Este artículo lo escribo como respuesta al de Pascual Serrano, “La trampa de la visibilidad”. Porque creo que este debate y otros muchos deben darse en Mundo Obrero, por razones obvias para cualquier comunista.
Lo hago desde el intento de comprensión de lo que expresa un camarada.
En enero de 1997, Diego López Garrido, portavoz de la Nueva Izquierda, escribió un ensayo breve, “La Izquierda”(1). En aquel momento, publiqué una crítica en Realidad, órgano de la Unión Provincial de CC.OO. de Sevilla. Venía a señalar cómo existía una izquierda que daba como inalterable el núcleo del sistema. Es decir, que no cuestiona el capitalismo, ni su estructura económica ni social. Pero que pretendía diferenciarse de la alternativa aún más conservadora, poniendo en primer plano cuestiones de libertad personal, que chocaban con ese poso nacionalcatólico carpeto-vetónico.
Existe una izquierda que no cuestiona el sistema y que ha querido tener su nicho de mercado en la defensa de las diferencias. Ese era el caso de la Nueva Izquierda, y por supuesto, del PSOE.
Por otra parte, se han conseguido avances sociales como el matrimonio igualitario o las leyes contra la violencia de género. Avances impactantes para los tíos que hemos crecido en otro tipo de sociedad.
Sin embargo, debo plantear algunas cuestiones desde la experiencia. No la del hijo de un muerto por ELA, que también. Sino como educador en la ONCE durante más de tres décadas.
Trabajamos en un ámbito, el de la ceguera, desconocido para quien esté fuera de nuestra profesión. Sin embargo, para la vida más o menos normalizada en la sociedad, la persona ciega necesita que el entorno social conozca y comprenda la ceguera. Son innumerables las dificultades que este desconocimiento comporta. Intentaré no entretenerme en los detalles que en el día a día son mucho más que detalles.
En talleres de sensibilización, intentamos ponerte en situación de una persona ciega durante un rato. Y desde ahí, explicar cómo la persona ciega percibe el espacio, cómo se relaciona en un grupo del que no tiene toda la información, cómo se mueve en una ciudad a pesar de los obstáculos que ponemos, cómo hablar normalmente -sin forzar el lenguaje para intentar no llamar ciego a quien es ciego-, cómo describir nuestro entorno físico aun cuando no pensamos que sea necesario…
Visibilizar la ceguera no es la búsqueda de una cuota de mercado. Es la necesidad de llevar a la sociedad un conocimiento, un entendimiento que permite a muchas personas vivir una vida lo más plena posible. Y no compite (no estoy hablando ahora de la institución ONCE, sino del esfuerzo de incorporación social) con otras discapacidades.
Hoy se está produciendo un hecho, desde mi punto de vista, más radical. He podido comprobar que hay muchas personas que ni se imaginan que existen personas sordociegas. Pero hoy hay un nuevo bastón en las calles, un bastón rojo y blanco que visibiliza lo invisible, que esa persona es sordociega.
Como muchas personas con discapacidad, el sordociego era ocultado. ¡Cuántas personas han vivido encerradas por su discapacidad!. Por ejemplo, cuando cerraron el Manicomio de Sevilla, después de la movilización de “Salta la Tapia”, encontraron que allí sobrevivían personas sordociegas, que habían acabado allí porque “qué se va a hacer con ellos”. También había mujeres perdidas, toxicómanos, síndrome de down…, todo aquello que no se quería ver.
Tras algunas décadas de educación especializada y el avance tecnológico que significa el implante coclear, hoy hay una generación de chicas y chicos sordociegos que estudian, trabajan o están en el paro (como muchas otras personas). Pero en mi barrio, algunos sábados por la mañana me encuentro con dos chicos con bastones rojos y blancos, que quedan en una plaza y cuando se encuentran se van a cervecear…. Nunca había pasado esto y este esfuerzo de visibilizarse, de hacerse presentes en la sociedad debe ser acompañado y reivindicado por la izquierda que reclama un auténtico cambio social.
La “normalidad” es un estrecho camino que muchas personas no pueden transitar. Si, además, es la competencia entre individuos la base de las relaciones sociales, cualquier discapacidad será aprovechada como una desventaja competitiva.
No soy un militante que se despiste. El objetivo es el socialismo. Pero no me imagino proclamar el socialismo sin este tipo de incorporación masiva de capas sociales que han sido marginadas. Porque no creo que socialismo sea una palabra mágica que lo solucione todo. Si llegamos al socialismo “macho”, seremos “macho”.
Por ello, lo que no parece admisible es que quiera confrontar la lucha global con la de las particularidades, todas salidas del armario de lo que no se quiere ver.
(1).- López Garrido, Diego: “La Izquierda”. Ed. Destino, 1997.







