El malestar sin nombre

El tipo de trabajo que le permite a una mujer desarrollar de manera plena sus capacidades no cabe en la mística de la feminidad que exige dedicación a los demás en exclusiva y a tiempo completo
Madre al cuidado de hijos
Foto: Andreas Bohnenstengel / CC BY-SA 3.0 de

Hace más de sesenta años del libro La mística de la feminidad, una obra de la feminista estadounidense Betty Friedam que explica la falta de identidad de las mujeres recluidas en el hogar e intenta desmontar los mitos de la familia, la maternidad y el trabajo doméstico —los espacios reservados a las mujeres— para reivindicar la igualdad en el espacio público. Explica el cambio que se había producido en las expectativas de las mujeres que, en los años cuarenta del siglo pasado, se habían incorporado al trabajo remunerado y a la carrera profesional y, en los años cincuenta y sesenta, asumieron el papel fundamental de amas de casa; esas mujeres que, aparentemente, lo tienen todo y, sin embargo, se sienten irascibles y solas, vulnerables hasta la depresión e incluso el suicidio. La contradicción que expresa Betty Friedam es la necesidad intrínseca de crecer que tiene un ser humano y la renuncia de las mujeres que evaden su propio crecimiento y se aferran a la protección infantil del ama de casa, una contradicción que conlleva un malestar de graves consecuencias: es el malestar sin nombre que, en muchos casos, se manifiesta cuando se le nombra como ansiedad, depresión o incluso locura. Y, por supuesto, no es algo que aqueja a las mujeres por su condición femenina, sino que se da en un contexto social, porque el tipo de trabajo que le permite a una mujer desarrollar de manera plena sus capacidades, compaginando su trabajo con el matrimonio y la maternidad, no cabe en la mística de la feminidad que exige dedicación a los demás en exclusiva y a tiempo completo.

Muchas mujeres abandonaron sus estudios, su trabajo, una pensión futura, para entregarse en cuerpo y alma a atender a su familia, sin atreverse a confesar que no es eso lo que querían hacer

Muchas mujeres de mi generación —y no digamos de generaciones anteriores— abandonaron sus estudios, su trabajo, una pensión futura, para atender a su familia, entregadas en cuerpo y alma a sus quehaceres cotidianos y sin atreverse a confesar, en muchos casos, que no es eso lo que querían hacer.

Betty Friedam sufrió en carne propia esas renuncias; había estudiado sicología y había dejado un trabajo como periodista en Nueva York por su familia; pero ella pudo dar un giro a su vida, porque tanto sus estudios como su experiencia periodística le sirvieron para elaborar un amplio trabajo de campo y concluir La mística de la feminidad, que fue Premio Pulitzer y sigue siendo una obra de referencia del movimiento feminista. No ocurrió lo mismo a muchas otras mujeres, que siguen buscando su identidad en ser amas de casa y ni siquiera han encontrado a Dios entre los pucheros, como decía la santa de Ávila. La madre de Betty Friedam fue una de ellas, según escribe la autora en sus memorias; recuerda que todo lo hacía bien, pero que era desgraciada porque había renunciado a crecer como persona para desempeñar su papel de esposa y madre y que, por eso, ella pedía en sus oraciones de pequeña dos deseos: “un chico al que le guste más que nadie” y “un trabajo”, sin duda, para llenar el vacío que intuía en su madre…

Afortunadamente, la incorporación de las mujeres al trabajo es una realidad cada vez menos cuestionada, pero tampoco ahora es fácil conciliar la vida profesional y la vida familiar: las jornadas laborales son largas, las madres y los padres no pueden dedicar a sus hijas y a sus hijos el tiempo que quieren y, a pesar de los avances en los cuidados compartidos, la presión de siglos sobre las mujeres hace que seamos nosotras las que sigamos asumiendo más tareas. Está claro que para que las mujeres podamos tener esa vida plena de trabajo y de cuidados, de participar en igualdad en el ámbito público sin renunciar a la familia y a la maternidad, queda todavía un largo camino por recorrer, un largo camino de lucha feminista.

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