Por qué volvías cada verano es la primera novela de Belén López Peiró (Buenos Aires, 1992) y todo un fenómeno literario en Argentina desde su publicación en 2018. Por suerte, la editorial Las afueras tuvo el acierto de traérnosla hace tres años, en 2020, en las cuidadas ediciones a las que nos tiene ya acostumbradas.
Hay todavía pocos —muy pocos— libros escritos en español como este. Pienso, por ejemplo, en Los años que no (Barret, 2021), de Lidia Caro, pero no se me ocurre ninguno más. ¿De qué tipo de libros hablo? De novelas (¿testimonios?) que reconstruyen de primera mano —porque sus autoras la han sufrido— la experiencia de la violación. De textos que tratan de contar lo que casi nunca se cuenta, ni siquiera en la literatura del yo, y cuya articulación, por tanto, responde a la creación obligada desde la nada (desde un vacío de moldes y referentes, desde el silencio).
Los textos de López Peiró y de Caro son, en este sentido, una ruptura de ese silencio y, a la vez, claro, una indagación formal y una liberación de la pasividad históricamente asignada a la víctima. Un término este, el de “víctima”, que escribo en cursiva con toda la intención del mundo, porque de entre las muchas cosas que es este Por qué volvías cada verano una es, sin lugar a duda, una reflexión en torno al lenguaje con el que nombramos la realidad del abuso sexual: “víctima” y “abusador”, dos palabras que la autora nos insta a repensar, puesto que, por un lado “llamarlas víctimas es volver a garcharlas otra vez”, mientras que llamarlos abusador “es ponerles una etiqueta presentable a psicópatas que no solo se cogen a pibas por la fuerza o las desvirgan con sus dedos hasta sangrar, sino que también las golpean y les dan masa hasta volverlas polvo”.

Por qué volvías cada verano
Belén López Peiró.
Editorial Las afueras, 2020.
Por qué volvías cada verano es la reconstrucción, en 135 páginas, de los abusos sexuales sufridos por la autora desde los 13 años hasta los 17 por parte de su tío en el pueblo. Se trata de un texto compuesto por fragmentos de distinta índole: de un lado, informes de tipo judicial y, del otro, una polifonía de voces distintas que van, desde la de familiares y amigos, hasta la del psicólogo y el abogado, pasando por la del propio yo de la autora. La multiplicidad de perspectivas construye pieza a pieza un relato de por sí punzante, directo, sin artificios ni calmantes: aquí las cosas se llaman por su nombre y el tono es el que es. Pero creo que esta saturación de voces apunta a algo más, y es que el abuso de este tipo es siempre colectivo, en la medida en que implica a más personas: a ti, que nunca estabas en casa, y a ti, que viste algo, pero lo dejaste pasar; también a ti, que jamás te preguntaste por tal o cual cambio repentino, o a ti, que en cualquier caso no te pareció anormal; a ti, que sigues sirviéndole la cerveza en la barra y a ti, que todavía eres incapaz de negarle el saludo. Implica a muchas personas, sí, pero, ay, las preguntas increpan, cuestionan, vulneran siempre a la misma: ¿por qué no dijiste nada?, ¿por qué no te fuiste?, ¿POR QUÉ VOLVÍAS CADA VERANO?
Pero la historia de Belén López Peiró no es una isla en medio del océano; no es la historia de Belén López Peiró y ya está. Es un artefacto que nos arde en las manos, porque señala, porque denuncia y porque evidencia la lentitud del sistema, la impunidad de los culpables, el silencio cómplice. No, este libro es más bien la posibilidad de un archipiélago; es la construcción de un discurso que va mucho más allá de la experiencia individual del yo que narra para convertirse en megáfono al alcance de la mano.








