Charletas de verano: emociones de androides

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Ay Derecha! Tengo una suegra que parece una epsylon del Mundo Feliz de Huxley. La incauta se deja toda la noche la radio encendida, pegadita al cabecero de su cama y va recibiendo, en un duerme-vela hipnopédico, una carga de supuesta información que, al día siguiente, quiere compartir con el resto de la familia. Siempre empieza la propuesta comunicativa con una frase que nos estremece: ¿Sabéis lo que ha pasado?

Cuando estoy fino de reflejos le respondo inmediatamente con un “no sé lo que te han contado”, tratando de resituar el punto de partida de la asamblea familiar informativa que se avecina. Empeño inútil, por mi parte, porque ella no se recoloca: ha perdido la Razón en beneficio de la Emoción y le importa más el impacto sentimental de una noticia, de un comentario, que el grado de credibilidad de una opinión. Le importa más el decorado que el fondo de lo que se está representando y se siente feliz de compararse igualitariamente con los personajes de ficción que los medios nos presentan en papeles “alfa” como si todos fuéramos (ellos sobre todo) “epsylons” de andar por casa en pantuflas.

Pero los “epsylons” tenemos nuestras exigencias, no creas: la esposa de aquel político, que intenta ejecutar con manifiesta inexperiencia una genuflexión majestuosa ante una real abdicación, es tachada de “paleta”, lo que supone que nosotros administramos el secreto de la elegancia y la distinción. No te digo nada sobre el análisis de discursos o declaraciones, que va ligado al viejo concepto de que la cara es el espejo del alma y ya puedes decir lo que quieras que siempre será más importante el cómo lo dices que reflexionar sobre lo que se está diciendo y sus circunstancias.

Aunque lo más notorio de su proceso mental consiste en suponer que los “alfa” viven y actúan en los mismos parámetros psicosociales que los “epsylons”, pero con más méritos quizás porque, estando en el candelero, viven y sienten y padecen como palmatorias.

En vano le hablo del Gran Teatro del Mundo, en vano de Guy Debord y el situacionismo. Ella cree que la representación es la realidad y que el espectador forma parte de la obra porque asiste a la función. También tiene guasa que no le gusten todas las manifestaciones del público. Cuando hay pitos, aunque intuya o declare convencida que hay motivos para la protesta sonora, siempre rebaja la trascendencia del gesto pensando que los que protestan desde el público terminarían haciéndolo tan mal como los que ocupan el escenario.

Total, que un día me harté de tanta ponencia de corrala y decidí contraatacar su afición por la telenovela con un drama de anticipación futurista: le imprimí varios artículos sobre el Tratado de Libre Comercio UE-EE.UU que –dicho así, de un tirón- parece un grito fantasmal después de tres mentiras y le advertí que nada de lo que hiciera Felipe VI, o La Roja, el bipartidismo o la convergencia de los movimientos sociales podía compararse en “pathos” con lo que nos va a pasar cuando el imperialismo yanqui nos convierta en colonia sub-africana, sub-sahariana o sub-normal, eso sí, en el marco europeo del que formamos parte como fleco exterior del IV Reich.

No hace falta que te leas interpretaciones apocalípticas sobre conspiraciones mundiales de clubes de riquísimos –le dije-. Lo que se va conociendo de las negociaciones (secretísimas, opacas) del Tratado parece un anexo de aquel escandaloso Manual que corrió por la Red bajo el título de “Armas Silenciosas Para Guerras Secretas”.

Ella me miró con cara de Joanna Cassidy en el papel de Zhora, y, en este momento, aunque no la veo con capacidad para dar volteretas y pillarme como el negociador norteamericano tiene pillado al europeo, no estoy seguro de que mi suegra no sea una “replicante” fruto de algún laboratorio cuya sofisticación no necesita de productos acabados sino de intenciones malignas. ¿Quién sostiene que los “epsilons”, por ser los de abajo, son los buenos de la película? A lo peor, si no dan muestra de lo contrario, son cómplices camuflados de nuestros amos y señores.

¡Androides del mundo virtual! ¡Dejad de soñar con ovejas eléctricas y leeros el Tratado de Libre Comercio! ¿Podréis adivinar vuestro futuro?

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