Brote de movilizaciones esta primavera de 2017

De “quemar papeleras” al “esto es lo que hay”

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Hace poco escuché decir a alguien en la calle (no recuerdo exactamente a quien) que hemos pasado de “querer quemar papeleras a decir esto es lo que hay”. De la indignación y la rabia a la derrota. Para mí, esta es una de las frases que mejor sintetiza la coyuntura actual en la cual nos encontramos en nuestro país.

Ahora que se ha cumplido el sexto aniversario del 15M, uno de los momentos de la historia reciente de nuestro país de mayor politización colectiva de la sociedad española, es necesario estudiar el momento en el cual nos encontramos y del cual venimos, para saber los posibles caminos.

Partimos del 15M, ya que supuso el principio del ciclo (y más intenso) de esta última etapa de movilizaciones sociales, para analizar la coyuntura actual. El 15M significó el despertar de esa mal llamada clase media española, que no es más que la autoconcepción que tiene un estrato de la clase obrera de sí misma, una construcción social del establishment. La clase media no existe, se dice desde amplias corrientes de pensamiento de la izquierda transformadora. Y es cierto, pero ese concepto creado por el capitalismo, ha calado de lleno en las sociedades occidentales, por ello no podemos obviarlo. En cuestiones de clase, es una construcción que nace de contradicciones subjetivas, no objetivas. Por tanto, una construcción idealista, no materialista. Pero a lo que vamos, el momento 15M significó la indignación, y su expresión en las calles, de ese estrato de la clase obrera que tenía una cierta seguridad material, que tenía un trabajo más o menos estable como para poder pagar una hipoteca o un alquiler para tener un techo, para tener un coche y para irse al menos una vez al año de vacaciones, y de todos esos hijos e hijas de esa “clase media”, que veían cómo iban a vivir peor que sus padres. El 15M supuso, por tanto, una respuesta ante la aceleración y sistematización de la precarización en los puestos de trabajo de esa mal llamada clase media, ante sus desahucios, el drama del paro, los recortes en la sanidad y en educación, y también una respuesta ante un elemento que tiene unas connotaciones muy especiales en España, y que guarda una relación directa con todos estos problemas: La corrupción. Se podría resumir en que fue una respuesta ante la desposesión que estaban sufriendo millones de personas en este país, y que reclamaba en positivo una democracia real, una democracia participativa, frente a la democracia representativa del régimen del 78.

Otra de las características a resaltar por el 15M es la ocupación del espacio público a través de acampadas, asambleas, movilizaciones, actividades culturales y lúdicas, etc., donde miles de personas tomaban por primera vez contacto con otras personas anónimas con sus mismas preocupaciones y problemas, creando así un espacio comunitario de lucha. Miles de personas encontraban por primera vez un espacio de politización, que la democracia representativa les había negado.

Todo este clima de movilizaciones y de concienciación como respuesta ante lo que estaba ocurriendo iba acumulándose, materializándose en espacios superadores del 15M, sustituyendo las acampadas en las plazas, en la mayoría de los casos, por asambleas de vivienda, como las PAHs, las RSPs, los Campamentos de la Dignidad, etc., que conseguían llevar la lucha al conflicto que se produce día a día en las periferias, no sólo de las ciudades, sino en las periferias del estado español también. El punto álgido sin duda de toda esta acumulación de poder popular y concienciación, expresado en movilizaciones, fue sin duda las primeras Marchas de la Dignidad de 2014, dónde según los organizadores, casi dos millones de personas llegadas de todos los puntos del estado, se manifestaron en Madrid contra los recortes, en lo que ha sido la mayor movilización social desde la transición, sobre todo en términos cuantitativos. Sin embargo, lo que significó la mayor movilización de esta democracia contra lo establecido, no se transformó en un cambio real de las condiciones materiales de la gente. A partir de ahí, nos encontramos en un ciclo de derrota, con ciertas luces, como el trabajo diario y de hormiguita de multitud de movimientos sociales, y muchas sombras. Las luchas sociales están formadas por ciclos, con picos, con momentos de luchas y momentos de derrotas. Si el 15M supuso el despertar frente a la derrota de lo que había supuesto la burbuja inmobiliaria, la reforma laboral del PSOE, el artículo 135 de la Constitución, etc., después de las Marchas de la Dignidad de 2014 vino una época de muchas sombras, lo que supuso la represión de todas esas luchas, con la “ley mordaza”, con gente como Alfon o Bódalo entrando en la cárcel, con procesos electorales que en muchos casos desmovilizó a millones de personas, que enfocaron todas sus luchas y esperanzas de cambio en lo institucional, dejando de lado las calles y el conflicto social que se materializaba en ellas. El gran problema de las Marchas de la Dignidad, por tanto, es que no hubo una respuesta, una salida articulada real y ambiciosa para cambiar las cosas una vez que consiguieron llenar Madrid con casi dos millones de personas. Hubo una respuesta cuantitativa, pero no cualitativa.

Instauración y asimilación de la derrota

Lo que tenemos en la actualidad, tras pasar por el ciclo electoral que comenzó allá por las elecciones europeas y que acabó este pasado año con la investidura de nuevo de Mariano Rajoy, es la instauración y asimilación de la derrota como mapa social. Solo hace falta salir a la calle y hablar con la gente para encontrarse uno con el discurso de asimilación de que no queda otra opción que tener trabajos temporales mal pagados, asimilando que el derecho al trabajo ya no es un derecho, sino prácticamente un privilegio; de que la vivienda no es un derecho y nos pueden echar de ella si no tenemos unos ingresos; de que las largas listas de espera en la sanidad “es lo que hay y si no te vas a la privada”; de que los niños vayan al colegio sin libros por no disponer las familias de ingresos es lo que nos toca vivir a una mayoría cada vez mayor, valga la redundancia; o en el mejor de los casos, que no hay otra salida que tener que emigrar para buscar trabajo en el extranjero, y digo en el mejor de los casos porque conozco a mucha gente que no tiene dinero suficiente para pagarse un billete de avión e irse a trabajar fuera. Padres y madres envueltos en trabajos precarios y, en muchos casos, en la economía sumergida para poder vivir al día. Hijos e hijas emigrados al extranjero en busca de una salida, separándose de la vida que aquí tenían. Abuelos y abuelas que con sus pensiones mantienen a sus hijos y nietos. Ese es el mapa social en el cual nos encontramos. Una economía mediterránea que gira en torno a la familia, expandiendo los ingresos que consigue, entre sus miembros para poder sobrevivir. Una clase media que se ha proletarizado, que ve como los mitos de su falsa clase eran una farsa construida desde la transición, renovando los ya construidos por la dictadura.

Para contextualizar esta derrota, es necesario acudir a los datos oficiales que la apuntala como tal, comparando el punto más álgido de la movilización social de este último ciclo de movilizaciones de nuestra historia de nuestro país, las Marchas de la Dignidad de marzo de 2014, donde empezó a decaer el ciclo de movilización social, con la coyuntura social actual. Por un lado, nos encontramos como se han estancado los datos económicos que afectan a la mayoría de la población española, es decir, a la clase trabajadora. Los datos de pobreza severa y pobreza siguen siendo similares, antes y después de ese pico de movilización social, girando en torno al 6% de población en pobreza severa desde ese punto, y en torno a un 22% de la población española en riesgo de pobreza. La tasa de paro se ha reducido desde el 25,1% de aquel marzo del 2014 al 18,4% actual, a base de asentar la precariedad laboral como práctica normalizada entre la población. Hasta los bancos españoles lo dicen: La Caixa lo expone en un estudio suyo publicado el pasado 31 de diciembre en los medios, donde concluye que “España tiene uno de los mercados laborales más degradados del mundo desarrollado”; y el BBVA, que en otro estudio reciente suyo afirma, entre otras cosas, que “la temporalidad incide especialmente en los colectivos más vulnerables y con mayores dificultades de inserción laboral (jóvenes y poco cualificados, principalmente), lo que unido a su menor retribución genera un problema de equidad”.

Todo ello, no se materializa en mayores movilizaciones sociales, por lo que sostiene la tesis de que estamos en un ciclo temporal de derrota: Desde el 2014 hasta ahora, según los datos oficiales, se han reducido en un 30% las movilizaciones sociales en nuestro país. Es decir, que las malas condiciones objetivas de la población no se transforman en condiciones subjetivas de movilización social y concienciación. Al contrario, ante la falta de movilizaciones, que suponía el señalamiento y visibilización de los problemas en el espacio público, los datos del CIS en torno a la percepción del contexto económico actual por parte de la población no son mejores. Está calando entre la población la tesis de la recuperación económica cada vez más, mientras los datos empíricos no demuestran la mejoría de las condiciones de la mayoría de la población como hemos visto, lo que supone una victoria hegemónica del discurso del establishment. Comparemos las tres fechas hasta ahora: en abril de 2011, justo antes de que surgiera el 15M, la mayoría de la población consideraba la situación económica de “mala”, un 40%. En marzo de 2014, en el punto álgido de la movilización social, la opinión de la población era incluso peor respecto a cómo veían la situación económica, ya que un 44,4% la calificaban como “muy mala”, Actualmente, vemos como la mayoría, un 36,8% de la población, la considera ya de “regular”, siendo la mitad que hace tres años, de los que la califican como “muy mala”, un 22,4%. Además, hemos pasado de un 1,9% en abril de 2011 y de un 1,2% en marzo de 2014 de población que la consideraba de “buena” a un 4,3% que la considera actualmente como “buena”. De “quemar papeleras”, ir a asambleas de barrio, a las acampadas, a las protestas, al “esto es lo que hay”, percibiéndolo como cada vez más positivo.

Sin la clase obrera de los barrios, no hay cambio posible

Una de las críticas necesarias que hay que hacer también para entender esta situación, es que las movilizaciones no consiguieron calar en las periferias, aunque llegaron ciertos movimientos sociales antes nombrados, no consiguieron llegar a una amplia mayoría de los barrios más deprimidos, donde las condiciones materiales de la clase trabajadora son más duras. El próximo ciclo de movilizaciones debe pensar en ese estrato de la clase obrera, para ser más ambicioso a la hora de obtener victorias. Sin la clase obrera de los barrios, no hay cambio posible.

Y todo esto, es necesario enmarcarlo dentro de la sociedad de la información y la comunicación en la que vivimos, analizando críticamente el papel que tienen las redes sociales en los procesos de movilización social o de inmovilización social. Si antes podíamos ver cómo las redes sociales eran utilizadas como un instrumento útil para llamar a la acción y participación política, organizando toda esa rabia y descontento, ahora vemos como el papel de las redes sociales ha mutado, reflejando el contexto social, político y económico en el que se desenvuelven. Haciendo un símil entre la diferencia entre solidaridad y caridad, esa delgada línea roja que es muy difícil de apreciar para una gran mayoría, si durante la época de mayor efervescencia social, del 15M a las Marchas de la Dignidad, actuaban con un papel similar al que pudiera actuar la solidaridad, es decir, con horizontalidad y participación activa para solucionar nuestros problemas comunes, lo que implicaba un desgaste e implicación mayor, ahora podemos ver cómo se han convertido en una herramienta caritativa, en la que la gente cuelga contenidos para desahogarse y sentirse mejor, como el que da unos céntimos sueltos al pobre que está pidiendo en la puerta de la iglesia, convirtiéndose en un arma de doble filo (como muchos expertos de la comunicación han vaticinado ya), por un lado movilizador y por otro desmovilizador, como es el que se está dando en este contexto de derrota.

Entre todo este panorama de desmovilización y derrota, de nuevo ha vuelto a aparecer un brote de movilizaciones esta primavera de 2017, como elemento para tomarle el pulso de nuevo a la calle, como fue el caso de la celebración del sexto aniversario del 15M ligándolo a la lucha contra la corrupción en la coyuntura actual en la que nos encontramos, siendo esta la segunda preocupación de los españoles según el último CIS, con un 13% que cree que es el principal problema, por detrás del paro (51%), dos problemas que no se pueden analizar por separado, o las III Marchas de la Dignidad que se celebraron el pasado 27 de mayo en Madrid.

Periodista

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