Estimadas lectoras y lectores, para esta semana traemos a colación dos obras publicadas hace algún tiempo, Las casitas de hojalata (noviembre 2021) y Vallecas los años de barro (mayo 2022), trabajos que tienen el denominador común de describirnos una de las facetas más escondidas y desconocidas del desarrollismo franquista, como lo fue el chabolismo que se dio en algunas ciudades como consecuencia del aluvión de personas que procedentes del medio rural alimentaban la creciente necesidad de mano de obra de la industria, y de una inexistente planificación urbanística y un dejar hacer por parte de las autoridades. Estas dos obras se refieren a ámbitos geográficos tan diferentes como son Bilbao y Vallecas (Madrid), pero que como veremos, tienen muchos elementos en común.
La presentación de estas dos obras seguirá el orden cronológico de su publicación.
LAS CASITAS DE HOJALATA
La primera es Las casitas de hojalata: publicada por Diario El Correo / Ediciones El Gallo de Oro; 70 páginas, color. Autor, Josemi Benítez (Bilbao), Licenciado en Periodismo y Publicidad por la Universidad del País Vasco. Trabajó en agencias de publicidad hasta incorporarse a EL CORREO en 1999. En 2008 se hace cargo de la sección de infografía de dicho periódico, con la que ha ganado más de 70 premios. Ha sido también profesor en la Universidad de Navarra. Hasta la fecha este es su único trabajo en el mundo del cómic.
El cómic comienza con un breve prólogo en el que se nos da cuenta del origen humilde de la familia del autor, su procedencia y cómo llegan a Bilbao para “tener un futuro”, y cómo al igual que esta familia, miles de ellas emprendieron, desde distintos orígenes, su particular emigración a un pujante Bilbao demandante de mano de obra, que en apenas dos décadas casi dobla su población. Pero la ciudad no está preparada para ello, no hay alternativas habitacionales para tanta gente a un precio razonable, de forma que estas familias empiezan la construcción de todo un cinturón de chabolas en las escarpadas pendientes de los montes que rodean la capital, conformando asentamientos como: Monte Cabras, Monte Banderas, Monte Berriz, Uretamendi, Ugasko, Peñascal, Monte Caramelo, incluso en el lugar que hoy ocupa el Museo Guggenheim, etc.; construyéndose de esta manera unas 7.500 chabolas (todas ilegales, sin electricidad, agua, gas y accesos decentes) que daban cobijo a aproximadamente 40.000 personas. Las casitas se hacían en una noche y con la colaboración de los vecinos.
Comienza este trabajo con una hermosa página en la que en 15 viñetas, todas iguales, nos describe como las chabolas se hacían por la noche, rápidamente, a contrarreloj porque tenían que estar terminadas y con el techo instalado antes del amanecer, con el esfuerzo y la solidaridad de los vecinos, con materiales de baja calidad, sin luz eléctrica ni agua corriente y con la vista gorda de las autoridades precisamente porque se construían por la noche.
Este cómic nos habla de esta situación, pero centrándose en la propia familia de Josemi Benítez, en concreto en sus abuelos, que emigraron a Bilbao procedentes del pueblo jienense de Hornos del Segura, el 24 de junio de 1956, día en el que el Athletic Club gana su Copa 19. En ese momento es cuando arranca esta historia. Una historia en la que podemos ver al periodista Matías Prats, al equipo del Athletic de la época, ya como elemento cohesionador e identitario de la sociedad bilbaína, a su mítico equipo con Zarra, Panizo, Venancio, Gorostiza, etc., e incluso al propio José Ángel Iribar.
Nos habla del origen humilde de sus habitantes, a los que no les gustaba llamar chabolas a sus casas porque la gente lo asociaba a la delincuencia y ellos no eran unos delincuentes, por eso las llamaban Las casitas de hojalata. La familia de Josemi Benítez se ve obligada a emigrar porque a sus abuelos les expropian sus tierras cultivables en su pueblo de origen para construir el Pantano del Tranco, y al quedarse sin tierras se quedan sin futuro para sus hijos. Dudaban entre emigrar a Valencia o a Bilbao, no se deciden y al final echan a suerte su futuro destino, de forma que la hija pequeña saca la papeleta de Bilbao, decidiendo con ello el lugar donde van a comenzar una nueva vida.
El cómic está escrito en formato de flashback, con viñetas en blanco y negro que hacen referencia al presente, en las que podemos ver el Bilbao moderno, con el Guggenheim y los modernos edificios de Bilbao actual, y en color que nos describen el pasado; tanto el presente, como el pasado de Bilbao está muy bien representado y es perfectamente identificable y con gran lujo de detalle, lo que demuestra el gran trabajo de documentación que su autor ha realizado.
En este sentido no faltan detalles como por ejemplo el precioso mapa descriptivo a doble página del Bilbao de 1955 y una viñeta con el Bilbao contemporáneo, el pueblo de Hornos del Segura, o las diferentes localizaciones que vamos viendo a lo largo del trabajo, como por ejemplo El Arenal, El Teatro Campos, la Plaza Federico Moyúa, El antiguo Hotel Excélsior, las propias casitas de hojalata, la Estación de Abando, el Café La Granja o la interesante descripción del cielo plomizo del Bilbao de antes del cambio climático, y un montón de ubicaciones más, todo ello dibujado con gran realismo; o incluso detalles de la cotidianeidad de la época, como los autobuses rojos de dos pisos, los trolebuses, la furgoneta DKW de reparto de El Correo, o la de Cerveza La Salve, los famosos barquilleros, el biscuter o el triver, la Pastelería New York, y un largo etcétera que dan a este cómic un valor realista/documentalista muy importante. Incluso en el cómic se hace mención a Blanca Estrella, presidenta de la Asociación Clara Campoamor, Imanol Zubero y Xabier Aierdi, los tres con reflexiones sobre la inmigración y su integración en el tejido social de Bilbao.
Pero también vemos prácticas sociales de la época como el alojamiento en las “patronas”, unas pensiones en las que se alojaban cuando llegan por primera vez a la ciudad, los juegos infantiles, las antiguas escuelas nacionales, el estraperlo, la importancia del cine en esa época, los antiguos lavaderos, el cuidado de la imagen que la familia tenía, los colmados y dentro de ellos a destacar la balanza de pesar, la ayuda americana en forma de leche en polvo, la solidaridad vecinal y entre paisanos, la adaptación a las tradiciones de su lugar de acogida, o la costumbre de llamar maquetos o coreanos a las personas que venían de fuera.
Las crónicas de la época nos dicen que en una visita que el dictador Franco realizó a Bilbao en 1958, a propósito de la inauguración de la Feria de Muestras de Bilbao según unos, o de la visita a la Fábrica de Sefanitro según otros, observó la proliferación de estas chabolas construidas y que afeaban la imagen de Bilbao, por lo que se decidió poner fin a las mismas, emprendiendo el Ministerio de la Vivienda a través del Plan de Urgencia Social la construcción, en 1959, del gran barrio de Otxarkoaga, barrio compuesto por 3.672 pisos, que se construyó en el tiempo record de 18 meses y que a pesar de que las autoridades los presentaban como un barrio moderno y modélico adolecía de muchísimas carencias de todo tipo, de forma que no quedó plenamente urbanizado y terminado hasta el año 1992. Las primeras voladuras de los asentamientos chabolistas comenzaron el 29 de agosto de 1961 en el Monte Banderas hasta hacer desaparecer todas las chabolas que rodeaban a Bilbao.
El dibujo es detallista con el paisaje, edificios, detalles del Bilbao de la época y las propias chabolas, pero no lo es tanto con las personas, cuyos trazos no están tan conseguidos, aunque en general están bien, aunque tienen un menor acabado y de detalle en su elaboración, de manera que incluso nos encontramos con viñetas en las que sobre la base del tronco de la persona les inserta la cabeza de los protagonistas, pero en una composición que no guarda la debida relación y proporcionalidad. Se nota que su autor, Josemi Benítez, es el responsable de la sección de Infografía de El Correo, ya que el dibujo y la composición siguen los mismos patrones que los trabajos que realiza para el periódico, trabajos muy bonitos y por los que Josemi ha tenido innumerables reconocimientos, pero que a la hora de hacer un cómic completo este tipo de trabajo y forma de dibujar no destaca tanto. El cómic se publicó inicialmente por entregas en el periódico y en la web de El Correo, hasta su edición en cómic de tapa dura.
A modo de epílogo el cómic termina con dos mensajes del autor y un artículo de Solange Vázquez, también periodista de El Correo donde nos resume las impresiones que sacó del trabajo periodístico de entrevistas a los primeros habitantes de Otxarkoaga. Y por último, el trabajo los cierran dos bellas imágenes cargadas de simbolismo; la 1ª representa el hermanamiento entre Bizkaia y Andalucía, hoja de roble y ramillete de aceitunas entrelazados, y la 2ª con las llaves de la casita de hojalata y de la nueva casa de la portería de Hurtado de Amezaga, entiendo que como símbolo positivo de la integración, la superación de todos los problemas y el progreso social y económico.
VALLECAS LOS AÑOS DE BARRO
Vallecas, los años de barro: Publicada por Hoy es Siempre Ediciones, 82 páginas, color. Guion Rodolfo Serrano. Dibujo Román López-Cabrera.
Rodolfo Serrano (Villamanta, Madrid, 1947), periodista, ha trabajado para medios como El País o el diario Que!. Ha escrito varios libros sobre la historia de España y del franquismo, también ha escrito poesía, letras de canciones y el guion de este cómic. Su juventud la vivió en Palomeras Bajas. Es el padre del cantautor Ismael Serrano.
Román López-Cabrera (Jacarilla, Alicante, 1988). Es autor de los cómics Memoria de una guitarra (interesantísimo cómic que nos habla del franquismo, el exilio, la transición, todo visto desde el punto de vista de los cantautores), La confesión, 1643: Rocroi, Miguel Hernández. Piedra viva, y Mad Market. También ejerce como músico y cantautor ocasional. Es autor de una novela y de varios poemarios.
Esta obra, al igual que la anterior, también nos cuenta cómo se formó el barrio de Palomeras Bajas, en Vallecas; también está contada en flashback, y lo hace también a través de un niño, Carlos, alter ego de Rodolfo Serrano, que nos relata cómo él y su familia fueron a vivir al barrio de Palomeras, en 1958, cuando Carlos tenía unos 3 o 4 años; y al igual que en el anterior cómic, se trata de un barrio que se forma ilegalmente, producto del aluvión de personas que en esa época se desplazaban desde distintos lugares, y que al igual que en el cómic anterior al principio tuvieron que vivir en casa de unos familiares hasta que pudieron construirse su propia chabola de 20 m2, construida también por la noche, con la colaboración de los vecinos y vecinas, que necesariamente tenía que estar levantada y con el tejado puesto antes del amanecer. Esta vez la construcción se hace un sábado y el domingo ante el mandato de la autoridad de derribarla, el padre Llanos, jesuita afiliado al PCE, lo impide alegando que el domingo sólo se trabaja con el permiso del cura, y él niega ese permiso, con lo que la chabola no se derriba.
Este trabajo se cuenta en 1ª persona a través de Carlos que se acaba de jubilar de su trabajo como periodista, pero que siente la necesidad de recordar su infancia y contarla, de forma que en al cómic vemos cómo se creó el barrio, cómo era la vida en él, los personajes que lo habitaban y sus vivencias. Poco a poco va reconstruyendo la historia, y lo hace por las noches porque no puede conciliar el sueño y aprovecha para escribir. Además, igual que pasaba en el cómic Ronson, la memoria es engañosa, de forma que todo es producto de la combinación entre memoria y nostalgia, sin determinar cuál es más importante ya que ambas se combinan perfectamente.
Como el propio Rodolfo Serrano nos dice: “Esta es una historia de superación. Es una historia colectiva. La del nacimiento de un barrio, la de su vida cotidiana, la de sus gentes. Gentes que se apoyaron mutuamente en los momentos difíciles, que se ayudaron y compartieron esperanzas y sueños y lucharon por construir su futuro. Es también un reconocimiento a los hombres y mujeres, a los chavales y chavalas que, en un entorno difícil, lograron transformar todo un barrio, cambiar sus vidas y demostrar que los grandes acontecimientos son posibles cuando detrás de ellos está la voluntad de un pueblo”.
La obra consta de 7 capítulos, y según sus autores todos los personajes y las historias que se cuentan son reales. Por sus páginas pasan Pepe el Bruto, un joven que de bruto no tiene nada y al que le toca cuidar de su madre, su hermana y sus sobrinos; a Tomás y Eleuterio, dos comunistas veteranos, uno caído en desgracia dentro del partido, y el otro detenido por la policía continuamente, para los que Rodolfo tiene las siguientes palabras: “Los viejos comunistas. Los recuerdo por las calles del barrio. La cabeza muy alta y baja la mirada. En sus cuerpos podía adivinarse un recuerdo de cárceles y golpes”; a la señora María que solidariamente se trajo a una muchacha y su hijo recién nacido a vivir con ellos porque no tenían dónde ir; a Gabrielón, ex minero de la JOC, “cristiano y rojo” y uno de los líderes naturales de Palomeras; a los falangistas del barrio, algunos de ellos seguidores de Manuel Hedilla; al que llaman El Divino Hijoputa, policía de la Brigada Político Social, confidente y torturador, y muchos más personajes, que salvo los adictos al régimen, que vivían en mejores viviendas, son todos ellos gente humilde y sencilla, que ponen alma a esta historia colectiva.
Pero sobre todo vemos un barrio que está vivo, organizado, que lucha por vivir dignamente y cómo se organizan para poder conseguirlo, de hecho estaban tan organizados y eran tan combativos que al barrio lo llamaba “La Rusia chica”. Vemos como las mujeres se movilizan y van diariamente al ayuntamiento para traer la luz eléctrica al barrio, la imaginación y picaresca con la que consiguen las células de habitabilidad; el barro, que se les pegaba al calzado y les deba un aspecto de pobreza y como , cuando iban al centro, para que no se les notase, llegaban a forrar sus zapatos con plásticos, la importancia de la escuela y la maestra, la primera TV, la escucha clandestina de la Radio Pirenaica, el miedo, las asambleas vecinales en la iglesia, la pobreza e incluso el hambre y muchas más cosas, que lamentablemente, en pleno siglo XXI no han desaparecido, como nos recuerda cómo vive la gente en la Cañada Real.
Mención aparte merece el Capítulo 6, en el que vemos las graves inundaciones que sufrió Palomeras Bajas, que convirtieron en un lodazal el barrio y acabaron con las pocas posesiones de sus habitantes, pero que impulsa una reacción de organización, lucha y rebeldía de sus vecinos y vecinas que provoca una durísima intervención policial y represión, que va a influir poderosamente en la publicación de un 2º cómic, en el que, entre otras cosas, nos contarán como producto de todas estas movilizaciones se constituirá la Asamblea de Vecinos de Palomeras Bajas.
El cómic termina con una dedicatoria que resume muy bien la intención de este trabajo: “A los hombres y mujeres que, con su lucha y dignidad, construyeron un mundo mejor. Y, muy especialmente, a aquellos que ya no están con nosotros y que vivirán siempre en el alma del barrio”.
Dos más que interesantes cómics que reflejan muy bien un periodo, el del franquismo desarrollista, algunas de sus características, y sobre todo el problema habitacional que generó, presentando el mismo con dos miradas muy diferentes pero complementarias. En Las casitas de hojalata la presentación de este problema se hace de una forma más neutra, solamente descriptiva; mientras que en Vallecas los años de barro, no solamente nos describe este problema, sino que además está presente una poderosa crítica social y un especial interés en describir a todo un barrio organizado.







