A Europa se le puede dar un consejo, al margen de si lo acepta o no, y es que deje de temblar ante las apetencias y denostaciones del presidente de Estado Unidos, Donald Trump, y su corolario estratégico para ser la nación más influyente en este proceso de cambio de época que vivimos, y ante la posibilidad real de no poder controlar el mundo como él desea.
Parece que todos los líderes europeos, tirios y troyanos, lo saben, pero tal vez tengan prejuicios de diversa índole según la historia de cada nación, o temor a la impredecibilidad de Trump, o demasiados ocupados con el asunto de Ucrania, que los lleva a la equivocada dirección de ver más peligro en el Kremlin que en la Casa Blanca.
Esto último es lógico, porque existe desde las turbonadas de 1917 con la revolución rusa después de agotados todos los miedos del entonces denominado Período de la Paz Armada cuando en Europa, y en general en el mundo, lo característico era la bronca entre las potencias que rompió el sistema de alianzas y el continente se partió en dos: la Triple Alianza y la Triple Entente.
Pero ahora tiene la ventaja de contar con aquella trágica experiencia que, al final, condujo a la Primera Guerra Mundial e incluso continuó hasta llegar a la segunda conflagración.
Aunque subsisten rezagos de esos negros momentos de competencia hacia el infierno, Europa superó las dos guerras mundiales, que no se deberían llamar así porque se limitaron a Eurasia (en otros lugares del planeta fueron solamente espejos), con la variante de que en la hitleriana fueron los propios europeos quienes le abrieron el camino a otro imperio más feroz, el estadounidense, al aceptar el Plan Marshall que les restó soberanía, no solamente política y económica, sino también cultural, que era donde radicaba la fuerza del viejo continente.
La “cultura” -es un decir- estadounidense, se metió en el cuerpo magullado europeo ansioso de liberarse espiritualmente de la angustia del conflicto y el brutal daño que provocó el nazismo, y le restó tanta fuerza ante un Estados Unidos que no sufrió la guerra más allá de sus pocos soldados muertos en las fuerzas aliadas.
Washington aprovechó el conflicto para ampliar sus producciones, desarrollar las ciencias y la tecnología en todos los campos, en especial el militar, en el cual desarrollaba con cerebro ajeno la bomba atómica, y embelleció sus ciudades de rascacielos con dinero obtenido allende los mares, mientras Europa era reducida a escombros.
Europa se dejó gringolizar sobre las ruinas de su cultura, y Hollywood abatió a cielo abierto -como los aviones de la Luftwaffe a Varsovia-, a los estudios cinematográficos Babelsberg UFA, Gaumont, Cinecittà, Denham Studios, y ató desde la conciencia al continente que parió el siglo de las luces, casi sin darse cuenta de que cambiaba oro por hojalata dorada al aceptar el Plan Marshall y debilitaba el horcón principal de la sociedad, que es la cultura, la coraza de la historia que hace grande a los pueblos.
Hace apenas unas horas, el canciller alemán Friedrich Merz —quien presumiblemente no comulga con los ancestros del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei de Hitler, ni con la Organización Europea de Cooperación Económica ideada por George Catlett Marshall— pidió a voz en cuello a sus socios de la Unión “accionar un interruptor mental” para convertir a Europa en una potencia. El plan Marshall exigía que los dólares prestados a Europa se utilizaran casi exclusivamente para comprar productos de la industria estadounidense, y subordinó al billete verde el sistema monetario internacional y las divisas europeas incluidas la poderosa libra esterlina y el franco francés.
Merz hizo tal afirmación nada menos que en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Concretamente dijo: «Ahora hemos comprendido que, en la era de las grandes potencias, nuestra libertad ya no está garantizada; está en juego», y allí agregó la frase de referencia: Hay que accionar un interruptor mental para convertir a Europa en una superpotencia.
El asunto está en que Merz lo dijo sin hacer definiciones, en un momento crucial de la historia de la humanidad en la que no es posible perder el rumbo ni mezclar lo bueno con lo malo, lo necesario con lo innecesario, ver el tema de Ucrania con los ojos de la historia y no con los de la ambición, y aceptar la realidad con ánimo constructivo, no destructivo.
Habría que preguntarle a Merz el color del cristal con el cual está mirando hacia un punto crucial e insoslayable, que es el fortalecimiento de Europa, pero no contra Rusia y China, y menos contra el Estados Unidos de Trump que es quien los está barriendo y pretende reducirlos a la nada, sino para beneficio de sí mismo, sin guerras ni conflictos perjudiciales a los europeos.
No se crea que Groenlandia es un tema hollywoodense en la mentalidad de Trump. Si ocupa a esa isla cuyo territorio es mayor que el de México, no es solo para exprimir a Canadá militar y económicamente y convertirlo en su estado 51, y llenar su bolsillo de las riquezas atrapadas bajo ese “pedazo de hielo”, como lo calificó en su reclamo a Dinamarca.
Es, sobre todo, un lazo para el cuello de Europa en su estrategia geoeconómica, a la cual le está enviando un mensaje muy arrollador contra su independencia cuando dice que la OTAN es una porquería después de tantos años de usarla como mascarón de proa para su expansión imperialista y llenar de cohetes nucleares el viejo continente, o generar guerras y ocupaciones militares desde los Balcanes hasta las costas de Corea y Vietnam, pasando por el Oriente Medio.
En la misma conferencia, el ministro del Exterior germano, Johann Wadephul, admitió que hay declaraciones de Estados Unidos que han causado irritación en la OTAN, que la Alianza Atlántica está «bajo presión», que hay un creciente distanciamiento, y anunció que los miembros del bloque militar aprovecharán la reunión para «definir juntos qué nos une, qué significa ese bloque armado,
Todavía Europa, a pesar de 80 años bajo el vasallaje de Washington, no ha definido a su enemigo principal, y es solo ahora, no por ellos, no por Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, sino por el propio Donald Trump, que logra ver con mucha claridad que es Estados Unidos, y no Rusia, y que siempre lo ha sido desde que se apropió inmoralmente de la derrota nazi cuando el triunfo fue claramente del ejército rojo, las fuerzas aliadas y los comandos de la resistencia europea.
Si es con esa perspectiva de paz, y no con la de fortalecerse para reconquistar una Ucrania que Trump no va a soltar espontáneamente al menos hasta que la deje pelada como un plátano y sin tierras raras, el llamamiento de Merz es plausible y toda Europa, incluida Rusia, debe cooperar a desgringolar la meca de la cultura occidental, a que emerja como un ave Fénix y vuelva a ser la más iluminada en el siglo XXI.
Pero si no desata las amarras con las que la ata Washington, todo lo que haga será en beneficio de quien la tiene de rehén y en perjuicio para la paz poque mantendrán a Ucrania como un falso positivo inventado por Joe Biden para provocar al Kremlin, desbaratar los acuerdos de Minsk y propiciar un avance hacia el este de la OTAN, y el conflicto seguirá desangrando y debilitando a la Europa otanista.
La respuesta rusa a Biden fue la operación especial ordenada por Vladimir Putin que los medios de comunicación y las redes sociales tergiversan al extremo de ocultar el mar de fondo de esa intervención militar que tantas vidas se ha llevado, pudiéndose evitarlas en la mesa de negociación solamente con un entendimiento de “tu me das y yo te doy” si solamente se hubieran opuesto a un lado los mezquinos intereses de muchos.
En cambio, se permitió un crecimiento de malas yerbas que la casa Blanca incendió y que Moscú no encontró oportunidad ni en Washington ni en Kiev para apagarlo, ni la Unión Europea contribuyó solo con haber admitido que estaba en juego la supervivencia rusa, y eso había que entenderlo con los nervios tranquilos y las neuronas en sus sitios.
Durante su intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Merz aseguró que Alemania ha tenido «un excedente normativo de las mejores intenciones» en comparación con sus instrumentos reales de poder, pero no se ha preocupado lo suficiente por el hecho de que a menudo le faltaban los medios para resolver el problema. En consecuencia, «la brecha entre ambición y posibilidad se ha hecho demasiado grande» y ahora los europeos deben concentrarse en cerrarla.
Pero, ¿en qué sentido lo dijo, si lanzó dardos contra China y Rusia que son las partes básicas para la negociación, el diálogo, los acuerdos de cooperación para cerrar esa brecha y garantizar una paz duradera en Europa?
Entonces, ¿hacia dónde apunta la siguiente reflexión de Merz?: “Ahora hemos comprendido que, en la era de las grandes potencias, nuestra libertad ya no está garantizada; está en juego y hay que hacer sacrificios…no solo algún día, sino desde ahora mismo».
Europa entró en una era marcada por la «política de grandes potencias», atrapada entre China, Rusia y Estados Unidos, pero la pretensión de este último a un liderazgo global ha sido cuestionada, y posiblemente se ha perdido, admite el canciller.
Quizás Merz no esté consciente del momento de transición en el que está el sistema Tierra entre una época de cambio y un cambio de época, aunque cita elementos de esa zona poco definida pero real, en la que se encuentra la humanidad por la mezcla tan intensa de la resistencia de lo viejo a no desaparecer y de lo nuevo por hacerse valer. Él dijo:
En este nuevo orden emergente las materias primas, la tecnología y las cadenas de suministro desempeñan un papel especialmente importante. Ante esta realidad, concluyó, “los europeos deben aceptarla y afrontarla, en lugar de negar el problema, defendiendo al mismo tiempo sus valores”. «Juntos hemos entrado en una era que, una vez más, se caracteriza abiertamente por el poder y la política de las grandes potencias», insistió.
Sabias palabras, pero delicadas, pues están exactamente encima de la delgada línea que separa a la paz de la guerra, y si dejan un resquicio aprovechable por Trump, todo se complica y Europa no logrará el propósito que Merz propone. ¿Cómo se entiende esto?
Veámoslo con el ejemplo concreto de Francia y la posición tan equivocada de Enmanuel Macron que filtró Bloomberg hace unas horas: El presidente de Francia, Emmanuel Macron, volverá a plantear este mes de febrero la idea de extender a otros países europeos la protección de la disuasión nuclear francesa, según personas familiarizadas con el asunto citadas por Bloomberg.
La propuesta surge en un momento en que Europa sigue dependiendo del paraguas nuclear de Estados Unidos, sustentado en el armamento estadounidense desplegado en el continente y en las garantías de defensa colectiva de la OTAN.
Da un poco de risa el esfuerzo de hacerse pasar por ingenuo. En este mundo del siglo XXI hasta el gato sabe que la disuasión nuclear es altamente relativa. El primer botón que se apriete oprimirá casi automáticamente a todos los demás y en fracciones de minutos el planeta se convertirá en aerolitos, así que el juego político de hoy no se basa en la paridad nuclear, sino en la de las ciencias políticas, económicas y tecnológicas, en particular el desarrollo de la controvertida Inteligencia Artificial.
El peligro y el poderío nuclear es para los tontos, y en lenguaje militar lo que sigue interesando es el convencional. Se demuestra en Ucrania, en Oriente Medio con Gaza, en el ataque a Irán y en el despliegue militar del Pentágono en el Caribe.
Pero por encima de ese poder está el de la tecnología y la ciencia cognitiva, y es la que lidera china y Estados Unidos no la podrá alcanzar en años en todos los campos del saber, por la simple razón de que dedicó todo su esfuerzo y recursos a las guerras, mientras China se los dedicó a la paz, el bienestar y la convivencia sin considerar las asimetrías.
¿Hacia qué rumbo prefiere inclinarse Europa? ¿Al de Macron, incitando a una nuclearización estúpida y gastadora de dinero, o a una racional que conduzca al diálogo, a la convivencia pacífica, o a la creación de condiciones para que el mundo no se divida como busca Trump para facilitar un control hegemónico cuasi universal que el propio desarrollo de la inteligencia humana, no la artificial que también es producto de la sabiduría y la experiencia acumulada del hombre, se lo impida?
La época intermedia entre lo que está y lo que viene es de definiciones, pero en especial, de preservar la humanidad, y eso no se logra con guerras, sino con la paz. ¿Por qué Europa tiene que cuestionar, como hace Merz, lo que es evidente? El viejo mundo no necesita de paraguas que estén más allá de su historia y de su cultura, si ya tiene más que suficiente con ser el continente que más guerras ha sufrido y que más voluntad antibelicista debería de tener.
La revolución burguesa francesa de 1789 marcó el advenimiento del régimen burgués y con ella el capitalismo, el nuevo modo de producción adoptado por la humanidad que parió a los imperios modernos. Su cuarto de hora está pasando, los teóricos lo saben, y gente como Trump lo sufren porque les aterra que sus piscinas se queden sin agua. Esperemos, en los hechos, qué interpretación les dan los europeos a las imprecisas advertencias de Merz. Es crucial, no para el futuro solamente, sino para este presente tan complicado y brutalmente estresante.







