Cuando en febrero de 2022 el ejército ruso atacó Ucrania, la reacción de las federaciones deportivas internacionales no se hizo esperar. En menos de una semana se produjo una auténtica avalancha de exclusiones en competiciones internacionales de las selecciones, equipos y atletas de Rusia y Bielorrusia en la mayoría de las disciplinas deportivas. Las sanciones se hicieron extensibles a árbitros, cuerpos técnicos y funcionariado deportivo de sus respectivos gobiernos, y se prohibieron eventos internacionales en territorio ruso y bielorruso. Fútbol, baloncesto, atletismo, natación, voleibol, Fórmula 1, patinaje, hockey sobre hielo, triatlón, ciclismo, bádminton, béisbol, piragüismo, vela, esquí e incluso curling… En medio del tsunami de rusofobia desatado en occidente, el deporte se convirtió en uno de los objetivos más deseados por la OTAN y la UE por su alto valor simbólico y cultural.
Cuando escribo estas líneas, a finales de octubre, Israel lleva dieciocho días asesinando impunemente a la población palestina, con más de 2.300 niños muertos en Gaza. Bombardea indiscriminadamente edificios residenciales, hospitales, escuelas, templos religiosos y mercados, contando con la nauseabunda complicidad de los mismos gobiernos que envían armas para los nazis ucranianos en la guerra subsidiaria que la OTAN desarrolla contra Rusia.
Hace dos años, la corrupta Liga Profesional de Fútbol advirtió a los clubes que debían prohibir las banderas y los símbolos políticos o religiosos en las gradas de sus estadios. Hasta que el pasado año la propia Liga decidió que las banderas ucranianas debían lucir en todos sus estadios y en las pantallas de televisión durante las retransmisiones de sus partidos. Ahora, en sentido contrario, ha prohibido las banderas palestinas, meándose en la Constitución y en la libertad de expresión de las personas. Claro que algunas aficiones, como las de la Real Sociedad o el Osasuna, afortunadamente, se han pasado la norma por el arco de triunfo.
Israel participa en los torneos europeos de diferentes disciplinas deportivas, pero sobre todo en baloncesto y fútbol.Ya en la fase clasificatoria para el Mundial de Suecia de 1958 varios países asiáticos se negaron a jugar contra Israel, y algunos fueron descalificados por no presentarse a los partidos. En 1973, a partir de la Guerra de Yom Kipur, la Confederación Asiática de Fútbol (AFC) expulsó a Israel de las competiciones internacionales en su continente. Durante veinte años anduvo vagando como alma en pena intentando jugar donde tenían estómago para admitirlo, hasta que en 1991 la UEFA permitió a su equipos y sus selecciones de fútbol la participación en todos los torneos del calendario europeo. En todo ese tiempo, por supuesto, no ha cesado de masacrar a la población palestina e incumplir el derecho internacional y los mandatos de la ONU con absoluto desparpajo y recochineo.
En baloncesto, fue el español Raimundo Saporta quien, en 1957, invitó a los clubes israelíes a participar en la Copa de Europa que él mismo había creado. Saporta, nacido en Turquía y asentado en España desde 1941, era de origen sefardí. También fue uno de los que impulsó la imagen más franquista del Real Madrid, mano a mano con Santiago Bernabéu. Este último llegó a entregar en público su propia insignia de oro y brillantes del club nada menos que al militar hebreo Moshé Dayán, en junio de 1973.
Por coherencia, debe prohibirse la participación de selecciones, equipos y deportistas israelíes en competiciones internacionales porque pertenecen a un Estado genocida y criminal. Y no lo es ahora, desde octubre de 2023, sino desde hace muchas décadas. No deben participar en competiciones europeas porque ni siquiera pertenecen a este continente y, si no pueden participar en las competiciones asiáticas porque les rechazan (con razón), que sufran una catarsis colectiva y entiendan por la vía de los hechos que algún día deberán devolver la palabra paz a sus diccionarios y ganarse su inclusión en el entorno que les rodea. Incluso usando el mismo cínico criterio de seguridad esgrimido por las federaciones internacionales para excluir a Rusia y Bielorrusia, debe prohibirse la participación de Israel en los eventos deportivos internacionales, comenzando por los Juegos Olímpicos de París en 2024, por no poder garantizar la protección de las demás delegaciones, atletas, deportistas, aficionados y la población en general, dado que sus crímenes les perseguirán donde vayan.
- Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
- Y luego, ¿por qué me lo preguntas?








