Los sistemas judiciales internacionales y de Estados Unidos han sido menospreciados de nuevo por Donald Trump al continuar violando a lo salvaje todo lo instituido jurídicamente aceptado por gobiernos y entidades. Lo lamentable es que no hay una reacción ejemplar de los tribunales a los delitos cometidos con descarada impunidad.
El asunto es que todo lo que Trump ha ordenado, ya como persona o presidente, en ambos casos parapetado tras su cargo y contando con el control de los tres poderes del Estado y los multimillonarios amigos de ambos partidos o sin partidos, es sancionable con la máxima pena, según consta en diversos documentos de la literatura jurídica.
Por ejemplo, es sancionable y castigado penalmente por las leyes de Estados Unidos, militarizar los estados de mayoría demócrata, crear un cuerpo policial represivo fuera de los estatuido constitucionalmente como los cazamigrantes del ICE, secuestrar, encerrar y separara niños de sus padres, practicar la pedofilia, decretar aranceles a su libre albedrío, alterar el orden de los poderes del Estado, desconocer al legislativo y actuar por encima de sus responsabilidades, imponerse al judicial, rebelarse contra sus dictámenes y no cumplirlos.
Lo peor, si es que cabe el término ante tanta suciedad, amenazar de muerte en calidad de holocausto a pueblos y líderes políticos y religiosos con fines de ocupación y control territorial, y desatar guerras sin existir motivos probados ni declaraciones previas, como se expresa en la Carta de Naciones y el Derecho Internacional.
El bombardeo a Venezuela y el secuestro de su presidente, es un delito más que suficiente paraque los tribunales de Estados Unidos y los internacionales, lo hubieran demandado y solicitado al Congreso un juicio político.
Incluso, aunque esto no sucediera, la Corte Penal Internacional (CPI) podría emitir una orden de arresto contra él, semejante a la dictada en noviembre de 2024 contra el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, por presuntos crímenes de guerra y contra la humanidad, en el ejercicio de su cargo.
Existiendo tantas o más pruebas que contra su amigo sionista, lo cierto es que con Trump ni la CPI, ni la ONU, ni los tribunales estadounidenses, han actuado en la impartición de justicia como deberían de haber hecho. Ni siquiera existe un cuestionamiento por sus delitos, con la agravante de que en los 24 procesos judiciales por perversión sexual y otros como el asalto al Capitolio fue considerado culpable o instigador por el tribunal, pero el fallo no produjo la sanción penal que le correspondía.
¿Qué es lo más turbador de estas flagrantes violaciones? Pues que, en su obsesión de demostrar que es el dueño y señor del mundo, no se debe dudar de que cumpla sus amenazas pese a las leyes y la justicia en contra vigentes en el mundo y en EE.UU., y siga realizando ataques armados genocidas como los perpetrados contra Nigeria, Venezuela e Irán.
Por esa experiencia, lo recomendable a todos quienes estén amenazados es prepararse en consecuencia, sin dejar de apelar a lo razonable, no doblegarse, y exigir a Naciones Unidas y a los tribunales internacionales y de Estados Unidos, que actúen en correspondencia con sus leyes y responsabilidades, antes de que su afán por adueñarse del universo desate conflictos peores. Cuba siempre está con la guardia en alto, y ahora más porque Trump y sus compinches no dejan más alternativa.
Los hechos sobre la criminalidad del mandatario republicano hablan por sí mismos, y a Trump le encanta que el mundo así lo asimile, en particular Rusia y China, que son sus metas finales.
La amenaza previa de crear un holocausto del pueblo persa, la proclamación primero, y ejecución después, de asesinar a los líderes políticos y religiosos de Irán mediante el desarrollo de una cruenta guerra con falsas justificaciones, las ejecutó de la manera más descomunal e inhumana, porque las primeras víctimas de sus tropas —164 niñas de una escuela primaria, ya suficiente para llevarlo a un juicio como el de Nuremberg—, tampoco han derivado en una acción judicial o política contra él.
Emocional, espiritual y moralmente, el Poder Judicial de Estados Unidos es tan culpable como Trump y los jefes militares, del asesinato masivo de esas menores, que Naciones Unidas o el CIP deberían de tipificar como crimen de guerra y de lesa humanidad, pero no lo han hecho, y el dolor de tantas madres no se cura con falsas condolencias ni con espectáculos tan horribles aceptados por el Consejo de Seguridad que la esposa del criminal presida una reunión sobre la seguridad de los niños.
A pesar del resultado penal que conlleva una amenaza de muerte, Trump convocó a una reunión regional nombrada Escudo de las Américas con 12 dirigentes políticos ultraderechistas de igual número de países afines a él, para plantearles y comprometerlos a involucrarse en nuevas violaciones y amenazas, como detalló durante la citada reunión.
Y mucho ojo, porque, evidentemente, en esa reunión le ha dado forma a una coalición de 17 países de ultraderecha —como buscó caer Hitler antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial— para intentar consolidar una retaguardia con líderes genuflexos, a su proyecto de conquistar todo el hemisferio occidental dentro de su enfrentamiento a las demás potencias europeas y asiáticas.
Allí en Miami afirmó públicamente que «Cuba está en sus últimos momentos de vida tal como es», al jactarse que el bloque económico, comercial y financiero, también ilegal, la ha puesto “en el final del camino. No tienen dinero, no tienen petróleo. Tienen una mala filosofía y un mal régimen que lleva ahí demasiado tiempo». Otra amenaza extrema que se suma a las que ya pesan sobre el sacrificado y heroico pueblo de la isla.
No importa que Cuba sea un país pacífico, 87 veces más pequeña que EE.UU., sin recursos ni armas, ni nada que signifique una amenaza para la seguridad nacional del gigante vecino del norte, como él miente. Sin embargo, para él es más que suficiente que la perla de las Antillas se niegue a ser su neocolonia.
Trump también incurrió en esa reunión en el delito de acusar a México —falsamente y con mala fe reiterada—, de ser “el epicentro de la violencia de los cárteles de la droga y la violencia criminal del hemisferio occidental». Además, catalogó a su gobierno de una amenaza de seguridad nacional para Estados Unidos ya que está controlado por los carteles de droga, así como advertirle a su presidenta, Claudia Sheinbaum, que su gobierno “no puede tolerar esa situación en el país vecino”.
Según la jurisprudencia vigente, la amenaza internacional de muerte es considerada un delito extremadamente grave, tanto en el sistema penal de los Estados Unidos como bajo el derecho internacional, al ser catalogada frecuentemente como un acto de terrorismo, crimen transnacional o amenaza a la seguridad nacional/diplomática. Trump lo sabe, pero sigue actuando a contrapelo de lo estatuido incluso por la democracia de su propio país.
El Código de EE.UU. (U.S. Code 1), y el Sistema Penal de Estados Unidos (Federal), considera muy claramente que las amenazas de muerte que cruzan fronteras internacionales (comunicadas por internet, teléfono o correo desde o hacia EE.UU.) se investigan a nivel federal por agencias como el FBI y se castigan con severidad.
Mientras, el 18 U.S. Code § 878, expresa que amenazar con matar, secuestrar o herir a un oficial extranjero, invitado oficial o persona internacionalmente protegida, es un delito grave (felony) que puede acarrear hasta 5 años de prisión (o más si la amenaza se cumple). Trump ya la sobrecumplió y se jacta de haber matado a 46 altos jefes militares iraníes de un país al cual no le ha declarado la guerra.
A su vez, en lo que respecta a Comunicaciones Interestatales/Extranjeras: el 18 U.S.C. § 875 prohíbe la transmisión de amenazas de muerte o lesiones en el comercio extranjero. Esto abarca llamadas, correos electrónicos o mensajes enviados internacionalmente, con penas de prisión significativas. Amenazas Terroristas (Terroristic Threats): Si la amenaza busca coaccionar a una población o gobierno, las sentencias pueden ser mucho mayores, incluso si el delito se califica como «terrorismo internacional».
Pero hasta ahora, Trump no ha tomado en cuenta nada en lo tocante a lo que dictan las leyes. Lo viola todo, como si fuera el ser supremo, con una gran incontinencia verbal extremamente cínica y humillante. El pueblo de Estados Unidos debería de mirar más firmemente hacia su historia y parar las manos ensangrentadas de Trump y su grupo para que no lo salpique.
En su discurso en la inauguración de Escudo de las Américas, su nueva creación, Trump dijo que ha llegado el momento de frenar al crimen transnacional en el hemisferio, al referirse a México, sin mostrar pruebas ni argumentos, sino su simple afirmación de que “los cárteles mexicanos están nutriendo y orquestando mucho del derramamiento de sangre y caos en este hemisferio, y el gobierno de Estados Unidos hará lo que sea necesario para defender nuestra seguridad nacional y proteger la seguridad del pueblo estadunidense”.
Por supuesto, no lo relaciona con el mercado de estupefacientes más grande y oneroso del mundo, ni de las nuevas mafias de la droga estadounidenses que son las que propician el tráfico de armas ilegales hacia México para los cárteles que les suministran los narcóticos, y el constante aumento de la drogadicción entre la juventud de ese país, víctima de una comprobada crisis del espíritu que la devora.
La justicia estadounidense y la correspondiente a la protección y cumplimiento de las reglas y normas del derecho internacional, y las establecidas y en vigor de Naciones Unidas, ¿continuarán admitiendo y mirando como autoridades de piedra las atrocidades sancionables de Donald Trump?
¿Permitirán otra masacre en Cuba como la que se da el lujo de anunciar, o peligrosas violaciones de la soberanía y la independencia de México? ¿El pueblo estadounidense seguirá manteniéndolo como su presidente a pesar de todas las barbaridades de las que acaba de hablar en Miami y que ponen en alerta de combate a muchos gobiernos en el mundo?







