Si me preguntaran qué pienso de los Estados Unidos de Norteamérica en estos momentos, diría sin titubear que está en la peor crisis moral de su historia, agravada por Donald Trump.
La concentración del capital en muy pocas manos y el saqueo descomunal de países sometidos, atacados, invadidos o controlados por los denominados golpes blandos, electorales o judiciales rompieron los esquemas tradicionales de la exportación financiera.
Esa fue la base de su expansionismo. Ahora, a raíz de esa concentración de capitales, su credibilidad internacional cayó de tal manera que su influencia cultural, política, diplomática y hasta filosófica tuvo que ser reemplazada por la fuerza militar.
Las repercusiones negativas internas de esa pérdida de prestigio internacional, y las consecuencias del saqueo traducidas en olas migratorias hacia el territorio del ladrón y sus compinches en Europa, fueron las aguas que acumularon estas montañas de lodo que hoy cubren una institucionalidad desgajada de todo respeto y una constitución ultrajada.
La tragedia estadounidense no la provoca, pero la agrava la desagradable retórica de Trump, su estilo autócrata de gobierno, el cinismo y la crueldad de sus actos innatos de su egocentrismo.
Lo que ha erosionado la democracia y la credibilidad de esa nación es la inmoralidad generalizada del gobierno de Trump, cuyas raíces más profundas atañen a un régimen de producción y relaciones sociales caducas, que reaccionan con esas actitudes negativas ante la vida nueva que se abre paso.
Con su deshonestidad y falta de ética, Trump ha añadido a la crisis del espíritu de la sociedad estadounidense el factor moral, contaminando así a uno de los pilares básicos de la cohesión nacional.
Se podría hacer una larga lista de las causas de esa crisis moral, pero baste con citar algunas de ellas, como actuar por encima de las normas democráticas y constitucionales, la horrible degradación de su discurso público, una descarada institucionalización de la mentira sistemática, la difamación y las teorías conspirativas.
Hay muchas más: insulto a minorías, ataque a las instituciones democráticas, un autoritarismo trasnochado, romper los equilibrios internos políticos, económicos y hasta religiosos, así como los de política exterior, incluido desconocer el derecho internacional.
Eso sin mencionar los delitos penales, incitación al asalto al Capitolio, represión letal a migrantes, asesinatos a mansalva en alta mar, piratería, ataques a otras naciones sin mediar asunto legal, robo abierto de recursos naturales de otras naciones.
No vale la pena enlistar las atrocidades ilegales nacionales e internacionales que han afectado tanto la moralidad de los estadounidenses y que tanto conocen los organismos internacionales como la ONU, los tribunales y las instituciones de derechos humanos.
Lo que inquieta es que no se vea ni en Estados Unidos, ni en el resto del mundo, una reacción racional y lógica, legal o jurídica, apegada al Derecho Internacional que existe, aunque él lo viole, para detener su mano que puede conducir al holocausto.
No se observa ni por parte de la ONU como institución rectora, ni de la comunidad internacional, lo que hace creer que la pérdida de autoridad moral es global.
Una pregunta para terminar: ¿Cómo es posible admitirle a un jefe de Estado ufanarse de haber ordenado el asesinato de líderes mundiales, hundir embarcaciones, amenazar a otros gobiernos, burlarse de negociaciones internacionales después de firmar y comprometerse con acuerdos, o proclamar desfachatadamente que ha ganado miles de millones de dólares con el petróleo venezolano, y no pase nada?
Todos aceptan que Trump ha polarizado políticamente a EE.UU. como nadie ha hecho, a pesar del gran peligro que ello encierra. Pero nadie repara en que está creando una balcanización social, fragmentando a todos los estamentos de la sociedad, en particular la clase media y la burguesía obrera.
Es la fórmula encontrada para restarle fuerza a sus opositores y librar una batalla muy represiva contra lo que denomina la izquierda, englobando en ese término a cualquiera que se le enfrente, aunque sea ultraderechista.
Se acercan tiempos de tempestades. La deuda externa de EE.UU. bajará como rayos a las masas de la sociedad, y serán los más desvalidos quienes la sufran con mayor intensidad. Incluso, aunque haya suicidios de millonarios arruinados como cuando el gran crack bancario de 1930, preludio de la Segunda Guerra Mundial.
Estados Unidos ya es víctima de su propia ferocidad económica y financiera, pero todavía no se resiente. Los 39 billones de su deuda externa pesan demasiado, y por mucho más petróleo que le sigan robando a Venezuela, no resolverán el problema.
Esta vez la guerra —caso Irán— no fue una solución como en otras ocasiones. Ha sido peor. Algún perito con credibilidad debería decirles a los estadounidenses que Trump está colapsando a su país e incitarlos a actuar para detenerlo. Pero no se ven voluntarios a la vista.
La crisis moral es demasiado fuerte, potencialmente explosiva. Los acontecimientos se aceleran. Las elecciones de medio término del 3 de noviembre están al doblar la esquina. En ellas están en juego los 435 asientos de la Cámara de Representantes y un tercio de las 100 curules del Senado federal. No es tiempo de ver al toro desde detrás de la barrera.
Fuente: almaplus.tv







