Mi muy despreciable enemigo:
Hay quien nace con esa cualidad con la que yo le nombro y que usted tanto admira. En nuestro pasado abundan, Fernando VII, Isabel la Católica, Queipo del Llano, el Sapo Iscariote o González Pacheco, por ponerle algún ejemplo. Usted, no.
Pero no me entienda mal. No quiero decir que usted fuera de maneras bondadosas y que luego el tiempo y las circunstancias le hayan hecho elegir el camino de la infamia. ¡Nada más lejos de mi intención! Estoy profundamente convencido que usted ya era un ruin antes de que, por desgracia, entrara en nuestras vidas.
Le recuerdo cuando era conocido internacionalmente como Ánsar y apoyaba los pies calzados por unas soberbias botas tejanas sobre la mesa, mientras planificaba en compañía de su jefe el asesinato de decenas de miles de seres humanos. Ese fue su bautismo, la entrada en el parnaso de la repugnancia, el aprendiz de pistolero ansioso de acumular muescas en el revolver, por supuesto a base de tiros en la espalda.
Entonces usted ya era despreciable, pero se ve que quería ser aún más despreciable y entonces empezó a entrenar para mejorar su empeño.
Lo primero que hizo fue cambiar esa sonrisilla de estudiante el día de su graduación, de empleado del mes al que invitan a la fiesta del dueño de la empresa, con la que usted aparecía como integrante del cuarteto de criminales de las Azores, por el gesto adusto de mandíbulas apretadas propio de quien se considera por encima del resto de la humanidad, de quien está convencido que la única razón es la suya, aunque para demostrarla tenga que llevarse a unos pocos por delante, que, en su caso particular, han sido muchos.
Luego, para superar a sus colegas de masacre, para convertirse en el más adelantado del gremio de los canallas, desterró de su vocabulario cualquier atisbo de disculpas. Vale que con la cantidad de muertos que usted ha dejado a su paso, no bastaba con un simple lo siento, pero de ahí a sus carcajadas en el momento de asegurar lo de que “entonces no sabía que no había armas de destrucción masiva”, va todo un abismo. Y aún así, le pareció insuficiente y entonces se le ocurrió señalar que los inductores de la matanza del 11M, no estaban en montes remotos. ¡Enhorabuena! ¡Hace falta ser muy mala persona para imaginar que esa barbaridad tenía un propósito electoral! ¿No se le ocurrió pensar que lo que sucedió fue a causa de su decisión de poner el mundo patas arriba, de anteponer los beneficios de las grandes corporaciones a la vida de seres humanos?
¿Cómo lo hace? ¿Se mira al espejo cada mañana y se enorgullece de su vileza? ¿Se dice a sí mismo que aún puede acumular más maldad?
Su ambición por ser el más despreciable del planeta, la verdad es que no conoce límites. De otra manera me resulta difícil entender a qué se deben sus últimos comentarios acerca del genocidio al que está siendo sometido el pueblo palestino cuando afirma que Israel debe acabar el trabajo empezado, acompañándolos, como es habitual en usted, de chanzas acerca del reconocimiento de su Estado, algo que ya en 1947 se acordó en la Asamblea de las Naciones Unidas.
Pero le voy a dar una mala noticia. También entre los despreciables hay categorías y usted, lamento decírselo, no pasa de segundón. En 1898, se le adelantó Teodoro Herzl, el padre del sionismo, quien, tras comparar a los legítimos habitantes de Palestina con fieras salvajes, aseguró: “Organizaremos una gran cacería colectiva y exterminaremos a las fieras lanzando contra ellas bombas de alto poder explosivo”.
Así que, mi asqueroso enemigo, siga entrenando. Es una buena manera de pasar la noche, porque imagino que dormir, lo que se dice dormir, no creo que pueda.








