Las tarjetas opacas, el Ébola y la consulta catalana

Las tarjetas opacas son un virus que se propaga como el ébola, también por contacto con secreciones contaminadas. Un virus maligno contagiado a algunos crápulas de IU por el contacto con el neoliberalismo.

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¿Qué relación guardan el virus ébola, las tarjetas opacas de Caja Madrid y la consulta catalana? En principio, que los tres nos ponen de muy mala hostia, aunque también tengan su parte buena, porque han contribuido a animar este desabrido y tedioso inicio de otoño caracterizado por la paz social.

En primer lugar, el esfuerzo denodado del gobierno español por convertirse en referente mundial de la ineptitud se ha visto recompensado con el primer caso de ébola en Europa. Se ha escrito mucho sobre el evidente cúmulo de despropósitos cometido por el Ejecutivo y no es necesario repetirlos. Lo lamentable es que una abnegada trabajadora de la sanidad pública haya tenido que padecer sus consecuencias. Teresa Romero posee tres heroicas cualidades que le hacen digna de protagonizar una novela cervantina, porque ser mujer, trabajadora y sanitaria en este país supone enfrentarse todos los días a enormes molinos de viento. Por eso ha sufrido los ataques rastreros de quienes privatizan la sanidad, cercenan día a día los derechos de los trabajadores y pretenden relegar a la mujer a un papel de simple instrumento reproductivo. A la ministra de Sanidad y a todos aquellas sabandijas que atacaron a la enfermera habría que restregarles la lengua con papel de lija bien empapado con sus heces.

Con el ébola, el españolito de a pie ha caído presa del pánico, que es uno de los mejores recursos para amansar fieras. Antes lo había hecho con las vacas locas, la gripe aviar o el efecto 2000 en los ordenadores (otra especie que también sufre virus periódicos). Desde luego, la peligrosidad del ébola y el temor razonable que despierta su posible contagio son indiscutibles, pero hace años que el virus fue detectado y nadie se preocupó de proveer los medios necesarios para combatirlo porque sus víctimas eran africanas. “Deseo de todo corazón que a cada niño que muera en África se le dé el eco que se le dio a Excálibur”, comentó el marido de la enfermera contagiada. Ahora sí. Ahora el virus que no removía las conciencias remueve el estómago, y entonces se preparan vacunas. Aunque la preocupación real del gobierno sea otra: “Confío en que a la larga el caso del ébola no dañará la Marca España”, afirmó José Manuel García-Margallo, Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación.

“Confío en que a la larga el caso de las tarjetas no dañará la Marca Izquierda Unida”, podrán pensar también algunos dirigentes de esta organización. Pero el caso de los ¿consejeros? que con sus tarjetas opacas ocultaron a la Hacienda pública 15,5 millones de euros en gastos variopintos, superfluos, indecentes y delictivos mientras se hundía la caja de ahorro a la que decían representar ya no tiene retorno. Es, curiosamente, la misma cantidad de euros que alcanzó a tener en patrimonio la SICAV Finanzas Querqus, propiedad de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, la comunidad religiosa a la que pertenecían los misioneros repatriados y fallecidos en el hospital Carlos III de Madrid por el bacilo de origen africano.

Las tarjetas opacas son un virus que se propaga como el ébola, también por contacto con secreciones contaminadas. Un virus maligno contagiado a algunos crápulas de IU por el contacto con el neoliberalismo. Y como en el caso del bacilo, el problema surge en el pasado, no cuando trasciende a la opinión pública. Lo peor es que pagará el mochuelo toda IU, incluyendo los miles de militantes y dirigentes que hacen política día a día con la simple satisfacción de su compromiso social.

Para completar el sarao de octubre, las organizaciones políticas catalanas que habían acordado concebir el referéndum sobre la independencia se han quedado pasmadas cuando Artur Mas decidió aplicar la marcha atrás en la consulta. Poco después del anunció sacó de la manga una consulta alternativa sobre la independencia de cataluña que ni tan siquiera requiere registrarse en un censo. Es decir, ha pasado de la concepción planificada a la marcha atrás, y de la marcha atrás a una especie de método Ogino del plan independentista.

Dentro de este grotesco espectáculo circense, sería perfectamente creíble que Artur Mas hubiese justificado la suspensión de la consulta catalana por el temor al virus del ébola y su transmisión a través del contacto con las urnas. O que los consejeros de IU en Caja Madrid sean impostores que se retrataban con la jet set de la banca y los negocios para colgar las fotos en su facebook, como el retoño estafador del PP que finalmente fue detenido por la policía. Nada resulta ya imposible en esté plató felliniano que es el Reino de España.

— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

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