En plena apoteosis del Cuarto Centenario de la aparición de la primera parte del Quijote, el recuerdo del Lazarillo de Tormes es necesario. En este relato, que inaugura la novela picaresca, alcanza el realismo su razón de ser en medio de un ambiente en el que la literatura idealista e irreal se imponía como discurso hegemónico.

En esta novela el antihéroe sustituye al héroe caballeresco, noble, etc. Su protagonista, aquí, personaje y narrador al mismo tiempo, nos contará su “vida insignificante que se cuenta a sí misma.” Esta irrupción del retrato de una vida por un personaje orillado alcanza en la actualidad la categoría de lo clásico. Nos encontramos con una novela cuyos valores trascienden su propia época para iluminar la nuestra.

Muchos historiadores como Américo Castro, Stephen Gilman, Alexander A. Parker, Francisco Rico, Julio Rodríguez-Puértolas, entre otros, han investigado y estudiado la complejidad de este relato que puede aparentemente considerarse sólo como un libro de simpáticas aventuras. Este criterio que sobreabundó en determinados ambientes escolares y que sustraía su alcance, no sólo literario, sino también histórico ha tenido también sus cómplices. Por ejemplo, lastimosamente esta trivialización pretende desideologizar la novela y nos sorprende que una autoridad histórica tan reconocida como Marcel Bataillon contribuyera a que se leyera el Lazarillo como un libro infantil. Este historiador afirma que el Lazarillo es un libro para hacer reír, un libro de burlas, porque incorpora una literatura jocosa preexistente.

Sin embargo, estudios como los de Julio Rodríguez-Puértolas nos dan una visión totalmente diferente. Para el autor de Literatura, Historia, Alienación, el Lazarillo es la crónica real de todo un sistema – el del Imperio español del siglo XVI – y “una defensa de la dignidad del hombre, un análisis de la ya petrificada mitología castiza, un planteamiento del conflicto entre individuo y mundo exterior” además de “un punto de vista materialista y pesimista de las relaciones y de la vida humana.”

La historia de Lázaro de Tormes es bien conocida. Nacido en Salamanca, a orillas del Tormes, su madre viuda lo confía – su padre condenado a galeras había muerto – a un ciego. Después de muchas y variadas vicisitudes conoce y sirve a otros amos. Pero lo importante es que es el propio protagonista quien cuenta su trayectoria vital y desenlace a un “Vuestra Merced” en un prólogo tan inquietante como equívoco donde podemos leer: “ Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, pareciome no tomalle por el medio sino del principio porque se tenga entera noticia de mi persona, porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contrario con fuerza y maña remando salieron a buen puerto”.

Este “buen puerto” es su caso: Lázaro consigue el cargo de pregonero en Toledo gracias al Arcipreste de la iglesia de San Salvador, con cuya amante se casa. El precio, pues, es ser marido consentido. Pero este desenlace se ha producido a través de un proceso en la conciencia de Lázaro que, consciente de la realidad en los tres primeros Tratados (capítulos), poco a poco comienza a “arrimarse a los buenos”.

El hecho concreto de cambiar de imagen en un momento determinado comprándose un jubón de fustán viejo, un sayo raído, una capa y una espada estamos ya ante una determinación concreta: Lázaro ha aprendido la lección, la lección de la supervivencia sin importarle los medios para tal fin.

El Lazarillo, como se ha afirmado es la historia de una educación corruptora y la historia de una corrupción. Y la pregunta que nos asalta es la siguiente ¿Quién corrompe a quién?

En los años del felipismo, se estrenó en el Festival de Almagro una versión teatral del Lazarillo en forma de monólogo que terminaba con la frase “Ya tengo el carnet”. Desde nuestra perspectiva, ya sabemos lo que significa esta expresión, pero lo triste es que las prácticas perversas y delictivas, y no hablemos de la mentira, se fueron instalando en el ámbito de la política: Nuevos “lazarillos” nacían y se desarrollaban. Ahora el “puerto” a donde llegar, por ejemplo, es ser presidente de una Fundación o Coordinador General.

Lamentablemente Lázaro de Tormes sigue vivo.