Cuando eliges bien el reparto de una película, los actores y actrices que dan vida a los personajes y que, gracias a su buen hacer, serán capaces de transmitir la emoción, consiguiendo que los espectadores rían, lloren, se enamoren, pero, sobre todo, reflexionen, si aciertas con eso, ya tienes asegurado el éxito, al menos, en un 75%. Y no me refiero al éxito comercial, que también, sino a intentar que, tanto los artífices de la obra, como quien la recibe, acaben siendo mejores personas, porque de eso trata el arte y la cultura. Lo del mero entretenimiento es decoración y, como las flores colocadas en un jarrón, por muy de porcelana china que éste sea, con el paso del tiempo, se marchitan.
Lloramos al ver “La lista de Schlindler”, “El niño con el pijama a rayas” o “La vida es bella”, porque el rostro de las víctimas y sus nombres, son los de sus intérpretes. Nos identificamos con el sufrimiento del soldado estadounidense veterano del Vietnam, le perdonamos sus desvaríos e imperfecciones, porque conocemos su historia. Incluso somos capaces de viajar al pasado y colocarnos del lado de un aristócrata romano, cuando el infortunio le convierte en gladiador. Pero, al mismo tiempo, precisamente por carecer de nombre y rostro, asumimos la interminable lista de niños asesinados en Palestina, desconocemos la identidad de los millones de vietnamitas masacrados en nombre del imperialismo o pasamos por alto el horror de la esclavitud a manos de los patricios de Roma.
Los blancos y rubios son los buenos y el resto, sospechosos de no serlo; los asiáticos, siempre bajo una nube de misterio y desconfianza; los latinos narcos o marrulleros; y los árabes, sean ateos, cristianos o musulmanes, terroristas. La incomprensible pasividad ante la emergencia climática, se explica porque en el fondo del imaginario colectivo, anida la esperanza de que un superhéroe vendrá a resolverla.
Los tiempos han cambiado. Si antes era el cine quien trataba de imitar a la vida, hoy en día, es la vida la que, peligrosamente, imita al cine.
De nada vale explicar la realidad del mundo con el que nos amenaza el fascismo, si no conseguimos que la población lo identifique con la misma facilidad que el lenguaje de la imagen le ha acostumbrado. O, mejor dicho, la misma facilidad con la que el poder ha usado la fuerza de la imagen de manera espuria.
Pero, sin embargo, en contra de lo que mucha gente piensa, el cine —uso ese término, porque lo de audiovisual no me gusta— es uno de los trabajos más democráticos que existen. Cada uno de los que intervienen en una película, desde el productor hasta el que friega el decorado, en un momento determinado, son igualmente decisivos. Sin la financiación, el espectador nunca vería la película, pero si el suelo de un palacio no brilla, ese mismo espectador nunca se creerá el lujo que pretende mostrar la historia.
El protagonista que lleva el peso del drama, nada podría hacer sin la mirada de escasos segundos que le lanza un niño con el que se cruza por la calle. Ambos, niño y protagonista, son igualmente responsables de la emoción que transmite la obra.
Nada hay más terrible para cualquiera de los que intervienen en una película, que alguien diga que su fotografía, música, decorado o actuación, son muy buenas. Lo que todos desean es que la bondad esté en la película, en su conjunto. No hay oficio más solidario que el del cine.
Y tal vez la dinámica de la política debería aprender de eso. Si queremos frenar al fascismo global que, no solo se está adueñando del mundo, sino, lo que es aun peor, de la mente de quienes lo habitan, es imprescindible la unidad de todas las fuerzas de la llamada izquierda en un frente amplio, alrededor de un programa de puntos básicos comunes a quienes creemos en la igualdad y la justicia social.
Así que, volviendo al cine, conviene elegir bien el reparto, porque, como decía el maestro John Ford: “el paisaje de las películas son el rostro de sus intérpretes”. Y el rostro de esa unidad, de ese conjunto de fuerzas de progreso, su cara visible, no sólo tiene que inspirar confianza, firmeza, valentía o esperanza. También, y, sobre todo, cercanía y generosidad.
Que no nos dé miedo equivocarnos por no repetir los caminos que ya recorrimos. Quien no se equivoca, es porque nunca hizo nada.








