Límites del crecimiento

Gaia y «La Internacional»

Desde los primeros años del presente siglo se ha denunciado en el ámbito científico la gravedad de la pérdida de biodiversidad, considerada como la Sexta Extinción masiva en la historia de la Tierra.
Vista de la tierra desde la misión Apolo 17 | Fuente: NASA on The Commons / Sin restricciones de derechos de autor
Vista de la tierra desde la misión Apolo 17 | Fuente: NASA on The Commons / Sin restricciones de derechos de autor

“L´Internationale sera le genre humain” dice la vieja canción revolucionaria. Hace 150 años, aquellos comunistas ya no señalaban como sujeto revolucionario a “les citoyens”, los ciudadanos con derechos, sino a toda la humanidad. Aunque parezca no tener relación, me venía a la cabeza escuchando a Carlos de Castro, científico defensor de la Teoría “Gaia Orgánica”. Me explico.

Con el desarrollo de la Teoría de la Evolución por Darwin, la imagen popular de su descubrimiento (la lucha por la vida como motor de evolución de las especies) fue retorcida —con alguna contribución por su parte— y utilizada por los ideólogos del capitalismo para presentarlo como la forma natural de construir la economía y de explicar el reparto brutalmente desigual del dinero y el poder. La aportación de Darwin conmocionó la ciencia, la política y las ideologías y sin duda, ha supuesto un avance histórico en la comprensión de los ecosistemas y las especies presentes en los mismos.

Sin embargo, desde finales del s. XIX se ha venido afirmando a su vez una línea de comprensión diferente en la relación entre los seres vivos y con el planeta que habitamos. Kropotkin ya observó que existía lucha por la vida, pero también y de forma muy poderosa, marcos de cooperación. La simbiosis, ya conocida, tenía un gran papel en la adaptación de las especies al medio, entre las especies y en los individuos de cada especie. En otro orden de cosas, ya Humboldt había demostrado cómo la ciencia negaba la idea de raza, divisiva de la humanidad.

El biólogo soviético Vernadsky utilizó por primera vez el concepto Biosfera para explicar la globalidad de la relación entre los seres vivos, la atmósfera, las aguas y la corteza terrestre, clave en el futuro para la correcta comprensión de la relación problemática entre una especie humana que ocupaba ya todo el planeta y la globalidad de sus impactos, inmensamente mayores y más destructivos que los del resto de los seres vivos.

La visión de un sistema global, biosférico, en el que interaccionan los seres vivos con el entorno, dio un salto con la Hipótesis Gaia, de J. Lovelock y L. Margulis. Mostró que existe una regulación conjunta, sistémica, entre la vida y el entorno, cuyas condiciones se mantienen dentro de límites que hacen posible la existencia de aquella. Lovelock se quedó en un modelo de regulación cibernética, la Tierra como nave espacial. Margulis avanzó hacia una comprensión no tanto mecanicista, sino orgánica.

En los finales 60 del s. XX, la locura de la guerra fría llegó al punto en que, por primera vez, se alcanzó el overkill, la capacidad de que, en un intercambio bélico nuclear, la humanidad entera pudiese desaparecer y con nosotros, la totalidad de los seres vivos superiores. La idea de una única raza humana a defender de tal salvajada se hizo evidente para cientos de millones de personas en todo el mundo, que conseguimos suspender su expansión y la de los misiles portantes.

En 1972, D. Meadows dirigió el informe “Los Límites del Crecimiento”, que advertía de que el modelo económico productivista llegaría en un futuro cercano a sobrepasar los límites biofísicos al crecimiento, lo que constituiría una catástrofe de proporciones gigantescas para los seres humanos.

Desde 2009, el Instituto de Resiliencia de Estocolmo viene dando cuenta de la existencia de puntos de inflexión, que aceleran el cambio climático y pueden ser irreversibles. Desde entonces, hemos superado 7 de los 9 monitorizados. A su vez, desde los primeros años del presente siglo se ha denunciado en el ámbito científico —el movimiento ecologista venía haciéndolo desde la década de 1960— la gravedad de la pérdida de biodiversidad, considerada como la Sexta Extinción masiva en la historia de la Tierra.

Desde entonces, se han ido cumpliendo las peores previsiones. El capitalismo ha cebado el crecimiento constante en el uso de materiales y energía (con la quema de combustibles fósiles por bandera), ha fomentado a extremos terribles la desigualdad entre los 1.800 millones que disfrutamos del modo de vida imperial y los 6.500 millones que lo sostienen con su miseria y su expolio, exacerba las condiciones para las guerras, que se producen en un entorno de miles de armas nucleares almacenadas.

Desde hace más de una década, hay una corriente de científicos (entre nosotros, Carlos de Castro) que profundizan en la concepción de Gaia como un supraorganismo, es decir, como un sistema que se autorregula por la interacción de todos sus componentes, vivos y físicos, siendo la vida en todas sus formas el motor de dicha regulación. La imagen micro nos la da un termitero, en el que las termitas, compuestas por órganos y estos por células y bacterias, cooperan entre ellas no luchando por la vida de cada una, sino regulando entre todas las condiciones de temperatura, forma o humedad del termitero.

La ciencia no es neutra. Nunca lo ha sido. El darwinismo se ha desarrollado envuelto de forma torticera en la ideología de la lucha por la vida como un principio universal, del que derivaría la competencia y la lucha que justifican la violencia y la desigualdad. Sin embargo, la competencia no está presente en todos los procesos vitales; de lo contrario, nuestras células no cooperarían en los órganos. Solamente un tipo de células (las cancerosas) actúan de forma egoísta, hasta que acaban con el organismo. De ahí la metáfora del capitalismo como un sistema tumoral en su relación con la biosfera.

La teoría Gaia orgánica, desde el punto de vista de las ideas, tiene al menos aspectos positivos:

1.- Ofrece una comprensión global de la interrelación entre los seres vivos y el entorno, entre los seres vivos (incluyendo los humanos) y en el interior de los seres vivos.

2.- Apuntala el compromiso con una Transición Ecosocial decrecentista: que desemboque en una sociedad que no desborde los límites biofísicos de la vida humana, que sea compartible por todos, sustentable ecológicamente y heredable por las siguientes generaciones.

3.- Resalta la mayor importancia, tanto en el contexto entre seres vivos y entorno, como en su interior, de la cooperación sobre la competencia. Tanto en términos macro como en los ámbitos micro, concuerda con la no violencia y la igualdad entre los seres humanos. Los ideólogos del imperialismo decían que practicaban darwinismo social, que actuaban como la naturaleza, lo que era, además de monstruoso, falso. Los ecosocialistas o ecomunistas o como nos queramos llamar quienes defendemos la igualdad, la paz y la sosteniblidad, podemos contar con que en la naturaleza hay, sobre todo cooperación.

4.- La Teoría Gaia nos interpela ante la necesidad de promover una nueva ética intramuros (entre humanos) y extramuros (con el resto de los seres vivos y el conjunto de la biosfera), basada en la universalidad de derechos para los 8.300 millones de seres humanos.

Termino por el principio. La proclamación de todo el género humano como sujeto de la nueva sociedad revolucionaria —imprescindible— solo es compatible con una idea gaiana del mundo. Quizá por eso hoy, 60 años después de mi primera reunión en una célula del PCE, se me sigue agarrotando la voz al entonar la vieja canción obrera.

(*) Afiliado de Izquierda Unida y CC.OO.

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