1.- Adoptar un sistema socioeconómico u otro representa adoptar una filosofía, ideología y cultura.
-No es lo mismo la del mercado y sus exigencias que la de la planificación democrática, según necesidades y posibilidades.
-El mercado se fundamenta en el beneficio privado, la planificación democrática en el beneficio social. Un mercado controlado y dirigido por los grandes grupos, que ahora se desquicia hasta en sus propias políticas.
-El mercado no analiza, produce y sirve desde un principio de igualdad, justicia social y equilibrio ecológico, sino en función de la rentabilidad económica de un producto o servicio, sean éstos imprescindibles o necesarios para la gente o, simplemente, productos o servicios, debidamente publicitados, para ganar dinero lo más rápido y fácil posible.
2.- Se dice por los defensores y apologistas del mercado sin «trabas» (leyes, según dicen estos burocráticos que dificultan o impiden la libertad de mercado) que éste es eficiente y rentable y que lo público (empresas y, desde hace tiempo, servicios) es ineficiente y deficitario.
-Tienen un montón de literatura y propaganda para demostrar eso. Lo que ocurre en la práctica es que ineficiencias las ha habido y hay en la empresa pública y privada. Por ejemplo, la empresa privada, cuando por su ineficiencia propia o por la crisis general, tiene pérdidas, o menos beneficios, recurre al dinero del Estado de los contribuyentes, para enjuagar las «pérdidas». Pero cuando hay beneficios no aporta más al estado para que éste pueda cumplir con sus compromisos u obligaciones sociales, sino que se queda los beneficios, incluso si éstos son extraordinarios. Privatizan el beneficio, socializan las pérdidas. Lo privado desarrolla el individualismo, lo público el sentido colectivo democrático. Consiguen, pues, dos objetivos: engordar los beneficios y cargar la crisis a las espaldas de la clase trabajadora y dividirla y fragmentarla para evitar su sentido colectivo democrático.
3.- Esta crisis estaba anunciada, en el mundo y aquí. No hay economía saneada, fundamentada en el valor real de productos y servicios que resista el actual mercadeo y compincheo de intereses, la especulación sobre casi todo, la privatización de las principales fuentes de riqueza, la diferencia entre el valor real y el financiero de las cosas, el adelgazamiento de las leyes de carácter público a favor de la «liberalización» favorable al mercado, un mercado cautivo de los grandes intereses. En España, la década prodigiosa era un edificio sin cimientos. Ni la especulación, ni el ladrillo podían dar dividendos tan suculentos sin debilitar el conjunto de la economía. Se ha debilitado todo: industria, investigación, educación, sistemas de servicios públicos, intercambio comercial.
Y, qué hacer? ¿sólo criticar y decir que ya lo decíamos? No es este el camino, pero tampoco aceptar que no hay, y sobre todo, que no tenemos alternativas. Lo que pasa que éstas deben tratarse de forma colectiva entre las organizaciones e instituciones. Es el momento de poner encima de la mesa, sin complejos, alternativas en todo: qué se produce, dónde se produce, cómo se produce, educación para el conocimiento y la responsabilidad, salud como elemento de seguridad, vivienda como base de orientación de la energía propia hacia la sociedad, equilibrio territorial, con producción, servicios y transportes que lo sustenten, energía para todo tipo de casos que sea la más eficaz, la menos contaminante y la más barata. Y como elemento central el principio de planificación democrática de necesidades y posibilidades reales a nivel de la microeconomía, de las economías de escala a nivel español y europeo y de las mundiales.
Combatir la globalización capitalista neoliberal con la cooperación productiva, científica y técnica internacionalista. Defender con propuestas concretas, fruto de un análisis profundo y autocrítico de lo que se ha desarrollado sin tener en cuenta ni el desarrollo social armónico ni el medio terrestre, otro tipo de desarrollo que sea justo socialmente y equilibrado ecológicamente. Las grandes corporaciones en cada país y a nivel internacional, todas ellas de carácter privado, deben convertirse gradualmente en corporaciones y multinacionales públicas enfocadas al bien común y no a la competencia feroz. Los estados y las grandes instituciones (NNUU, MERCOSUR, UE…) deben ser los instrumentos necesarios para resituar, o situar el papel de la economía.
Se acabó el producir lo que me da la gana, dónde me dé la gana y cómo me dé la gana. El problema de fondo es qué producir, cómo producir, dónde producir. Y luego distribuir y redistribuir de forma justa, teniendo en cuenta los derechos e intereses, legítimos de todos.
Esto se llama planificación democrática, antesala de la democracia real y del socialismo.
Todo esto exige una nueva relación de fuerzas entre capital y trabajo, en cada país, en la UE, en el mundo. Es una larga marcha pero todas las largas marchas tiene un inicio. El movimiento obrero y la izquierda revolucionaria o transformadora tienen experiencia. Es necesario activarla.
* Secretario General del PCE






