A relaxing cup of camaradería

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Puerta de Alcalá, Madrid. 21.01 horas del 8 de septiembre de 2013. Tensión. Nervios. Sorpresa. Decepción. Y, finalmente, lágrimas. La candidatura olímpica de Madrid 2020 ha sido eliminada. Sólo el titular de La Razón consuela el sentimiento de aquellos españoles ofendidos en lo más hondo de su pasión patriótica: “Tongo olímpico”. El Comité Olímpico Internacional les ha humillado. Pero al igual que en las tragedias clásicas, nunca parece haber final para el sufrimiento, y la eliminación por goleada de la candidatura es seguida del cachondeo malicioso e irreverente de los rojos impenitentes que celebran la debacle olímpica ajenos al dolor. Malditos.

No es para menos. La puesta en escena de Madrid 2020 es una muestra colosal del espejo cóncavo del callejón del gato. La presentación de la candidatura olímpica pasaría por un “remake” (leer “rimeik”) de la película Brutos, sucios y malos, de Ettore Scola. Con un simple cambio en el título -sucios por pijos- asistimos al retrato tragicómico y grotesco de la decadencia moral de los representantes españoles de clase alta. Y, como al final del largometraje, tras el cartel “the end”, una resaca de risas y una sensación inexplicable de repugnancia mal contenida.

Es cierto que nos han brindado momentos estelares: los figurantes mudados del escenario de las misas de Rouco en Colón para gritar en Alcalá «sí se puede» y «yo soy español, español, español»; la celebración de algunos de ellos cuando se dio a conocer el empate con Estambul creyendo que Madrid pasaba a la siguiente ronda; los comentaristas de televisión, desconocedores de las normas de votación, que contribuyeron a la confusión; el corte en la transmisión durante la presentación; el presidente del COE susurrando a la alcaldesa de Madrid con el micrófono abierto: “No ha preguntado eso, ¿quieres que lo complete yo, que ha preguntado sobre el paro?, después de una contestación incoherente a una pregunta sobre un país que se ahoga en el desempleo; descubrimos a Juan Antonio Samaranch junior, que también vive del chupeteo como su padre; la hermana del monarca, con la habitual soberbia de los Borbones, espetándole a una periodista: «Ay mona, rica, parecéis tontos…»; y el heredero al trono emocionando a los fans de las telenovelas disertando bajo una imagen gigante de sus hijas con camisetas personalizadas de la selección de fútbol. Me quedo con la frase al día siguiente de uno de los hooligans patrios, que bien podría apellidarse Carromero: «La mayor injusticia que he visto en mi vida; en esto hay mucho tráfico de influencias, mucha política”. Y es que ya se sabe, Botella, Rajoy, González y su séquito no son políticos, son trileros.

De la vergüenza ajena hemos pasado a las carcajadas histéricas de la indignación. En un país con el 27% de paro la candidatura ha costado, según datos estimados, 11,5 millones de euros en dinero público, y rozaría los treinta millones sumando los cuartos aportados por los patrocinadores privados. Para demostrar que seguimos sobrados de vanidad “precrisis”, la delegación española disfrutó de un hotel de cinco estrellas cerrado al público durante tres días para 300 personas, pagó el viaje de más de 100 periodistas, arrendó un piso de 200 metros cuadrados en el barrio más caro de la ciudad y, para reivindicar la degustación de embutido ibérico como deporte olímpico, se llevó al campeón mundial de corte de jamón y 170 quilos de pernil de bellota para una exhibición de fileteado. Además de alquilar un salón exclusivo para entrenar los magníficos discursos que se pronunciaron en la asamblea del COI y, por supuesto, para presionar a miembros del organismo olímpico.

Dopados con dosis excesivas de jamón ibérico, los representantes españoles deliran ante las cámaras. Mariano Rajoy y su homólogo en la Comunidad de Madrid alardean de la recuperación económica en España, de «la fuerte y sólida economía que ha emergido de la recesión». «Toda España quiere los juegos», asegura el príncipe. Y ante los dardos envenenados lanzados por insensatos extranjeros sobre la lucha contra el dopaje y la disponibilidad de infraestructuras necesarias para los Juegos, se defienden como haría Paco Martínez Soria en el concurso de míster universo. No dijeron que Gallardón aún debe a los bancos el 80% de los 9.800 millones de euros que invirtió en maquear Madrid. 5.988 millones de euros de dinero público de la Comunidad y el Ayuntamiento fueron para infraestructuras vinculadas a las tres candidaturas olímpicas. 6.536 millones de euros, si se suman los 504 millones gastados también en instalaciones deportivas cuyos rastrojos servirán para dar de comer a los cerdos de la próxima candidatura.

Pero el momento estelar de la noche llegaría con la sobreactuación cutre, ordinaria y casposa de una memorable Ana Botella haciendo el ridículo más espantoso en un idioma inventado. Y conste que Felipe de Borbón y Pau Gasol hablaron en correcto inglés diciendo parecidas sandeces que las de la alcaldesa. Incluso el cartel que identificaba al heredero del trono sonaba con cachondeo: “H.M.H. THE PRINCE OF ASTURIAS”

Tras el fracaso, y para demostrar que los chicos de CiU comparten con el PP la patria común de los memos, el alcalde de Barcelona aprovechó para presumir de su candidatura a los Juegos Olímpicos de Invierno. Cualquier día organizan una cadena humana tocados con barretinas de esquí al grito de “sí es pot» y «jo sóc català, català, català», o vemos a Artur Mas practicando salto de esquí en la muntanya russa del Tibidabo. Ya puestos…

Lo más grande de Madrid no está ni en la plaza Mayor, ni en Eurovegas, ni en los Juegos Olímpicos, sino en San Fernando de Henares. Por eso, I went to Fiesta del PCE to take a relaxing cup of camaradería.

— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

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