria.

«El atraso de Chiapas se debe ante todo a la concentración de tierras en manos de pocas personas, terratenientes, latifundistas, ganaderos, que respetan una sola ley, la de ellos. Es el reclamo de tierras, la represión, el hambre, lo que genera un momento en el que se dice ya basta», aseguró en 1995 Samuel Ruiz, entonces obispo de San Cristóbal de las Casas. A su juicio, los zapatistas han propiciado que se expongan a escala nacional «planteamientos y reformas que no se habían hecho anteriormente». Incluso el presidente Ernesto Zedillo reconoció de manera cínica: «Tenemos plena conciencia de las condiciones de profunda injusticia, miseria y abandono que provocaron el malestar y desataron la violencia».

Acuerdo de 1996

Según Amnistía Internacional, tras la insurrección de enero de 1994 el ejército cometió numerosas violaciones de los derechos humanos: ejecuciones, desapariciones, palizas y torturas generalizadas, detenciones arbitrarias… En cambio, los distintos gobiernos mexicanos no han podido responsabilizar de ningún crimen a los zapatistas, pese a que éstos están armados, pues su estrategia es la resistencia civil de las comunidades.

A finales de 1994 empezaron las negociaciones entre el EZLN y el Gobierno con la mediación de Samuel Ruiz y en febrero de 1996 se firmaron los acuerdos de Derecho y Cultura indígena, por los que Zedillo se comprometió a reconocer la identidad de estos pueblos en la Constitución, ampliar su participación política, garantizar su acceso pleno a la justicia y a la educación… También se planteó la necesidad de un nuevo marco jurídico que garantizara sus derechos políticos, jurisdiccionales, sociales, económicos y culturales. No obstante, debido al incumplimiento de estos acuerdos, en septiembre de 1996 el EZLN decidió suspender su participación en las negociaciones.

A partir de entonces se intensificó la represión contra el zapatismo, alimentada además por Washington, como condición necesaria para ayudar a paliar los graves efectos de una crisis financiera, «el tequilazo», que situó a México al borde de la bancarrota. La denominada «guerra de baja intensidad», desplegada por el ejército y los paramilitares, arrinconó a los guerrilleros en una zona de la selva Lacandona (su «territorio en rebeldía contra el neoliberalismo»), causó la muerte o la desaparición de centenares de indígenas, el desplazamiento de 20.000 campesinos de sus comunidades, el encarcelamiento de decenas de dirigentes populares, la destrucción y el robo de casas y ganado y el aumento de la mortalidad infantil, el hambre y la miseria. El 22 de diciembre de 1997 varios grupos paramilitares vinculados al PRI asesinaron en Acteal a 45 indígenas tzotziles simpatizantes del EZLN, 15 de ellos niños, mientras rezaban de rodillas; tras ser asesinados, sus cuerpos fueron mutilados con machetes.

Solidaridad de miles de mexicanos

Desde el primer día los zapatistas obtuvieron la solidaridad de miles de personas en México y en todo el mundo. En 1996 se desplazaron a Chiapas cinco mil personas de 42 países para participar en el Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo, organizado por el EZLN. Además, numerosos observadores extranjeros han certificado en distintas ocasiones los crímenes cometidos por el ejército y los paramilitares.

En la sociedad mexicana las demandas zapatistas encuentran un apoyo muy importante, como lo demostró el voto favorable de más de dos millones de ciudadanos en la Consulta Nacional sobre el Reconocimiento de los Derechos de los Pueblos Indios y el Fin de la Guerra de Exterminio que el EZLN organizó a principios de 1999. Y dos años después miles y miles de mexicanos les acompañaron durante los tres mil kilómetros de marcha hasta la capital federal y repletaron el Zócalo para escuchar la voz de quienes hablan por cinco siglos de humillación, olvido y silencio.

Como aseguró Eduardo Galeano, «este no es un movimiento enamorado de la muerte, ni siente el menor placer en disparar tiros y ni siquiera consignas, y tampoco se propone tomar el poder. Viene de lo más lejos del tiempo y de lo más hondo de la tierra: tiene mucho que denunciar, pero también mucho que celebrar. Al fin y al cabo, cinco siglos de horror no han sido capaces de exterminar a las comunidades, ni su milenaria manera de trabajar y vivir en solidaridad humana y en comunión con la naturaleza».