El racismo materializa las creencias de la superioridad de un tono de piel mediante prácticas cotidianas que dan o niegan acceso a unas y otras personas. En Alemania el racismo es una realidad con la que convivimos cotidianamente pero está normalizado. Como el pez no ve el agua en la que nada, muchas veces no vemos el racismo en nuestra cara. Ni el que practicamos ni el que practican las persona cercanas.
Como en el caso de la desigualdad de género, hay un sistema de prácticas que favorecen a algunas personas y significan desventajas para otras. Este sistema está hecho de pequeñas prácticas casi insignificantes y mínimas que suceden todos los días y sobre las que es importante reflexionar para poder percibirlas y dejar de reproducirlas.
El racismo está muy mezclado con el clasismo y se refuerzan entre sí. En Alemania se tiende a pensar que la mayor parte de la población es rubia y a desestimar prácticas de discriminación.
En una reciente investigación en la Universidad de Wuppertal preguntaron a cincuenta personas sobre temas diversos para conocer sus estilos de vida y se indagó también sobre discriminación.
Cuando le preguntaron a Rosa cómo se sentiría si se mudara al lado de su casa una familia de migrantes, su respuesta fue que “si vienen es por necesidad, si tuvieran más dinero no vendrían hasta aquí”. Al preguntarle si alguna vez se había sentido discriminada, comentó que “cuando te sientes más humillada es cuando dicen ‘mira es una gitana’, te sientes pisoteada, aunque también hay gente que habla bonito de ti”. Rosa se identifica como española y sus ingresos son mínimos. Vive con su marido y un nieto en una casa de madera. Llegaron hace 28 años. Trabajó en un restaurante y recuerda que le pagaban poco y la trataban mal: “Los españoles son bien abusivos también cuando ya tienen muchos años trabajando”. A Rosa la han desahuciado dos veces y ahora tampoco tiene mucha seguridad: “Le dije al que se presentaba como el dueño que no me engañara porque ya otros me han cobrado el alquiler no siendo los propietarios de las casas”. No se puede asegurar con plena certeza que haya sido una práctica de discriminación racial, que no la habrían estafado si Rosa fuera rubia y hablara alemán. Pero ninguna otra de las personas entrevistadas contó experiencias parecidas. Nadie más se identificó con una pertenencia étnica pero sí hubo variadas experiencias de discriminación. Mary, por ejemplo, que vive con dos de sus hijos en un cuarto alquilado en Wuppertal, dice que se siente muy chiquita, discriminada: “Creen que venimos a robar pero aunque somos pobres venimos a trabajar”. Hubo casos en los que reconocieron las formas sutiles y no tan sutiles en que discriminan. “Si se mudaran migrantes no les negaría el saludo pero se me haría extraño”. “Aquí no es común ver gente de color, si fueran latinos también sería raro”. Gloria, española, nos contó lo que escuchó cuando llegaron migrantes: “Viene mala gente a Alemania, ganan poco y por eso no les queremos alquilar”.
Uno de los principales problemas del racismo en Alemania es que se niega su existencia o se le da poca relevancia. Esas son las mejores condiciones para que el problema crezca. Necesitamos poner atención y reconocer el racismo. Decirlo en voz alta porque callar es ser cómplices. El racismo está hecho de todas esas cosas que dejamos pasar. Nos demos cuenta o no.







