El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tergiversó de forma vergonzosa las manifestaciones populares en Francia al achacar a los migrantes el caos reinante en el país galo.
«¡Hay que cerrar las fronteras, ya!», escribió el mandatario estadounidense, tomando a Francia como mascarón de proa para justificar las barbaridades que cometen él y su secretario de Estado, Marco Rubio, ejecutadas por el ICE, contra los inmigrantes a quienes criminalizan, encarcelan, asesinan y deportan en masa hacia terceros países al no poder hacerlo a los de origen, cometiendo así brutales crímenes de lesa humanidad.
En su plataforma Truth Social, el presidente mintió al asegurar que los inmigrantes se han apoderado de Francia, donde «lo que está ocurriendo no es otra cosa que una migración masiva fuera de control». Esto no tiene que ver con las escuelas, sino con que el islam quiere hacerse con el control de un país que en su día fue grande».
Es una vergüenza para los estadounidenses permitir que su presidente tergiverse de tal manera una realidad tan lógica y con causas tan evidentes en Francia y otros países europeos, incluido el propio Estados Unidos.
En EE.UU. quizás el incendio sea mayor, aunque las llamas no se vean porque es soterrado, y hasta con mayor amplitud, aun cuando la reacción popular no se haya expresado todavía en la forma en que está ocurriendo en Francia, Alemania, Albania, Italia, Reino Unido, España y otros.
Las encuestas no dejan dudas del descontento y el hartazgo del trumpismo en la mayoría de los estadounidenses, apreciaciones estas que pueden salir con fuerza en las elecciones intermedias dentro de dos semanas.
Las tergiversaciones de Trump, que incitan a los líderes europeos a reprimir con mayor ferocidad a los migrantes, tratan de ocultar la crisis global del sistema sociopolítico que los sustenta, que es la raíz del problema.
Este ha llegado a tal grado de descomposición global que les es imposible acorralar sus consecuencias, como es el desbordamiento popular que ha comenzado en Francia por la generación Z y se extiende a las posteriores nacidas completamente en este siglo XXI.
Los intereses y metas de los jóvenes poco o nada tienen que ver con los pasados de moda y únicos que pueden ofrecer líderes desfasados como Macron, Trump, Hertz, Netanyahu y todos los que buscan un regreso feroz y antihumano del nazismo.
Desde el punto de vista de la evolución social, los viejos resortes del capitalismo en esta etapa de desarrollo están vencidos, y el liderazgo actual, con su resistencia al cambio de época, se ha convertido contraproducentemente en acelerador de la transformación, la cual está enfrentando por la vía de la violencia y no de la razón.
Culpar a la migración de la revuelta en Europa y no reconocer sus causas reales es una admisión de la profundidad de la crisis del sistema socioeconómico capitalista y de que las reglas, normas y organización social que conformaron ese modo de producción ya no son las que rigen las relaciones sociales globales. Eso también explica por qué los factores de equilibrio y diálogo se deterioran y marchan hacia su extinción.
Como alertó hace solo unas horas el portavoz presidencial ruso, Dmitri Peskov, el mundo se ha quedado por primera vez en mucho tiempo sin una base jurídico-contractual en el ámbito de la estabilidad estratégica, y eso es muy peligroso.
Si se quiere buscar una paz real y duradera, la única forma es mediante un acuerdo global de las principales potencias mundiales que implique un cambio profundo en las relaciones económicas, políticas, diplomáticas y militares, sin subordinaciones, sanciones, bloqueos, repartos territoriales ni el uso de la fuerza.
El origen de las protestas masivas en Francia no está en las causas que se le atribuyen de una crisis del sistema educativo público, el encarecimiento del costo de vida y los recortes presupuestarios, desmintiendo las afirmaciones de Trump sobre los migrantes. Esas son consecuencias de la decadencia del capitalismo y de la crisis del espíritu que ha generado.
Crisis en la educación pública, en las aulas, inflación galopante y subida del costo de vida, pérdida de poder adquisitivo del salario o del ingreso familiar, políticas antisociales del gobierno de Macron, desilusiones generacionales, son los detonadores de la crisis, pero no la causa, la cual radica en el desgaste de un sistema que agotó todos sus recursos de creatividad, persuasión y encanto. Ya sus feromonas no atraen a nadie, sino lo contrario, alejan a todos.
Que Trump haya identificado la migración con la crisis es más importante de lo que él mismo se imagina, pues se puede sacar en conclusión que se está adelantando a lo que pudiera acontecer en Estados Unidos si escala más todavía la represión interna.
Si alguna chispa de la rebelión europea salta al continente americano y prende en Washington, Nueva York, Texas, California o Buenos Aires, Bogotá, Lima, La Paz, Quito, Tegucigalpa, San Salvador, Asunción o Santiago de Chile, aquel fuego que incendia a Europa podría hacer arder la pradera en este hemisferio en magnitud no imaginada.
Y, ¿por qué puede saltar una chispa? ¿Por qué puede arder América? Pues, porque la causa real de la crisis francesa no es propia ni exclusiva de un país, sino de un sistema común para todos ellos y la gran mayoría del mundo: un capitalismo que hace aguas.
No decimos que en Francia se esté cuajando el cambio de época, ni que obligadamente París se convierta en el Nerón del mundo, sino advirtiendo que la dialéctica existe, que las contradicciones son el motor del movimiento y que el tiempo no solamente transcurre, sino que a su paso provoca mutaciones, convirtiendo en pretérita la actualidad y creando desde este presente incierto un futuro quizás más esperanzador.
Así ha ocurrido desde antes de nosotros y seguirá sucediendo después de nosotros, aunque haya intentos desesperados por hacer creer lo contrario o tergiversaciones vergonzosas de la historia, del tiempo y del espacio, que esas mismas dimensiones se encargarán de desmentir más temprano que tarde.
Fuente: almaplus.tv







