¡Santo Niño de La Guardia!

No consigo entender cómo fue el proceso histórico por el que España dejó atrás su pasado judeófobo para llegar a proponer la Medalla de Honor a Israel
Abascal en Israel

“…no en la invariabilidad de su paisaje, sino en la inestabilidad de sus conciencias (…) ¿Por qué somos así?” (sobre España) Gonzalo Torrente Ballester

Entiéndaseme bien, los individuos y las sociedades tienen el derecho y el deber de evolucionar, ¡faltaría más!, no obstante algún examen parcial de nuestra historia reciente me perdí, pues no consigo entender cómo fue el proceso histórico por el que este país de países llamado España, dejó atrás su pasado judeófobo para llegar a proponer la Medalla de Honor a Israel, a quien el Evangelio atribuye el papel de “pueblo deicida”, o sea el pueblo que mató a Dios. ¡Ojo ahí!

Esa definición estuvo vigente durante siglos (eliminada por Juan XXIII, en 1959), puesto que el principal componente de la judeofobia fue el antijudaísmo de la iglesia católica, principal instigadora de la aversión que han despertado los judíos, a menudo perseguidos o expulsados de diversos países, entre ellos España. Es manifiesto, esa corriente de pensamiento brota del rigorismo religioso cristiano, por lo que no encaja fácilmente con la adhesión que la fervorosa «derechona», tan amante de cascarse rosarios en Ferraz, otorga a Israel en episodios como el que se está viviendo en Palestina, sin guardar siquiera un momento de oración para los cristianos —árabes palestinos— que habitan la tierra donde nació Cristo.

En plena masacre de Gaza, la derecha española ha decidido ponerse el mundo por una kipá de rabino y transmigrar su rancio antijudaísmo doctrinal… hacia el territorio del racismo anti-MENAS, así como del éxtasis enfermizo ante el ejercicio de la fuerza y el despliegue belicista de Israel

En plena masacre de Gaza, la derecha española ha decidido ponerse el mundo por una kipá de rabino y transmigrar su rancio antijudaísmo doctrinal, ¡tan nuestro, tan inquisitorial!, hacia el territorio del racismo anti-MENAS, así como del éxtasis enfermizo ante el ejercicio de la fuerza y el despliegue belicista de Israel.

Una gran paradoja. La política respecto de los judíos durante el franquismo estuvo determinada por la actitud del dictador que se movió, fundamentalmente, en el antisemitismo derivado del antijudaísmo cristiano. Así, se pasó del antisemitismo de los primeros años de la posguerra, coincidiendo algunos avances de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, a un debilitamiento del discurso antisemita tras la victoria de los aliados. Con todo, la referencia al “contubernio judeo-masónico-comunista” se mantuvo presente hasta el último discurso que pronunció Franco en la Plaza de Oriente de Madrid (octubre de 1975), mes y medio antes de su fallecimiento. 

La España franquista de los años cuarenta y cincuenta, en el diseño de su política exterior con el mundo árabe, trató de promover una imagen de cercanía enraizada en la historia de Al-Andalus. El principal contacto fue con Egipto (una república, curiosamente) como punto de referencia, más allá incluso de que el presidente egipcio, Nasser, y el panarabismo se inclinaran hacia la URSS mientras las monarquías tradicionales y conservadoras eran prooccidentales…

El giro definitivo que cambió por completo las circunstancias de la región quedó establecido al no encontrarse una solución negociada cuando se fundó unilateralmente el Estado de Israel en 1948. España no se apresuró a reconocer a Israel, entendió la importancia que la cuestión palestina tenía entre los países árabes y éstos agradecieron la postura adoptada por el franquismo. Al tiempo esta decisión coyuntural se convirtió en toda una política del régimen: España no reconocería al Estado Israel hasta que no lo hicieron los países árabes. 

El historiador Luis Suárez Fernández agrupa las calumnias religiosas vertidas contra los judíos en la Edad Media en cuatro grandes sectores: propagar epidemias y enfermedades contagiosas para aniquilar a los cristianos; los insultos y las blasfemias contra Jesucristo, la Virgen y los principios de la fe cristiana; la profanación de hostias consagradas; y los crímenes rituales sobre niños cristianos.

Negando esa historia que proclama, el cruzado Abascal se plantó en Tierra Santa recientemente: puso cara de póker, rindió pleitesía a los milicos israelíes y se llevó también deberes de casa, pues ladró de Pedro Sánchez…, en fin, las cosas de Abascal. De vuelta a casa el de VOX se trajo los elogios de Amichai Chikli, ministro israelí de la Diáspora y la Lucha contra el Antisemitismo, “un hombre de verdad que, en el ocaso de la civilización occidental, donde el relativismo moral amenaza con colapsarla, se erige como un faro de claridad moral”. ¡Santo niño de la Guardia!

Así fue siempre: Judíos o cristianos, los reaccionarios se entienden.

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