Miguel Vigil y su palanca

Miguel Vigil. Académica palanca

Como niños traviesos, Miguel Vigil, Javier Batanero y Antonio Sánchez formaron Académica Palanca, un conjunto cómico y musical que practicaba el humor inteligente por medio de la sátira social

Desgraciadamente hoy también toca, en todos los sentidos, hacer referencia a Miguel Vigil, cofundador pertinaz de “Académica Palanca”, no tan académica, como la hubiera concebido Unamuno pero palanca robusta y empleada para hacer fuerza y romper convencionalismos estéticos y musicales.

Los periódicos recogen la noticia de su fallecimiento reciente en Ronda, a causa de un convencional infarto de corazón, que ha rematado una larga y estupenda trayectoria de vida artística generosamente salpimentada con variopintas actividades de escenario y una creatividad provocativa, sacando canciones que fueron construyendo como resultado del aburrimiento que les producían los convencionalismos del panorama musical de la época.

Como niños traviesos, Miguel Vigil, Javier Batanero y Antonio Sánchez (pongamos que hablo de Madrid y de muchas más cosas) formaron un conjunto cómico y musical con el objetivo de crear un humor inteligente por medio de la sátira social, ganarse la vida y divertirse con ello.

No eran del “Rock duro de oído” ni “hablaban de corrido” aunque sí sin descanso, porque sus reflexiones entre canción y canción eran ponencias y ocurrencias que lo mismo describían personajes penitenciarios (“Me llaman mala persona”) como ansiosos de prácticas eróticas del tipo “conseguir el dulce de tus labios mayores para mí” o, más aún, sobrevivir a un conflicto clásico de lo materno-filial cantando un “Me capó mi madre” que llevaba la contraria a su viril proclamación: “En mí siempre encontrarás una apoyadura”.

Acaba de fallecer Miguel y con él desaparece un miembro del trío fundacional que tanto provocaba con sus juegos de palabras en un momento en el que el público agradecía y compartía todas las provocaciones, que estos traviesos del escenario lanzaban con dobles sentidos para cada palabra pronunciada y para cada descripción de una vida social que bien merecía una cura de sarcasmo aplicado al convencionalismo timorato.

Ahora nos encontramos un poco más huérfanos pero sin perder el recuerdo de tanto desparpajo. Pongamos que seguimos por la “Vereda de la Alameda del Robledal”. En todo caso, agradecemos a Miguel que nos enseñara tantos caminos, incluso “la que se nos avecina”, que era un tipo muy de “Cuéntame lo que pasó”… en “La Década contagiosa”.

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