La vieja meca de la cultura universal revienta por todas partes, contrariamente a lo que sucedió cuando fue considerada la hacedora del siglo de las luces y máxima expresión de la revolución científica, la prosperidad económica que financió el arte, la literatura y la filosofía hasta demostrar que el mundo operaba bajo la impronta de la racionalidad.
Pero ese esplendor quedó en el olvido al no saber gerenciar las situaciones que provocaron la primera y segunda guerras mundiales hasta caer en manos de Estados Unidos con el Plan Marshall, y perder su hegemonía cultural, moral y política, entregándola a un país formado por una sociedad con raíces chapadas en oro, no por historia, sin pilorriza, que se ganó al planeta a sangre, fuego y dólares.
Europa fue víctima de sus propias contradicciones y conflictos devastadores impropios de un reino de intelectuales y pensadores, pero egoístas, que defendían la libertad, la igualdad y los derechos del hombre en su propio suelo, mientras fuera de sus fronteras se convertían en todo lo contrario a lo que combatían dentro de su geografía, y pisoteaban esas mismas libertades en América, África y Asia.
Esta doble moral resquebrajó su autoridad ética ante el resto del mundo, y ellos mismos mutaron por su gusto a sujeto de las ambiciones estadounidenses hasta convertirse en rehenes del nuevo imperio al que ayudaron a fortalecerse.
Al final de cuentas, la Revolución Francesa, inspirada en la Ilustración, se hizo para crear un Estados Unidos que logró en un mínimo tiempo histórico ser el hegemón más extendido y cruel de los conocidos hasta su surgimiento hace 250 años.
Europa Occidental cayó en una noche eterna y nunca más ha visto salir el sol de la independencia y la soberanía. Los acuerdos de Bretton Woods se convirtieron en su grillete y poco después el Consenso de Washington los consolidó, amplió y fortaleció al liquidar sus monedas y el Tesoro de EEUU asumiera el control del dinero mundial. Y con ello, la institucionalización de un modelo económico liderado por Estados Unidos.
La creación del euro, años después, no le hizo al dólar las cosquillas que esperaban sus creadores, ni taponeó las grietas de la Unión Europea que parece jamás se van a cerrar.
Están dentro de las causas de la seguidilla de errores estratégicos que se mantienen, como, por ejemplo, no tener ni siquiera en cuenta —o al menos intentarlo— que su enemigo principal y la raíz de sus problemas es Estados Unidos, su verdadero colonizador, y no China ni Rusia. Allí radica la causa básica de su suicidio.
Desde hace años, la vieja Europa vive una especie de Primavera de Praga, pero sus líderes no la asumen, ni la ciudadanía se ha dado cuenta conscientemente de que esa es su realidad.
Lo que está pasando en estos días en Francia, Italia, España y Albania con las masivas olas de protestas que pudieran extenderse como la pólvora por toda Europa, podría convertirse en la semilla de un gran movimiento de rechazo al impertinente y desagradable gobierno colonial y fascista de Donald Trump, y a los graves errores estratégicos de sus líderes sobre las guerras en Ucrania e Irán.
Francia es el epicentro. París, Nantes, Saint-Étienne, Niza, Burdeos, Marsella, Lyon y Lille, entre otras ciudades, arden como Troya, y ni la represión brutal detuvo a los manifestantes. Hay hartazgo popular, pero no hay asomo de una alternativa que elimine el cisma social provocado por la pésima gestión de partidos y gobiernos.
Fuente: almaplus.tv







