Y hay niños huidos
hacia sueños que fueron silenciados.
Adolfo Burriel
Las guerras yugoslavas, desde Eslovenia a Kosovo, abarcan casi una década de conflictos bélicos en los Balcanes, que tuvieron como principales víctimas a las poblaciones civiles. El mundo de la cultura no ha permanecido impasible ante su desarrollo y consecuencias, por lo que han sido muchos los escritores, artistas plásticos, cineastas y, por supuesto, historietistas que las han abordado.
En el terreno del cómic, por citar solo a un autor, debemos recordar el memorable Gorazde: Zona segura, de Joe Sacco, responsable de la también imprescindible (y hoy, desgraciadamente, más vigente que nunca) Notas a pie de Gaza. Sacco desarrolla un estilo periodístico, en el que el reportero se convierte en los ojos de la noticia, ante él desfilan los distintos personajes que son entrevistados in situ, al tiempo que proporciona abundantes datos que permiten entender el contexto del hecho histórico.
Muy diferente es el tratamiento que Sento Llobell (Valencia, 1953) y Elena Uriel (A Coruña, 1954) han querido otorgar a la Guerra de Bosnia. En este caso, el conflicto bélico está visto a través de los ojos de la infancia, niños y niñas incapaces de entender los porqués de tanta destrucción, pero que ven amenazadas sus vidas y arrancados de cuajo sus sueños.
Como recuerda Álvaro Pons, la larga trayectoria de Sento arranca en 1975, con la preparación del fanzine Ademuz Km.6, que anunciaba la génesis de la generación de autores conocida como la Nueva Escuela Valenciana. Vendrán después sus múltiples colaboraciones con las revistas del boom del cómic español, la serie Tirant lo Blanc, junto a Jaume Fuster, o los diseños de espacios urbanos o de fallas vanguardistas.
La obra más ambiciosa emprendida hasta la fecha por Sento ha sido la adaptación al cómic de las memorias de guerra de su suegro, el médico Pablo Uriel, tituladas No se fusila en domingo. El guion y el dibujo de Sento, junto a la tarea de documentación y color desarrollada por parte de Elena Uriel, dieron vida a una trilogía de libros de historietas compuesta por Un médico novato, Atrapado en Belchite y Vencedor y vencido, reunidos finalmente en el volumen colectivo Dr. Uriel. Con gran acierto, esta obra ha sido una de las escogidas por el profesor David Fernández de Arriba para formar parte de las propuestas didácticas incluidas en libro colectivo Memoria y viñetas. La memoria histórica en el aula a través del cómic.
La génesis de Días sin escuela comienza cuando el matrimonio Llobell-Uriel, en 1996, recién acabado el conflicto bélico, decide acoger a un niño bosnio, Adis Gastan, dentro de un programa de vacaciones en España organizado por la ONG Ciudadanos Sin Fronteras. Meses después, en febrero de 1997, Sento se desplaza a Bosnia acompañando a un convoy de ayuda humanitaria, vivencia que recoge en un diario ilustrado titulado Viaje a Bosnia. Lo que había comenzado como un acogimiento temporal se irá convirtiendo con los años en un lazo familiar duradero y Adis, sin renunciar a sus padres biológicos, se integrará como un hijo más en el hogar de Elena y Sento.
Casi treinta años después, los autores han decidido regresar a ese escenario desolado para intentar explicar cómo son vistos los desastres de la guerra desde la óptica de los niños.
En la ficción del cómic, mientras Adis se encuentra preparando una paella familiar, se escuchan en la radio noticias en torno a las guerras en Ucrania y Palestina, y la conversación acaba desencadenando los recuerdos de aquel niño de seis años, que vivía en un entorno rural, ilusionado porque al final del verano iba a ir a la escuela. El inicio de la guerra da comienzo a un largo periplo repleto de desplazamientos forzosos, hambre, frío, enfermedades y muerte. La historia de Velma se ubica, en cambio, en el ambiente urbano de Mostar, y aquí vemos reflejado el miedo a cruzar las calles abatidas continuamente por francotiradores o la búsqueda de refugio ante los incesantes bombardeos.
Sento ha huido de presentar unas escenas tremendistas, la angustia y el miedo están presentes a lo largo de todo el libro, pero no necesita hacer evidente el impacto de las balas en los cuerpos o la visión de la sangre derramada. En una entrevista concedida a Jesús Jiménez, Sento explicó que «es una historia cargada de desasosiego para los lectores, así que me planteé utilizar un trazo amable, una grafía plácida para tranquilizar al lector (y a mí mismo)». En la misma entrevista, Elena Uriel señaló que el color tenía «una función narrativa», por lo que para los recuerdos de los niños en Bosnia se utiliza un solo tono, frío y verdoso, mientras que para las escenas del encuentro familiar en torno a la paella se emplea una policromía de colores cálidos.
Días sin escuela muestra en viñetas las vivencias de unos niños concretos en un conflicto específico, pero no cabe duda de que estas experiencias son extrapolables a tantos conflictos hoy vigentes.







