La del título es una buena pregunta para la vieja y cansada Europa que cree se le ha venido el mundo encima con Rusia y China, cuando en realidad su desastre mayor es el que le provoca Estados Unidos desde las mismas reuniones de Yalta y Potsdam, en febrero y agosto de 1945, cuando Europa Occidental quedó a merced de la Casa Blanca.
Esas reuniones fueron, por decirlo de alguna manera, un cierre (que resultó ser parcial) de lo que se había iniciado en 1914 con la primera guerra mundial —mucho antes de la Revolución rusa de 1917—, prosiguió con el crack bancario de 1929 a partir de cuya crisis se produjo el ascenso de Hitler y de su partido nazi nacional socialista en el fatídico enero de 1933 y su paso, un año después, al cargo de führer, lo cual era parte de su estrategia hacia la dictadura y luego a la guerra expansionista.
Su avance fue meteórico: abandonó la Sociedad de Naciones, rompió los factores de diálogo, quebró el orden internacional, se retiró de la Conferencia de Desarme, aumentó al máximo el presupuesto de guerra, violó el Tratado de Versalles, aumentó la producción de su arsenal ofensivo, de la fuerza aérea y del ejército. Todo eso le llevó seis años.
Empezó a gobernar sin rendirle cuentas al parlamento, escaló las tensiones internacionales, envió tropas a la zona desmilitarizada fronteriza con Francia, firmó pactos militares con Japón e Italia, y comenzó a exigir más espacio vital para crear una Alemania todopoderosa que dominaría a Eurasia.
La intención de estos recuerdos no es buscar paralelismos perversos, sino recordar que todo ello condujo a la Segunda Guerra Mundial y a un baño de sangre al final del cual se tejió un programa económico y financiero oportunista que llevó por nombre Marshall, el apellido de su inspirador, y fue decisivo para la expansión del dominio político y financiero de Estados Unidos y la sumisión de una Europa que cedió demasiada soberanía a la sombra de una farsa histórica y maleva, de que la cuna de la cultura universal no podría volver a caminar sin muletas ajenas.
Han pasado más de 80 años desde entonces bajo una aparente recuperación de aquel desastre continental y la creencia de que Europa había soltado las muletas prestadas, pero de pronto, en una Conferencia de Seguridad en Múnich, un hijo de migrante cubano que odia y desprecia a los de su igual origen, del país que sean, les revela insultante y exultante que, efectivamente, ya no caminaba con esos apoyos, porque ahora anda en una silla de ruedas que la conduce Washington. Y no se crea que es una metáfora o una parábola, y el ejemplo es Ucrania y la OTAN.
Se ha repetido hasta la saciedad que no fue Moscú el inspirador de la guerra en Ucrania, sino Joe Biden quien la indujo y empujó a Europa hacia ella, pero increíblemente no se acepta, o quizás se disimula, pero en su fuero interno los europeos no pueden obviarlo porque pende sobre ellos una temerosa espada de Damocles, no por el filo nuclear de la voracidad gringa, sino por el daño económico y comercial si hay desobediencia, y temen a una quiebra de los niveles de bienestar y de felicidad que desate pasiones.
Pero desdichadamente ese no es el punto del gran debate en Europa en torno a Ucrania, sino si el ataque de Rusia fue o no una operación especial de sobrevivencia, o si es correcto evitar la guerra con la guerra hacia el encuentro con la victoria, el santo grial de la falsa búsqueda de la paz. Debía entenderse que eso no es lo crucial; es lo marginal y subalterno que deja a un lado lo esencial: la defensa de la soberanía e independencia de Europa y la batalla obligada para impedir una derrota de la cultura milenaria del viejo mundo.
Y ese señor, que se nombra Marco Rubio, con su pelo negro de color contrario a su apellido, y rasgos faciales bien alejados de los anglosajones de ojos verdes, les daba instrucciones a quienes culturalmente están en la estratosfera mientras él está pegado al suelo como la babosa de un caracol.
Rubio decía al auditorio: Washington quiere “vigorizar” la relación transatlántica para que “una Europa fuerte ayude a reformar el orden mundial con la visión del presidente estadunidense, Donald Trump”. Es decir, dijo sin pudor que Europa es crucial para el MAGA y para la subida del ego del presidente republicano. Fue una confesión con empaquetadura de amenaza, aparentemente no respondida. Y quien calla, otorga.
Les dijo en Múnich —puede parecer un símil, quizás lo sea— que las Naciones Unidas no cumplen ningún rol, y pidió cooperación europea para “una reforma de las instituciones internacionales”. Ya Trump abandonó a 66 de ellas.
Pero, lo más interesante, el latino admitió sin escrúpulos que a pesar de las repetidas denostaciones de su jefe a los países que con su cultura parieron el siglo de las luces, EE.UU. no quiere separarse de ellos, sino “renovar la mayor civilización de la historia humana”. “Queremos una alianza revitalizada”. Fue una invitación a caerle a mandarriazos al orden internacional ya convertido en escombros por Trump, el cual, a pesar de tantas deficiencias e injusticias, había logrado que el planeta no se convirtiera en polvo cósmico. Ahora, al menos en teoría, puede suceder.
Rubio denunció “un culto al clima”, y subrayó con una falacia atroz, que las políticas climáticas “empobrecen a nuestros pueblos” (todo lo contrario a lo real si cuidamos el planeta), quizás porque ese cambio visible que está derritiendo la coraza de hielo en Groenlandia, pone al descubierto las enormes riquezas minerales protegidas por ese témpano de 2,4 millones de kilómetros cuadrados, y hace factible su extracción con las cuales sueña Trump hasta despierto. Él se enoja con Europa por defender ese pedazo de hielo que ya cree suyo, y es groseramente irreverente con la génesis de sus pueblos.
En línea con ese pensamiento irracional, Rubio hizo una brutal admisión: la euforia de la “victoria” occidental en la guerra fría condujo a una “peligrosa ilusión” de que “cada nación sería ahora una democracia liberal, que los lazos formados únicamente por el comercio y los negocios remplazarían a la nacionalidad en un mundo sin fronteras, en el que todos se convertirían en ciudadanos de todos los países”.
La culta Europa debió estremecerse con tamaña barbaridad, pero el foro de Múnich parece que dormitaba en ese instante y no entendió el mensaje, el cual podría interpretarse como: nadie es ciudadano del mundo, la Tierra no es la casa común, la paz es “una peligrosa ilusión”, abajo la democracia liberal, fuera la globalización, nada de adiós a las armas. ¡Infeliz Hemingway! Es un decir temerario, pero atendible.
“Cometimos estos errores juntos; ahora debemos afrontarlos y avanzar para reconstruir”, apuntó. Pero, ¿cuáles fueron esos errores que Francia, Italia, Alemania, España, Suecia, Suiza, Reino Unido, etc. etc, “cometieron junto con Estados Unidos”, y ahora están obligados a purgar por mandato divino de Washington?
¿Por qué Trump exige: “ahora todos debemos afrontar y avanzar para reconstruir”; ¿qué cosa quiere construir? Pues, ni más ni menos, “el orden mundial con la visión del presidente Donald Trump”, según la instrucción del señor Rubio a una región civilizada de tanta historia propia, no ajena.
No importa que Europa se rebele, parece que quiso advertir, pues “aunque estamos dispuestos, si es necesario, a hacerlo solos: preferimos y esperamos hacerlo junto a ustedes, nuestros amigos de Europa”, agregó. Eso da una esperanza de que Europa se levante de su silla de ruedas y eche a andar por sí misma, aunque pase al principio un poco de trabajo.
El secretario de Estado criticó a la ONU por no haber parado los conflictos de Gaza —donde Washington impone su Junta de Paz— ni Ucrania con cuyas tierras raras anhela, aunque no tanto como convertir esa parte de la geografía oriental en un malecón para continuar cercando a Rusia y a sus aliados, siempre con la antorcha en la mano y pidiéndole a la vieja Europa la sople y la riegue de combustible para mantenerla encendida. Fue un fraude de su campaña electoral asegurar que en dos días él finalizaría la guerra.
¿A qué punto de la historia europea está retrotrayendo Trump al viejo continente con el mensaje de Rubio?
Sentenció a la ONU como Hitler a la Sociedad de Naciones, rompió también los factores de diálogo, quebró el orden internacional, se retiró de más de 60 instituciones internacionales por considerarlas trabas para sus planes hegemónicos, como el Berlín nazi hizo con la Conferencia de Desarme, y otras muchas, multiplicó el presupuesto y convirtió la secretaría de Defensa en Departamento de Guerra, violó tratados internacionales, hasta los nucleares, como el nazismo el Tratado de Versalles, militarizó las aguas internacionales del mar Caribe y del mar Arábigo, y todo en un año, no en seis.
Empezó a gobernar sin rendirle cuentas al congreso, escaló las tensiones internacionales, aumentó aranceles, envió tropas a todas partes, firmó pactos con el diablo, como los sionistas israelíes, y exigió más espacio vital como el hombre del bigotico, para crear un Estados Unidos más poderoso y dominar el hemisferio occidental.
Curiosamente, el Fouché de Trump se apellida también Miller para fastidio de Europa; su nombre es Stephen y, según el analista y asesor británico Sam Freedman, es quien redacta o edita personalmente cada orden ejecutiva que Trump firma, dirige reuniones sobre temas tan diversos como la política económica y el uso de las fuerzas armadas.
Fue quien impulsó un bombardeo a Yemen y a Nigeria; es el principal impulsor, junto con Rubio, de la decisión de atacar Venezuela y secuestrar al presidente Nicolás Maduro; reactivó el interés de Trump en ocupar Groenlandia, y contribuyó a darle forma a la Estrategia de Seguridad Nacional o Corolario trumpista, y estimula a los partidos de derecha radical en Europa para, como a Lutero, poner a Europa totalmente en manos del “King”.
Que no queden dudas: ese es el fondo del mensaje que Rubio trasladó a Múnich, y no el relato de que Estados Unidos sigue buscando una alianza con Europa; el verdadero objetivo es subordinarla al MAGA. La esencia de su frase final, “el destino del continente europeo nunca será irrelevante para EE.UU.” es, por tanto, la amenaza real de aplicar su política del miedo con toda la fuerza disuasiva, especialmente en los sectores comercial y financiero, que afecte al Estado, pero también a la familia, como a Cuba, pero sin bloqueo.
Lo triste es que las respuestas en Múnich fueron timoratas, y ya el canciller alemán, Friedrich Merz, dio como hecho que el orden mundial basado en reglas «ya no existe».
Es una aceptación muy grave de la ruptura del orden internacional destrozado por Trump a sangre y fuego, dolor, lágrimas, sufrimientos e incertidumbres, aun cuando el canciller germano haya expresado que «se ha abierto una profunda brecha entre Europa y Estados Unidos».
Este capítulo de la civilización humana recién está abierto, aunque no se sepa cuándo ni cómo se cerrará, pero frente al asalto del pensamiento crítico, a la teoría del miedo, a la resurrección de los fantasmas más perversos que asolan la moralidad y la vergüenza del hombre, a las ambiciones desmedidas y a las aspiraciones de poder omnímodo, está la fuerza de la cultura que genera ideales imbatibles.
Como dijo el prócer de la independencia de Cuba, José Martí, trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra y, a pesar de sus grandes y ríspidas contradicciones, la Europa que Trump pretende mantener como rehén, tiene intacto un potencial histórico y cultural.
Allí radica su fuerza inversamente proporcional a la cosmogonía gringa destructiva, formada con las virutas de acero hiriente que desprenden el odio, la violencia y la ignorancia del gobierno republicano.
Pero son los pueblos europeos, no otros, los que deben responder a la inquietante pregunta de este artículo: ¿Europa debe ayudar a EE.UU. a reformar el orden mundial como pidió Marco Rubio en Munich?







