Hay que echar a andar ya

Decía Gramsci que sólo se podía prever la lucha pero no los momentos por los que ésta pasa ya que estos no son más que la resultante de fuerzas contradictorias en continuo movimiento. El momento electoral que acabamos de pasar es la resultante del hastío y pérdida de legitimidad del sistema político, pero también de las operaciones gatopardescas lanzadas para su recuperación, y, a la vez, de las contradicciones de dichas operaciones. De la falta de reacción ante los cambios y del deslumbramiento ante los espejismos. De la autocomplacencia y el miedo, y del aventurerismo. Y de muchas más fuerzas que no soy capaz de enumerar, todas ellas cargando a sus espaldas con sus propias antítesis. La única constante de la situación es que sigue evolucionando, a veces lentamente, a veces caóticamente. Y no necesariamente para mal, sino más bien lo contrario, aunque a veces nos arrolle. Que Madrid, Barcelona, Zaragoza y Valencia dejen de estar en manos del PP o del PSOE sin pasar necesariamente a la alternancia bipartidista, es algo más que simbólico. Que el soberanismo interclasista haya cedido terreno a Guanyem y al extraordinario proceso gallego sin necesidad de pasarse al españolismo, resulta alentador. Que el euro y las bolsas caigan, a mi me hace tilín.

Las transiciones no son procesos limpios, cortes perfectamente delimitados. Son fracturas viscosas, con desgarros, en los que los cascotes te pueden caer encima, unas veces merecidamente, otras de forma injusta. Y duele, claro que duele. Pero sería un error funesto el lanzarse a un ajuste de cuentas interno aunque todos podamos encontrar argumentos que avalen provisionalmente nuestras actuaciones. El hecho cierto es que las cosas están cambiando y los cambios pasan sólo parcialmente por nosotros. El problema es que haya una parte de nosotros que no está en la melé, sino agazapada esperando que todo se desinfle. Lo cual es un error porque ni los méritos del pasado son garantía de futuro ni éste volverá a ser lo que era. Pero sobre todo es una dejación, porque podemos y debemos influir en la dirección de los cambios. Aplicar toda la capacidad posible a conseguir que se cuestione al régimen. Contribuir a que se consolide un bloque social alternativo suficientemente fuerte y organizado, portador de un proyecto capaz de construir una nueva hegemonía. Este bloque no existe ahora más que como intuición. De hecho, el nivel de intervención popular y social en la actualidad es incomparablemente inferior al de la transición y ya sabemos qué resultado tuvo aquella. Sin embargo, esto y no otra cosa, es lo que posibilitaría un proceso constituyente real.

Esta es la tarea para un partido, para el Partido. Se cierra una etapa política y se abre otra; como ocurrió en 1935, en 1956 o en 1985. No existen hojas de ruta ni mapas fiables de los nuevos territorios. El hilo rojo no es un GPS, es una brújula para renovar la vieja lucha de los anónimos contra el poder con prácticas de iniciativa, convergencia y unidad. La realidad se mueve y no podemos esperar más para echar a andar.

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