Desde hace mucho tiempo, Cuba mantiene firme una divisa que ojalá se universalizara: la mejor guerra ganada es la que no se hace, y eso le ha permitido sobrevivir 67 años a las acciones más despiadadas de un poderoso vecino en el norte para apoderarse de la isla sin importar el medio para hacerlo, ya sea guerra económica, militar o mediática.
En respuesta a esa geofagia, hace 67 años también que Cuba contrarreplica esa obsesión imperial y fascista, con el pensamiento preclaro y previsor de José Martí ejecutado en su máxima potencia por Fidel Castro, y defendido por Raúl: «impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América».
Es el sustrato de la apetencia desmedida, canallesca e intolerable de Donald Trump y Marco Rubio, este último lastimosamente de ancestros cubanos—pues él no lo es—, quienes ahora ya no pueden esconder sus entrañas enfermas y podridas buscando renacer el infame episodio de los criminales “Hermanos al rescate”, cuando la propia Agencia Central de Inteligencia y la Casa Blanca, reconocieron la justeza del gobierno cubano de derribar sus dos naves y advertirles a José Basulto y demás mercenarios que no continuaran sus provocadores sobrevuelos porque era justo y lógico que en algún momento los cubanos reaccionaran, y con toda la razón.
¿Por qué sacar a colación ahora un tema provocado hace 30 años desde EEUU, de tan documentada violación del espacio aéreo cubano con fines agresivos, y la tolerancia del gobierno estadounidense hacia sus autores quienes, además, no fueron enjuiciados ni sancionados?
¿Por qué se le añade una acusación indecorosa y perversa que afecta la integridad moral y física de líder cubano Raúl Castro, rodeadas de amenazas fascistas, malvadas, de hombres que actúan por encima de la ley y de la justicia, no solo de su país, sino del orden mundial, como Donald Trump y Marco Rubio, y se les debe tolerar y admitir?
La posición de Cuba de negociar, llegar a acuerdos y construir una relación pacífica bilateral de beneficio mutuo, no ha variado en 67 años desde que, por iniciativa cubana, se buscaron soluciones reales y legales a las afectaciones lógicas en los procesos de nacionalización de propiedades extranjeras —hecho diferente a la incautación—, que todos los interesados aceptaron, excepto EEUU porque ya Washington se había juramentado con la guanera batistiana contra esa segunda independencia de los cubanos.
Diez décadas intentando dialogar, negociar, acordar, y soportando, en cambio, una escalada sistemática de lo que fue, en un inicio, un bloqueo económico, comercial y financiero, transformado en una guerra económica descomunal con fines de exterminio de la población, intensificada a la máxima potencia por Trump, al apretar más la soga al cuello a una población ya carente en forma absoluta de recursos para la sobrevivencia.
Mientras impone el bloqueo petrolero —que tiene al país casi ciento por ciento sin energía—, y anuncia todos los días alguna nueva medida hacia el pueblo para incitarlo a rebelarse contra el gobierno.
Ante ello, Cuba mostró su buena voluntad al seguir optando por el diálogo, y recibió en su territorio, como “Juan sin miedo”, al jefe de la CIA en su papel de mensajero de las amenazas y chantajes de la Casa Blanca y el Departamento de Estado, mientras el Pentágono prepara el mismo escenario en aguas del Caribe que usó en el caso de Venezuela.
El asunto Cuba no debería pasar desapercibido para el resto del mundo, incluido el pueblo de Estados Unidos, como tampoco la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán, porque ambos acontecimientos marcan el momento en el que se está decidiendo el futuro de la humanidad.
Irán y Cuba son expresiones del cambio de época que transcurre ante nuestras propias narices y parece que quienes tienen que estar en alerta y atentos al mar de fondo que mueve las cosas en la superficie, se están dejando llevar por una realidad fabricada, como es la producción al mayor de guerras de todo tipo que en año y medio ha generado Trump, como espejismo para ocultar el desgaste acelerado de un modo de producción que ya se agotó y que, tarde o temprano, estallará como una granada de fragmentación.
Es muy simple, pero al mismo tiempo de gran complejidad para su asimilación, porque se trata de la caída irreversible del imperialismo estadounidense, los últimos días de Pompeya que durarán no se sabe cuánto tiempo, pero sin dudas su póstumo tramo.
Los intereses que hay detrás de este período de transición hacia no se sabe qué futuro, harán todo lo que esté a su alcance para demorarlo infinitamente, aunque la sangre ajena les chorree desde sus manos y gotee al piso desde el codo.
Sus tergiversaciones, mentiras, engaños, crímenes, violaciones, agresiones, guerras, ofensas, ultrajes, despiden un destello tan enorme que apenas si dejan ver el cambio en el que todos participamos. La batalla de la humanidad debería tener como centro el abrirle el paso a la nueva era para que transcurra en paz, no en guerra.
Cuba lo ha intentado y lo seguirá intentando. En las accidentadas negociaciones con Estados Unidos —que no es debilidad sino fortaleza— ha demostrado que la forma de solucionar los problemas y de impedir que el hombre desaparezca como especie, es la paz, el diálogo, la convivencia pacífica, la cooperación con beneficios mutuos, y la no injerencia en los asuntos internos de cada estado.
Para conquistar esa relación sensata y fértil en beneficio del ser humano, habría que aplicar la fórmula de Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), el ministro de finanzas del rey Luis XIV de Francia, cuando dijo que «el arte de la tributación consiste en desplumar al ganso de tal manera que se obtenga la mayor cantidad de plumas con la menor cantidad de graznidos». Alcancemos la paz universal provocándole a la persona humana el mínimo posible de dolor y sufrimiento.
Fuente: almaplus.tv







