Qué triste paradoja que tengamos esta expresión para explicar la situación del sector agroganadero de nuestro país y, en general, del mundo entero. Porque a la crisis que veíamos arrastrando consecuencia de la pandemia de la Covid19, las constantes subidas de precio de combustibles y luz, la crisis del conflicto de Ucrania…también hemos de sumarle que, encima, no llueve. Y con los acuíferos más que explotados, la situación es crítica.
Pero centrándonos en los impactos de la guerra de Ucrania en la seguridad internacional, tendríamos que separar dos realidades, interconectadas como el mercado alimentario globalizado que tenemos, pero que no son iguales ni tienen la misma gravedad.
Los países en vías de desarrollo, los más pobres, están viviendo la crisis alimentaria más grande de las últimas décadas. Si con la pandemia se perdieron todos los avances en la lucha contra el hambre de los últimos años, ahora retrocedemos aún más. Países como Egipto, Líbano, Yemen y Túnez estarían entre los más afectados por el aumento de los precios del trigo. Solo pensemos que, para Líbano, Ucrania es la fuente del 80% de las importaciones anuales de trigo; Túnez, por su parte, depende de las importaciones ucranianas y rusas para el 60% de su consumo total. Y como ellos, los restantes 20 países que ya estaban en situación de alerta alimentaria. Hablamos de una situación de máxima gravedad: hambre, en sentido estricto.
Lo que empezamos a ver en nuestro país es una crisis de acceso a suministros e insumos por parte del sector primario. Y una vertiginosa subida de los precios. Ojo, Ucrania y Rusia, a pesar de ser grandes potencias agroexportadoras y representar el 30% de la producción mundial, no son los únicos productores de trigo. Existen alternativas, pero el problema clave es quién va a poder pagarlas en un mercado muy tensionado. ¿Se acuerdan del problema de las mascarillas y respiradores? Pues refrésquenlo, porque es parecido.
Estos días leíamos algunos ejemplos: en el caso del porcino el 70% del coste de producción corresponde a los piensos, así, si el suministro de maíz ucraniano se paraliza, aumentaría la subida acumulada del 32 % que ha registrado el alimento para el ganado desde hace unos meses. Ya no es solo qué ocurre con las importaciones, sino qué precio pueden alcanzar los insumos necesarios. Y a esto añadan lo ilógico de tener problemas para abastecer de cereales y soja para pienso de cerdos que, desde las tan traídas y llevadas macrogranjas, se exportan a China y a Rusia; cuando es de suponer que este mercado, en este contexto, seguirá bajando a marchas forzadas. Y seguimos, porque para garantizar este volátil mercado se está planteando relajar la vigilancia sobre la importación de transgénicos. Años de políticas basadas en el principio de precaución pueden ir a la basura.
Y a esto sumamos -el efecto en cadena no para-, el encarecimiento de precios de los fertilizantes y de la energía: ¿sabían que Rusia es una potencia exportadora mundial de fertilizantes (y de bajo coste con relación a otros productores), además de exportadora y productora de gas? Pues imaginen el panorama.
La clave sigue estando en el modelo agroalimentario que se ha venido poniendo en marcha. La pandemia ya nos enseñó que las cadenas de valor largas están mucho más expuestas en el momento en que se produce un gran problema global y este modelo es imposible que pueda seguir siendo sostenible desde el punto de vista de la justicia social, del medio ambiente y del acceso. Reforzar los stocks estratégicos de los países, hacer una planificación agropecuaria mucho más cercana al cierre de ciclos y soberana en la producción de los insumos necesarios, así como recuperar el espíritu de la PAC, que abogaba por la producción de alimentos frente a las políticas de la agroindustria que nos dejan temblando frente a cualquier crisis por muy lejana en el mapa que nos parezca, pueden ser los primeros pasos.







