El puto jefe puede estar en cualquier lado, como el poder entre los pucheros, que decía Teresa de Ahumada. No solo en su despacho, tras el tablero de una amplia mesa, sino que incluso puede intentar infiltrarse entre los trabajadores, en sus microclimas laborales y privados. Incluso cualquiera puede ser el puto jefe si, por acción u omisión, reproduce los esquemas de la dominación. Es el puto jefe en forma de persona o de ideología dominante, que funciona como una segunda piel, como una cultura que creemos poseer pero que nos posee. Como una relación imaginaria con la realidad en la que lo que más nos une, aquello con lo que nos sentimos más identificados, es lo que más nos domina, y nos lleva a una “normalidad” que marca de manera “natural” nuestros comportamientos, como agentes de la paz social y de la explotación.
Isaac Rosa acaba de publicar en La Marea una recopilación de cuentos por encargo. Un encargo que le ha marcado calendario y dimensión pero que, para nada, ha forzado su libertad de “artista” del texto, de trabajador de la literatura, como nos dice en el prólogo.
Estamos ante un escritor que reúne todos los requisitos de la gran literatura; o concretando: de una gran literatura crítica y antidominante. Como dijo Kafka, la literatura es un reloj que adelanta, tal como nos demostró La metamorfosis, anunciándonos que el capital posmoderno intentaría convertirnos en enormes insectos aislados, abandonados incluso por el cariño familiar. A la vez, la literatura, como gran mentira que dice la verdad, deja ver siempre la estructura social de las relaciones humanas (el poder no es una cosa, es una relación), a pesar del propio escritor, lo sepa este o no lo sepa (que no es el caso de Isaac), tal como dijo Marx refiriéndose a Balzac, en el que había aprendido más economía que en todos los técnicos de la época. Isaac lo sabe, y sabe que esa realidad, como gran escuela de la resignación y el olvido, es el gran tema del realismo.
Quizás algunos críticos o historiadores puedan considerar que Isaac Rosa es un escritor realista, que pasa un espejo sobre un camino. Lo que ocurre es que cuando los personajes de los cuentos de El puto jefe se miran al espejo, aparece la mano invisible del mercado, esa mano que nos está inflando a hostias desde hace tiempo. Es decir, el reflejo de la literatura de Rosa está intervenido, a través de un efecto de distanciamiento (distinto al de Brecht, o al esperpento de Valle) que se basa en una intensa ironía, esa ironía que despeja la “normalidad” de nuestras vidas como un efecto de la gran estrategia de dominación del capital.
Voy a ponerme algo excesivo: no me hubiera extrañado encontrar entre los cuentos publicados por Rosa La Metamorfosis de Kafka: es esa maestría a la hora de mostrar lo normal, a través de un efecto de extrañamiento, como la forma de dominación diaria del antiguo dominio. Hay que leer a Rosa, después hablamos.







