Este 13 de agosto se cumplen 100 años del nacimiento de Fidel Castro, y a lo largo de su productiva vida desde la juventud ortodoxa hasta el final de su existencia el 25 de noviembre, cumplió con la historia que le correspondió encarar la cual fue, para Cuba, un cambio de época, pues la revolución que encabezó desde el 26 de julio de 1953 dio un giro inesperado a los destinos de la nación y sentó las bases para crear un nuevo régimen social que distinguiría a la Isla de casi todo el resto del mundo.
En especial, concretó el más importante de los compromiso del Héroe Nacional José Martí y los próceres de 1868 y 1895, al engarzar aquella época de los gloriosos mambises y sus ideales independentistas sostenidas en la historia por eslabones principales como Carlos Baliño y Julio Antonio Mella y continuada por la generación de 1930 con patriotas insignes como Antonio Guiteras Holmes, Pablo de la Torriente Brau y Eduardo Chibás, y Rubén Martínez Villena, la de 1940 con la Constitución de aquel año que marcó un hito en la política nacional, y la de 1953 del natalicio del Apóstol, arranque para la continuidad con la de la Revolución Socialista que hoy llamamos la Generación de Fidel Castro.
El Comandante en Jefe fue el eslabón fundamental de esa cadena ideológica, nacionalista y patriótica que se ha mantenido siempre viva y activa, desde el 1 de enero de 1959 cuando los barbudos bajaron victoriosos de la Sierra Maestra y con la firme voluntad de enfrentar los ataques de los adversarios.
Inició lo que fue un reto no solamente para los teóricos que insistían en que el socialismo no podía construir a 90 millas de Estados Unidos, el bastión del imperialismo contemporáneo, saqueador de riqueza y mandamás de América. Pero sí se pudo empezar esa tarea a pesar de las agresiones y bloqueos, gracias a su genialidad política y sus convicciones patrióticas y martianas.
Y lo sostuvo durante más de 30 años continuados hasta que las condiciones internacionales —y no fallas del sistema, más allá de los errores reales que se cometieron en una empresa de tal naturaleza y magnitud—, lo permitieron en medio de un recrudecimiento del bloqueo que se fue convirtiendo en una guerra de agresión despiadada e inhumana, hasta llegar a las expresiones fascistas y malthusianas de hoy.
El revolucionario nunca está satisfecho con lo que hace y siempre quiere y trata de superarse a sí mismo, y así fue siempre Fidel, quien, aun enfermo, nunca abandonó su optimismo de convertir a Cuba en el país más desarrollado social y económicamente de esta región.
Ahora su generación, la que fue forjando a golpe de mandarria como el herrero al hierro en el yunque, tiene las tareas urgentes, como las tuvo la generación del centenario, que fue la que inició el cambio en Cuba e inspiró al mundo para seguir su ejemplo.
Como el revés del Moncada, o de Alegría de Pío, y como también lo sufrió el chavismo más tarde aquel 4 de febrero de 1994 con su fallido golpe de Estado, la generación del centenario de Fidel tienen la responsabilidad de salvar la revolución y las conquistas del socialismo bajo el pensamiento y la acción del Comandante en Jefe, en un espacio y tiempo que varía muchísimo del que enfrentó en 1953, en la guerra necesaria en la Sierra Maestra, y en la construcción del socialismo después de Playa Girón y la Crisis de los Misiles en 1962.
Estamos en un escenario diferente por el hecho de que hay un cambio de época que el imperialismo percibe, y arrecia su oposición porque conoce que no es una simple transformación y que lo que venga, sea lo que sea, será perdurable, porque el mundo ya no se puede dar el lujo de continuar como está.
Es un momento de suma complejidad que puede conducir a la humanidad a un desastre, y esta generación no flaqueará. En el contexto actual, y después de varios años de avances hacia un post neoliberalismo en ciernes y muy complicado, son naturales los retrocesos innegables del progresismo frente al conservadurismo en Latinoamérica, porque es ese sector retrógrado el que pierde terreno, aunque crea que lo gana. Es una falsa imagen y, como lo definía Fidel, un reflejo condicionado que, aunque chorreando sangre, no es el último párrafo de esta historia.
Fidel había advertido de esa quimérica matriz yanqui que tiene como objetivo hacer creer que todo se ha perdido y, por tanto, se debe dejar de luchar argumentando como una victoria imperial permanente, los retrocesos del progresismo, reales, pero no definitivos,
La generación del centenario de Fidel, que no se limita solamente a Cuba, está al pendiente de lo que está sucediendo en el continente a la luz de los golpes electorales que la tecnología comunicacional le ha permitido a la derecha perfeccionar como se ha visto en los casos de Argentina con Javier Milei, Ecuador con Daniel Noboa, El Salvador con Nayib Bukeli, Perú Keiko Fujimori, Honduras Nasry Asfura, Chile José Antonio Kast y Colombia Abelardo de la Espriella, todos resultado de la misma maquinaria de IA.
Es una etapa circunstancial, difícil, dirigida por la misma mano y no refleja la voluntad de la mayoría, sino el dinero y la posesión de las tecnologías. No nos amilanemos porque no es la primera vez que Washington toma el control de una parte sustantiva de América que sigue siendo nuestra como dijo Martí, y jamás la entregaremos sin lucha.
En esa coyuntura, América Latina y el Caribe deberían de tener más presente que nunca aquella alerta de José Martí hace 130 años: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”, y es a lo que convoca el legado de Fidel.
En esos países latinos, esquemas tradicionales de la democracia representativa que se pensaban chatarra política, han servido para un restablecimiento de la ultraderecha oligárquica que sobrevivió a los modelos populares de gobierno con los cuales se inauguró el siglo XXI.
La victoria electoral de la derecha en esos países que actúan en contubernio con el gobierno fascista de Donald Trump, perturba a muchos, pero no se puede perder de vista que son resultados de una violenta lucha de clases que la izquierda no debe dar por perdida, como desean los conservadores y fascistas de Trump.
Tampoco se puede obviar que esas batallas de la izquierda se han librado dentro de los mecanismos políticos burgueses sin desmantelar en esos países porque sus gobiernos populistas no echaron raíces ideológicas ni produjeron un cambio de la vida social, política, económica y jurídica.
No es el caso de México con la IV Transformación, ni de Brasil con Lula da Silva donde hay una lucha a abrazo partido contra las fuerzas neofascistas financiadas por Estados Unidos y apoyada por buena parte de la carcomida y equivocada Europa. Venezuela no se debe tomar como ejemplo, porque en lo más profundo del país el chavismo no está vencido y en algún momento resurgirá como el Ave Fénix de las cenizas en las que quieren convertirla. Recordemos que, en política, el tiempo no es tan líneal como parece serlo, y Fidel lo demostró.
Aunque no pocos eluden términos de la filosofía marxista, como si se trataran de malas palabras, hay en América Latina y el Caribe un fenómeno dialéctico de unidad y lucha de contrarios que opera en todas partes, pero de forma más visible en países con gobiernos progresistas donde la lucha entre lo viejo y lo nuevo es muy evidente.
Hace cierto tiempo, el ex vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera, advertía en Buenos Aires que probablemente los gobiernos post neoliberales en América Latina estén en un momento de descenso relativo y eso concierne de una manera directa a la batalla ideológica, pero al mismo tiempo recomendaba no tener miedo a esa situación y prepararse para la segunda oleada de conquista revolucionaria.
Quizás los teóricos revolucionarios se apuraron demasiado al proclamar en la época de Hugo Chávez, Lula, Evo Morales, Ernesto Kirshner y Fidel Castro, un post neoliberalismo todavía muy incipiente que empezaba a dar muestras de vida a la sombra de un socialismo del siglo XXI utópico.
Pero no se equivocaron en su visión de que el neoliberalismo llegaba a su fin (al menos transita por ese camino) y que el cambio de época era la única alternativa a una distopía brutal que se sigue construyendo y desarrollándose en Estados Unidos y Europa para desestimular a gobiernos progresistas y reinstalar naciones patriarcales.
En verdad, en lo que estamos es en una época de cambio muy fuerte, que es un período natural e indispensable para llegar al cambio de época. La IV Transformación de Andrés Manuel López Obrador, y su segundo piso con Claudia Sheinbaum, primera mujer presidenta en un país otrora machista, es un aliciente en ese proceso.
Concluyamos que este es el contexto, difícil pero trascendente, en el que se mueve la generación del centenario de Fidel Castro. Es dura y difícil, pero muy estimulante para librar la batalla.
El caso de Cuba es el ejemplo típico de la tremenda responsabilidad y la tarea histórica que le ha tocado a esta nueva generación. La guerra abusadora y criminal que le está imponiendo el gobierno de Donald no pasa inadvertida para nadie, ni para los propios yanquis.
Le ha tocado al presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez liderar esta gloriosa, valerosa y resiliente generación que ha dado muestra de tanto heroísmo al soportar un miserable e inhumano bloqueo que solo pueden ordenar aquellos que tienen el cerebro y alma podridos por tanta acumulación de ambiciones, de odio, desprecio y prepotencia. Ningún ser vivo, racional, que tenga las neuronas en su lugar y el corazón en el centro del pecho, sería capaz de actuar como los animales más feroces del planeta.
Con la misma hidalguía e ideales que los asaltantes combatieron hasta las últimas consecuencias contra el ejército de Batista atrincherados en los cuarteles Moncada y Céspedes, estos pinos nuevos del siglo XXI batallan por los de Fidel Castro en su centenario.
Ante las graves amenazas militares y económicas de Trump renovando sus apetencias anexionistas, retumban en esta nueva hora de los hornos los versos de Bonifacio Byrne que con tanta emoción y fuerza proclamara Camilo Ciefuegos aquel 26 de octubre de 1959 frente a la terraza norte del Palacio Presidencial en La Habana, en una masiva concentración popular precisamente para rechazar los ataques aéreos y bombardeos procedentes de Estados Unidos.
«Con la fe de las almas austeras,
hoy sostengo con honda energía,
que no deben flotar dos banderas
donde basta con una: ¡la mía!
Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día…
¡nuestros muertos alzando los brazos
la sabrán defender todavía!»
Que no lo duden los imperialistas yanquis. Así será, y en este centenario de Fidel el pueblo cubano, parado firme y su mano derecha en la frente, gritará una vez ¡Comandante en Jefe, Ordene!







