Enternecedor. Los amiguitos de Siria han decidido apoyar con armas al denominado Consejo Supremo Militar rebelde para conseguir la paz en el país. Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Turquía, Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Arabes Unidos, Egipto y Jordania son tan bondadosos y delicados que suministrarán misiles antitanque y tierra-aire para evitar matanzas y perseguir la democracia. Parece una versión “gore” de Pocoyó y sus colegas.
En 1936, los amiguitos de España también decidieron apoyar con armas el restablecimiento de la paz y el orden. Hitler y Mussolini enviaron tropas de buena fe y juguetitos como los aviones de la Legión Cóndor que arrasaron ciudades tan emblemáticas como Guernika. Curiosamente, setenta y siete años después Alemania e Italia también se encuentran entre los benefactores sirios.
Eso sí, para que nadie piense mal, tras la reunión mantenida en Doha han dejado bien claro que evitarán entregar armas a los yihadistas vinculados a Al Qaeda. Hay que reconocer que los montajes fascistas de los yanquis tienen una mezcla sádica de guiones de los Monty Python y Gila. ¿Cómo diferenciar rebeldes con buen corazón de fundamentalistas y extremistas? Imaginemos, en un punto cualquiera de Siria, un economato de armamento con un bonito letrero luminoso: “Amigos de Siria. Proyectiles variados, misiles, minas… tenemos todo lo que precisa en artículos de guerra para conseguir su democracia. Experiencia acreditada en exterminios, masacres y terrorismo de Estado. Abstenerse yihadistas”.
Una cola de candorosos rebeldes esperan turno para ser atendidos por amables y adorables tenderos de la CIA, el Mosad y el MI6.
— Buenos días, amiguitos. Desearía un misil muy gordo, un HK-416 y mucha munición, que tengo que matar mucho esta semana. Ah, y ponedme unos quilitos de C4 para bombas-lapa, que los terroristas de Al Asad están por todas partes.
— Marchando. ¿A qué organización rebelde lo apuntamos?
— Al Quaeda, por favor.
— ¡Ah, no! ¡A Al Qaeda, no! ¡Al Qaeda, disidentes!, dice el dependiente del Mosad.
— ¡Eso, eso, Al Qaeda disidentes!, confirma el tendero del MI6.
— ¡Pero si Al Qaeda somos nosotros…!, replica extrañado el miembro de la CIA.
En realidad, qué le importan al gobierno de EE.UU. las matanzas en Siria, Iraq, Afganistán o Libia, cuando sencillos estudiantes norteamericanos son capaces de sembrar el terror en su propio país armados hasta los dientes: 27 muertos en Newtown (Connecticut), entre ellos 18 niños; 12 personas asesinadas en Denver (Colorado) durante el estreno de la última película de Batman; 33 muertos en la Universidad de Virginia Tech en 2007 o la tristemente famosa matanza de Columbine, con 15 fallecidos, por citar algunos ejemplos bien conocidos. En EE.UU se producen diariamente 87 muertes por armas de fuego, cada 25,3 segundos se produce un crimen violento y un veterano de guerra se suicida cada 65 minutos. Con este panorama, habría que crear una plataforma reivindicativa por la paz y la democracia en USA e ir pensando en una zona de exclusión aérea.
De los otros países amiguitos de Siria, qué contar. No tienen problema en entregar armas a grupos terroristas saltándose el derecho internacional porque para ellos ni siquiera existe el derecho interno. Los derechos y libertades en los once países citados brillan por su ausencia, y las manifestaciones de protesta son reprimidas con tal violencia que nuestras retinas ya están familiarizadas con las imágenes de cargas policiales salvajes, a pesar de la información limitada y manipulada. Mención especial merecen las democracias medievales de Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Arabes Unidos. Familias reales patrocinadoras del terrorismo, anacrónicas, fanáticas y represoras cuyo mayor mérito histórico ha sido hacer agujeros y extraer aceite negro del suelo. Eso sí, como ellos no han trabajado en su vida ni tienen pensado hacerlo, su población está formada por un 80% de migrantes explotados y las plusvalías son tan magníficas que están comprando medio mundo, incluyendo guerras por encargo. Por eso impiden la participación de las mujeres (aunque no puedan evitar que pensemos), los partidos y las elecciones. Como en Qatar, el patrocinador de equipos de fútbol a donde todos los empresarios sueñan con viajar, y donde las jornadas laborales son de sol a sol por 200 euros, los sindicatos y las huelgas están prohibidos, y se aplica una idea tan estupenda como la «kafala», envidia de Rosell, el boss de la mafia CEOE: cada trabajador extranjero vincula su residencia legal a su patrón, con lo cual para cambiar de trabajo o abandonar el país depende del permiso del explotador. Es el modelo que los amiguitos desearían imponer en todo el mundo.
— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?







